Chapter 4: El nombre que mi esposo nunca quiso mencionar
—¿Qué hizo Daniel? —repitió Marcus, mirando a Renata.
Ella apretó el ramo contra su vestido y bajó la voz.
—No voy a hablar de asuntos financieros en medio de nuestra boda.
—Hace cinco minutos dijiste que mi madre estaba manipulándome. Ahora resulta que mi primo está involucrado en una empresa tuya que intentó conseguir documentos de ella. Quiero una explicación.
—Marcus, cariño, estás alterado.
—¡Deja de llamarme cariño y contéstame!
El sacerdote retrocedió discretamente. En los primeros bancos, varios invitados intercambiaron miradas. La música había cesado y el silencio de la capilla se había vuelto insoportable.
Renata miró hacia su padre, Esteban, quien se levantó inmediatamente.
—Hijo, quizá sería mejor que todos respiráramos un momento —dijo Esteban—. Los problemas de dinero pueden esperar hasta mañana.
Marcus se volvió hacia él.
—¿Tú también sabías lo de Daniel?
El rostro de Esteban se endureció.
—No sé de qué estás hablando.
—Entonces será fácil responder. ¿Sabías que Daniel tenía participación en una empresa de Renata?
—Marcus, no conviertas una cuestión administrativa en un drama familiar.
Aquella frase le resultó familiar.
Demasiado familiar.
Era exactamente lo que Renata decía cada vez que él hacía una pregunta incómoda.
Sacó el teléfono y volvió a abrir el correo del señor Whitlow. Buscó el nombre de la compañía y encontró una dirección registrada en un edificio de oficinas a veinte minutos de su casa.
Debajo del nombre de Daniel aparecía el de Renata.
Y debajo de ambos, el de un tercer socio.
*Esteban Salgado.*
Marcus levantó la mirada lentamente.
—Papá, ¿por qué estás aquí?
Esteban palideció.
Renata intervino antes de que pudiera contestar.
—Es mi padre. Naturalmente, está aquí.
—No me refiero a eso. ¿Por qué tu nombre aparece en una empresa que está relacionada con los bienes de mi familia?
—No aparece en los bienes de tu familia —respondió ella—. Aparece en una empresa privada. Son cosas completamente distintas.
—Entonces no tendrás problema en explicárselo a Whitlow.
Renata le arrebató el brazo.
—¡No sabes lo que estás haciendo!
Marcus se soltó.
—Empiezo a pensar que soy el único aquí que no sabía lo que estaba haciendo.
En ese instante, las puertas de la capilla se abrieron y entró una mujer de unos cincuenta años, vestida con un traje gris. Llevaba una carpeta de cuero y una identificación prendida a la solapa.
Se acercó al coordinador de la ceremonia y le mostró un documento.
Después preguntó por Marcus.
—Soy la señora Brooks, representante de la oficina jurídica que administra una parte de los activos del señor Walter —explicó cuando él se aproximó—. El señor Whitlow me pidió que entregara una notificación relacionada con una operación pendiente.
Renata se interpuso.
—No puede hacer esto aquí.
La señora Brooks no levantó la voz.
—No estoy aquí para interrumpir una ceremonia. Estoy aquí porque la notificación debe entregarse a las partes correspondientes.
—¿Qué notificación? —preguntó Marcus.
La mujer abrió la carpeta.
—Una solicitud de transferencia de derechos sobre una propiedad comercial. La operación está suspendida mientras se verifican la autoridad de los firmantes y las condiciones contractuales aplicables.
Esteban dio un paso adelante.
—Esto es un error. La transferencia estaba autorizada.
—Entonces podrá demostrarlo durante la revisión —respondió la señora Brooks—. Por ahora, la operación no continuará.
Marcus sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—¿Qué propiedad?
Ella le mostró la dirección.
Era el edificio donde Renata tenía registrada su empresa.
La misma empresa que, según ella, estaba a punto de recibir una inversión importante.
—Me dijiste que tu negocio estaba creciendo —susurró Marcus.
—Y está creciendo —respondió Renata—. No mezcles una propiedad con la operación de la empresa.
—¿Por qué necesitabas que mi madre firmara una autorización financiera?
Renata guardó silencio.
La señora Brooks entregó los documentos a Marcus y le pidió que firmara únicamente el acuse de recibo. Él lo hizo después de leerlo, consciente de que aquello no significaba aceptar las acusaciones ni reconocer la validez de la transferencia.
Cuando la mujer se marchó, Esteban tomó a su hija del brazo.
—Tenemos que irnos.
—No —dijo Marcus.
Ambos se detuvieron.
—La ceremonia no va a continuar hasta que alguien me explique qué está pasando.
Renata lo miró con incredulidad.
—¿Vas a humillarme delante de todos por culpa de tu madre?
Marcus bajó la cabeza por un segundo.
Recordó las manos de Elena acomodándole la corbata antes de su graduación. Recordó las noches en que ella trabajaba hasta tarde para que él pudiera asistir a la universidad. Recordó el modo en que había esperado cada domingo junto al teléfono, incluso cuando sus llamadas empezaron a durar menos de cinco minutos.
Y recordó las palabras que le había dicho aquella mañana.
No me toques.
Se le revolvió el estómago.
—Mi madre no está aquí —respondió—. No puede ser la culpable de todo lo que está pasando.
Renata dejó caer el ramo sobre una silla.
—Si cancelas esta ceremonia, no esperes que las cosas vuelvan a ser como antes.
Marcus la miró.
—¿Qué significa eso?
Ella se acercó hasta que solo él pudo escucharla.
—Significa que no tienes idea de cuánto dinero he invertido para que lleguemos hasta aquí.
—¿Dinero de quién?
Renata apretó los labios.
Su padre la sujetó por el hombro.
—Basta, hija.
Pero ya era demasiado tarde.
Marcus había escuchado algo que no podía olvidar.
Cuánto dinero había invertido.
No cuánto habían gastado.
No cuánto habían ahorrado.
Cuánto había invertido ella.
Como si el matrimonio fuera una operación comercial y él, una pieza de un acuerdo.
El sacerdote se acercó nuevamente.
—Señor Marcus, ¿desea que suspendamos la ceremonia?
Marcus miró a los invitados, a Renata y al teléfono que seguía mostrando el nombre de su madre.
Podía continuar.
Podía pronunciar los votos, sonreír para las fotografías y fingir que las preguntas podían esperar.
Era lo que siempre había hecho.
Pero algo dentro de él se había roto.
—Sí, padre —dijo—. Suspenda la ceremonia.
Renata se quedó inmóvil.
—¿Estás hablando en serio?
—Nunca he hablado más en serio.
Ella se quitó el anillo y lo dejó sobre una mesa.
—Vas a arrepentirte de esto.
Marcus no respondió.
Mientras Renata salía de la capilla acompañada por su padre, el teléfono volvió a vibrar.
Esta vez no era un mensaje de Whitlow.
Era una fotografía enviada por su primo Daniel.
Mostraba una hoja amarillenta, escrita a mano por Walter.
Marcus amplió la imagen.
En la parte superior se leía una fecha de seis meses antes de la muerte de su padre.
Debajo había una frase subrayada dos veces:
Si Daniel vuelve a acercarse a mis cuentas, Elena deberá saber la verdad sobre lo que ocurrió en San Antonio.
Y al pie de la hoja, con la letra temblorosa de Walter, aparecía una última línea.
No fue un accidente.
Marcus sintió que las piernas dejaban de sostenerlo.
Porque su padre había muerto después de una caída en las escaleras de su antigua oficina.
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Y durante dos años, toda la familia había aceptado que se trató de una tragedia sin explicación.
Ahora, por primera vez, Marcus se preguntaba si alguien había estado mintiendo desde el principio.
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