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Chapter 5: La noche en que Walter dejó de confiar en su sobrino

A las siete y media de la noche, llegué a casa y encontré las luces de la sala encendidas.

No esperaba visitas.

Había dejado mi bolso sobre la mesa del comedor cuando escuché tres golpes en la puerta.

Al abrir, encontré a Marcus.

Seguía vestido con el esmoquin de la boda, pero ya no llevaba la flor blanca en la solapa. Tenía los ojos enrojecidos y el cabello desordenado, como si hubiera pasado horas pasándose las manos por la cabeza.

Durante varios segundos, ninguno habló.

Yo había imaginado aquel encuentro cientos de veces.

En algunas versiones, él llegaba arrepentido y me abrazaba. En otras, volvía para exigirme dinero. En las peores, ni siquiera me miraba a los ojos.

No había imaginado que tendría el aspecto de un hombre que acababa de descubrir que no conocía su propia vida.

—¿Puedo entrar, mamá? —preguntó finalmente.

Me aparté de la puerta.

—Esta sigue siendo tu casa también, Marcus. No necesitas pedirme permiso para entrar.

Él bajó la cabeza.

—Hoy me dijiste que revisara el teléfono.

—Sí.

—¿Sabías lo que iba a pasar?

—Sabía que el señor Whitlow había encontrado documentos que debían revisarse. No sabía cómo reaccionarías tú.

Marcus dejó el teléfono sobre la mesa.

—La boda se suspendió.

No respondí.

—Renata se fue con su padre. No quiso hablar conmigo. Daniel tampoco contesta mis llamadas.

Lo miré con cuidado.

—¿Y tú qué quieres de mí?

La pregunta pareció herirlo.

—Quiero saber la verdad.

—¿Sobre qué?

Marcus sacó una copia de la fotografía que Daniel le había enviado.

La reconocí de inmediato.

Era una de las notas privadas de Walter. Recordaba haber encontrado aquella hoja entre sus documentos después de su muerte, aunque entonces no comprendí por qué había escrito esas palabras.

Marcus la puso frente a mí.

—¿Qué ocurrió en San Antonio?

Me senté lentamente.

Afuera, un automóvil pasó sobre el pavimento mojado. El sonido de sus neumáticos llenó el silencio antes de desaparecer.

—Tu padre viajó a San Antonio seis meses antes de morir —comencé—. Tenía una reunión con Daniel y otros dos socios. En aquel momento, yo creía que se trataba de una negociación comercial normal.

—¿Y no lo era?

—No del todo.

Le conté lo que recordaba.

Walter había regresado de aquel viaje más callado de lo habitual. Dejó de contestar algunas llamadas frente a mí y empezó a guardar documentos en una caja fuerte diferente.

Cuando le pregunté si había ocurrido algo, me respondió que tenía problemas con un socio.

No me dijo el nombre.

Dos semanas después, Daniel llegó a nuestra casa para cenar.

Llevaba una botella de vino y una caja de chocolates para mí. Se comportó como siempre: bromista, encantador y dispuesto a ayudar con cualquier cosa que necesitáramos.

Pero cuando Walter salió de la habitación para atender una llamada, Daniel se acercó a mí.

—Tía Elena, ¿has pensado alguna vez en vender esta casa? —preguntó.

Me sorprendió la pregunta.

—No. ¿Por qué?

—Por nada. Solo creo que deberían disfrutar más de la vida. Walter trabaja demasiado y tú pasas demasiado tiempo cuidándolo.

—Esta casa es nuestro hogar.

Daniel sonrió.

—Claro. Solo quería ayudar.

Aquella noche, Walter no volvió a mencionar la conversación.

Pero al día siguiente me pidió que guardara todos los documentos que tuviera relacionados con las propiedades de la familia.

—¿Qué está pasando? —le pregunté.

Él me tomó la mano.

—Todavía no estoy seguro, cariño. Pero necesito que confíes en mí.

Así lo hice.

Unas semanas después, sufrió la caída en su oficina.

Lo encontraron al pie de las escaleras, inconsciente y con una lesión grave en la cabeza. Lo llevaron al hospital, donde pasó varios días entrando y saliendo de la consciencia.

Marcus había estado fuera de la ciudad por trabajo. Cuando llegó, su padre apenas podía hablar.

Yo no me separé de él.

Hasta que una madrugada, Walter abrió los ojos y me pidió que acercara la silla.

—Elena, ¿guardaste los documentos? —susurró.

—Sí, amor.

—¿Todos?

—Todos los que me dijiste.

Él intentó levantar la mano.

—No dejes que Daniel...

La frase quedó incompleta.

Los monitores comenzaron a sonar con mayor rapidez y entraron dos enfermeras. Me pidieron que saliera de la habitación.

Cuando pude regresar, Walter estaba demasiado débil para continuar.

Murió dos días después.

Durante el funeral, Daniel se quedó junto a mí casi todo el tiempo.

—Tío Walter era como un padre para mí —dijo, abrazándome—. No tienes que preocuparte por los asuntos de la empresa. Yo me encargaré de que todo siga funcionando.

Yo estaba demasiado destrozada para cuestionarlo.

Ahora, dos años después, mi hijo estaba sentado frente a mí con la fotografía de aquella nota entre las manos.

—¿Crees que Daniel tuvo algo que ver con la muerte de papá? —preguntó.

No quería responder sin pruebas.

—No lo sé, Marcus. Y no voy a acusar a nadie solo porque una nota parezca sospechosa.

—Pero papá escribió que no fue un accidente.

—Escribió esas palabras, sí. No sabemos cuándo ni por qué. Necesitamos averiguar qué quería decir.

Marcus se cubrió la cara con ambas manos.

—Dios mío. ¿Cuántas cosas no sé?

Me senté a su lado, aunque todavía sentía el dolor de sus palabras frente a la capilla.

—Muchas, probablemente. Como todos.

Él dejó escapar una risa amarga.

—¿Cómo puedes seguir siendo tan amable conmigo?

—No confundas el amor con permitir que alguien te haga daño sin consecuencias.

Marcus levantó la mirada.

—¿Me odias por lo que te dije hoy?

La pregunta me atravesó el corazón.

—No te odio, hijo. Pero tampoco voy a fingir que no ocurrió.

—Lo siento, mamá.

Lo dijo sin adornos.

Sin excusas.

Por primera vez en muchos meses, parecía el niño que se acercaba a mi cama después de una pesadilla, convencido de que el mundo podía volver a ser seguro si yo le decía que todo estaría bien.

Pero ya no podía ofrecerle una promesa tan sencilla.

—¿Por qué dejaste que Renata decidiera si yo podía asistir a tu boda? —pregunté.

Marcus miró el suelo.

—Al principio decía que eras demasiado controladora. Después empezó a decir que querías impedir que construyéramos nuestra vida. Cada vez que yo te defendía, me mostraba mensajes, contratos o conversaciones que supuestamente demostraban que no confiabas en nosotros.

—¿Y nunca pensaste en preguntarme?

—Sí.

—¿Por qué no lo hiciste?

Se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Porque tenía miedo de que ella tuviera razón. Y porque era más fácil creerle que aceptar que yo estaba cambiando.

Me quedé en silencio.

No había una respuesta capaz de reparar los años perdidos.

Marcus sacó otro documento de su chaqueta.

—Encontré esto en el correo de Renata.

Era una hoja con una tabla de cifras, fechas y nombres. Había varias cantidades anotadas junto a referencias a propiedades y participaciones comerciales.

En la parte inferior aparecía una frase mecanografiada:

Una vez obtenida la autorización de Elena, proceder con la consolidación de los derechos y preparar la transferencia.

Sentí que se me helaban las manos.

—¿De dónde sacaste esto?

—Estaba adjunto a un correo que ella me envió por error hace meses. Nunca lo abrí porque pensé que era un documento de su empresa.

Lo observé con atención.

Una de las fechas correspondía a la semana en que Renata había intentado convencerme de firmar la autorización financiera.

Otra coincidía con la primera petición de dinero que Marcus me había hecho.

—Necesitamos llevar esto a Whitlow —dije.

Marcus asintió.

Entonces su teléfono comenzó a sonar.

Era Daniel.

Contestó inmediatamente y puso el altavoz.

—¡Marcus! —exclamó su primo—. Llevo horas intentando encontrarte. ¿Qué demonios pasó en la boda?

—Eso quiero preguntarte yo. ¿Qué significa la nota de mi padre sobre San Antonio?

Hubo una pausa.

Demasiado larga.

—No sé de qué hablas.

Marcus miró la fotografía.

—Mi padre escribió tu nombre.

—Walter estaba enfermo. Estaba paranoico con los negocios. No sabes lo que dices.

—Entonces ven mañana con nosotros al despacho de Whitlow.

—No pienso ir a ninguna parte para que ese abogado me interrogue.

—¿Por qué tienes miedo de responder unas preguntas?

Daniel soltó una carcajada sin humor.

—Porque estás destruyendo tu vida por una mujer que ha pasado años controlándote.

Marcus cerró los ojos.

—No vuelvas a hablar de mi madre.

—¡Ella es la razón por la que nunca has tenido nada propio!

La llamada terminó.

Marcus se quedó mirando el teléfono.

Yo tampoco hablé.

Entonces llegó un mensaje de un número desconocido.

Era una fotografía tomada desde la calle, frente a mi casa.

Se veía mi automóvil estacionado junto a la entrada.

Debajo, una frase:

Deje de buscar respuestas sobre San Antonio si quiere que su hijo siga a salvo.

Marcus leyó el mensaje dos veces.

Su rostro perdió todo el color.

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—Mamá —susurró—, esto ya no es solamente dinero.

Y por primera vez desde que Walter murió, tuve la certeza de que el secreto que se había llevado a la tumba era mucho más peligroso de lo que habíamos imaginado.

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