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Chapter 7: La trampa en la antigua oficina de Walter

—No vas a ir solo —le dije a Marcus.

Mi hijo seguía mirando el correo electrónico, con la mandíbula tan apretada que parecía dolerle.

—Mamá, el mensaje dice que no te lleve.

—Lo leí.

—Podría ser peligroso.

—Precisamente por eso no pienso dejar que vayas sin ayuda.

El señor Whitlow cerró la carpeta que tenía delante.

—Elena tiene razón. No sabemos quién envió ese mensaje ni qué pretende conseguir. Si decides acudir, debemos hacerlo con las precauciones adecuadas y sin confrontar a nadie por nuestra cuenta.

Marcus se pasó las manos por el rostro.

—¿Y si es la única oportunidad que tenemos de descubrir qué le pasó a papá?

—Entonces la aprovecharemos con inteligencia —respondió Whitlow—. Pero no confundiremos una invitación anónima con una garantía de seguridad.

Durante las siguientes horas, el abogado organizó una reunión con las personas correspondientes para informar sobre las amenazas y evaluar cómo proceder. También se aseguró de conservar el correo original y sus datos técnicos, sin responder al remitente.

A las cuatro de la tarde, Marcus recibió una llamada de Renata.

Esta vez contestó delante de nosotros.

—¿Dónde estás? —preguntó ella sin saludar.

—En casa de mi madre.

—Tenemos que hablar.

—Podemos hablar con Whitlow presente.

—¡No voy a sentarme frente a un abogado como si fuera una criminal!

Marcus cerró los ojos.

—Entonces explícame por teléfono por qué buscaste los archivos de San Antonio.

Al otro lado se hizo un silencio.

—¿Quién te dijo eso?

—Sofía Méndez.

Escuché cómo Renata aspiraba bruscamente.

—Esa mujer no sabe lo que está diciendo.

—¿La conoces?

—Todo el mundo que trabajó con tu padre conocía a Sofía.

—No te pregunté eso. Te pregunté por qué fuiste a buscar esos documentos.

—Marcus, por favor. Hay cosas que hice para protegernos.

—¿De qué?

—De personas que no quieren que tengas tu herencia.

Mi hijo miró hacia mí, y yo reconocí en su expresión la misma confusión que había sentido cuando Walter comenzó a guardar documentos sin explicarme el motivo.

—Mi padre decidió cómo debía administrarse su patrimonio —respondió—. ¿Por qué no puedes respetarlo?

Renata bajó la voz.

—Porque tu padre no te contó todo.

—Entonces cuéntamelo tú.

—No por teléfono.

—¿Por qué?

—Porque hay alguien que nos está escuchando.

La llamada terminó.

Marcus se quedó inmóvil.

Whitlow anotó la hora y le pidió que conservara el registro de la conversación.

—No sabemos si realmente cree que alguien la vigila o si intenta asustarte —dijo el abogado—. No debemos asumir ninguna de las dos cosas.

Yo miré el reloj de la pared.

Faltaban menos de veinticuatro horas para la cita anónima.

Esa noche, Marcus decidió quedarse conmigo.

Preparé enchiladas, pero ninguno tenía hambre. Nos sentamos en la cocina, bajo la lámpara que Walter había instalado cuando remodelamos la casa, y por primera vez en meses hablamos sin que Renata estuviera presente para decidir qué temas eran aceptables.

—¿Sabes qué es lo peor? —me preguntó Marcus.

—¿Qué, hijo?

—Que durante mucho tiempo pensé que te estaba protegiendo de ella.

Dejé el tenedor sobre el plato.

—¿Protegiéndome de qué?

—De que te decepcionaras. Renata decía que tú nunca la aceptarías, que siempre encontrarías un motivo para desconfiar de ella. Cuando empezaron los problemas con el dinero, me convencí de que, si te mantenía al margen, evitaría que nuestra familia se rompiera.

—Y terminaste rompiéndola tú.

Marcus bajó la cabeza.

—Lo sé.

No le ofrecí una absolución inmediata.

Había heridas que necesitaban algo más que una disculpa pronunciada durante una noche difícil.

—Tu padre y yo discutíamos —le dije—. A veces teníamos opiniones diferentes. Pero jamás habría permitido que una discusión me convenciera de que debía expulsarlo de una habitación en la que tenía derecho a estar.

Marcus comenzó a llorar en silencio.

Me acerqué y le tomé la mano.

Esta vez no la apartó.

A las once y cuarenta y tres de la noche, mi teléfono recibió una llamada de un número privado.

Contesté.

—¿Señora Rivera?

La voz femenina sonaba ahogada, como si la persona estuviera hablando desde un lugar donde no quería ser escuchada.

—Sí. ¿Quién habla?

—No tengo mucho tiempo. Soy Sofía.

Me levanté de la silla.

—¿Qué ocurre?

—Encontré otra cosa en mis archivos. Algo que no estaba en la copia que les mencioné.

Marcus encendió la grabadora de su teléfono después de que Whitlow, a quien llamamos inmediatamente, nos indicó que conserváramos la comunicación conforme a las reglas aplicables.

—¿Qué encontró? —pregunté.

Sofía respiró agitadamente.

—Una hoja de visitantes de la antigua oficina. La noche antes de la caída de Walter, Daniel estuvo allí. Pero no fue el último en entrar.

Sentí un escalofrío.

—¿Quién fue después de él?

—No quiero decirlo por teléfono.

—Sofía, necesitas explicarnos por qué estás en peligro.

—Porque ayer alguien dejó una nota en mi automóvil. Decía que olvidara todo lo relacionado con Walter.

Marcus se acercó.

—¿Quién la dejó?

—No lo sé. Pero había una fotografía de mi hija en la nota.

Marcus apretó los puños.

—Tenemos que avisar a las autoridades.

—Por favor, no me obliguen a declarar todavía. Necesito proteger a mi familia.

Whitlow intervino con voz serena.

—Señorita Méndez, no tiene que entregarnos documentos por teléfono. Podemos ayudarle a ponerse en contacto con las autoridades y determinar cómo preservar cualquier prueba de manera segura.

Sofía comenzó a llorar.

—Yo solo quería que Walter tuviera justicia.

Después de unos segundos, dijo algo que hizo que se me secara la boca.

—La última persona que aparece en el registro es Esteban Salgado.

El padre de Renata.

Marcus se apartó del teléfono.

—No puede ser.

—Lo vi con mis propios ojos —continuó Sofía—. Entró a las diez y diecisiete de la noche. Daniel ya se había ido.

—¿Y cuándo salió? —preguntó Whitlow.

—Eso es lo extraño. La hoja no registra su salida.

Un ruido seco se escuchó al otro lado de la línea.

Sofía dejó de hablar.

—¿Señorita Méndez? —preguntó Whitlow.

La mujer susurró algo.

No alcancé a entenderlo.

Luego la llamada se cortó.

Marcus intentó devolverla, pero el número aparecía como privado.

Whitlow nos pidió que no saliéramos de casa y que le enviáramos de inmediato los detalles de la llamada.

A las doce y siete, recibimos un mensaje de Sofía desde otro número.

No vayan a San Antonio. No confíen en Esteban. Él sabe lo que pasó.

Debajo había una fotografía.

Mostraba la antigua oficina de Walter, tomada desde la calle.

En una de las ventanas se distinguía una silueta.

Y sobre la imagen, alguien había escrito:

*MAÑANA A LAS SEIS. SI QUIEREN LA VERDAD, VENGAN.*

Marcus miró la fotografía durante un largo rato.

—¿Crees que Sofía envió esto? —preguntó.

—No lo sé.

—¿Y si le pasó algo?

—Por eso debemos informar a las autoridades, no correr hacia una dirección desconocida.

El teléfono volvió a vibrar.

Esta vez era un mensaje de Daniel.

Deja de buscar. Tu padre cometió errores y tu madre sabe mucho más de lo que admite.

Marcus levantó la cabeza lentamente.

—¿Qué quiere decir con eso?

No respondí enseguida.

Porque, por primera vez, una pregunta que había evitado durante dos años regresó a mi mente.

Walter me había pedido que guardara documentos.

Me había pedido que confiara en él.

Pero nunca me había explicado por qué.

Y si Daniel estaba dispuesto a insinuar que yo sabía más de lo que decía, necesitaba estar completamente segura de que mis propios recuerdos no estaban ocultando algo importante.

Abrí el cajón donde guardaba las cartas de mi esposo.

Debajo de una fotografía encontré un sobre que nunca había visto.

Mi nombre aparecía en el frente.

La letra era de Walter.

Y la fecha escrita en la esquina era la del día anterior a su caída.

Lo abrí con manos temblorosas.

Dentro había una sola frase:

Elena, si Esteban viene a verme mañana, no lo dejes entrar.

Leí la línea dos veces.

Después miré a Marcus.

El padre de Renata no había aparecido simplemente en la investigación después de la muerte de Walter.

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Mi esposo había temido su visita antes de que ocurriera.

Y ahora teníamos que descubrir por qué.

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