Chapter 8: La mujer que sonreía mientras destruía mi familia
Catherine leyó el nombre de Emily varias veces.
Durante tres años había compartido su techo con aquella mujer. Había preparado sus comidas, cuidado a sus hijos y escuchado sus quejas después de jornadas agotadoras. Había creído que, aunque no siempre se llevaran bien, Emily respetaba el sacrificio que ella había hecho por David.
Ahora empezaba a preguntarse si su nuera había considerado aquel sacrificio un recurso del que podía aprovecharse.
—¿Cómo sabemos que este mensaje es auténtico? —preguntó Elena.
Daniel no se ofendió.
—No lo sabemos todavía. Por eso quiero hablar con quien lo envió y verificar el expediente original.
Elena asintió.
—Bien. Nadie va a acusar públicamente a Emily basándose solamente en un mensaje. Necesitamos identificar la solicitud, comprobar quién la presentó y determinar si existe una autorización válida.
Catherine guardó el teléfono.
—Entonces averigüémoslo.
Durante las siguientes horas, Elena se comunicó con los abogados que representaban a los compradores de la segunda sucursal. Les entregó copias del acuerdo original de inversión, la carta de Albert y los documentos que cuestionaban la autenticidad de la renuncia.
La respuesta llegó por la tarde.
Los compradores habían decidido no cerrar la operación hasta que se aclararan las discrepancias. No cancelaban definitivamente el acuerdo, pero exigían una revisión independiente de las cuentas y de los derechos asociados a la inversión inicial.
Para David, aquello significaba perder la fecha prevista para recibir el dinero de la venta.
Para Catherine, significaba ganar tiempo.
A las cuatro, Marcus llegó a la oficina de Elena con una carpeta llena de impresiones.
—Encontré algo en los correos que conservé —anunció.
Elena le ofreció una silla.
—Explícanos qué encontraste.
Marcus abrió un mensaje fechado dos años atrás. El remitente era Emily y los destinatarios incluían a David y a un responsable administrativo de la empresa.
El texto decía que, antes de presentar los estados financieros a los inversionistas, debían resolver el asunto de la participación de Catherine.
En otro correo, Emily preguntaba si podían utilizar una autorización firmada durante la preparación de la inversión original para simplificar el trámite.
David contestaba:
No utilices documentos antiguos sin verificar su alcance. Necesitamos resolver esto antes de que la operación avance.
Catherine sintió una punzada en el pecho.
—¿Eso significa que David no sabía lo que ella estaba haciendo?
Marcus negó lentamente.
—No podemos concluir eso a partir de un solo correo. También hay mensajes posteriores en los que ambos hablan de cerrar el expediente, aunque ninguno explica de manera clara cómo se obtendría una renuncia válida.
Elena tomó notas.
—Esto demuestra que el asunto de la participación era conocido por ambos. No demuestra por sí solo quién preparó la firma ni quién sabía que podía ser falsa.
Catherine miró el mensaje.
Incluso en medio de las pruebas, quería encontrar una explicación que salvara a su hijo. Una parte de ella deseaba creer que David había dejado todo en manos de Emily, que no había comprendido las consecuencias y que todavía quedaba algo del muchacho que lloraba en el hospital.
Pero el correo no permitía tranquilizarse.
David sabía que el expediente existía.
Y había tenido tiempo para hacer las cosas correctamente.
En ese momento, el teléfono de Catherine comenzó a sonar.
Era él.
Elena le indicó que contestara con el altavoz activado.
—Mamá, tenemos que hablar —dijo David.
—Te escucho.
—Los compradores están haciendo preguntas ridículas. Alguien les entregó documentos que no tienen nada que ver con el negocio.
—Los documentos se relacionan con mi inversión.
—Ya te dije que ese dinero se utilizó para construir la empresa.
—Y yo te he dicho que firmaste un acuerdo.
David dejó escapar un suspiro.
—No entiendes cómo funcionan estas cosas. Hay contratos, reorganizaciones y procedimientos que se vuelven complicados con el tiempo.
—Entonces explica por qué aparece una renuncia con una firma que no reconozco.
Hubo una pausa.
—Emily se encargó de parte del papeleo.
Catherine apretó el teléfono.
—¿Le pediste que utilizara mi firma?
—¡No! —respondió él rápidamente—. No sé qué firmó ni qué documentos te han mostrado.
Elena escribió algo en una hoja y se la deslizó a Catherine: No especules. Pide los documentos originales.
Catherine respiró despacio.
—Quiero una copia completa del expediente y de cualquier autorización que supuestamente haya firmado.
—No puedo enviarte documentos internos de la empresa sin consultar a los abogados.
—Pero sí puedes expulsarme de tu casa en una sola frase.
David guardó silencio.
—Mamá, no quería que las cosas terminaran así.
—¿Cómo querías que terminaran, David? ¿Conmigo en una residencia, agradeciéndote por haberme dejado dormir bajo el techo que ayudé a financiar?
—No es justo.
—¿Y lo que me hiciste fue justo?
Durante unos segundos, solo se escuchó su respiración.
Finalmente habló con una voz más baja.
—Emily siempre ha pensado que tú deberías haber puesto ese dinero a disposición de la familia sin condiciones. Yo intenté mantener la paz.
Catherine sintió que las palabras la golpeaban como una bofetada.
—¿Mantener la paz? ¿Dejándome creer que era una carga?
—No sabía que ella te trataba así cuando yo no estaba.
Elena levantó la vista, sorprendida por la confesión.
Catherine, sin embargo, recordó las noches en que regresaba a casa después de cuidar a los niños y encontraba otra lista de tareas esperándola. Recordó las veces que Emily había hablado de ella como una obligación y no como una persona.
—Podías haberme preguntado cómo estaba —dijo—. Podías haber mirado a tu madre durante cinco minutos y preguntarle si era feliz.
David no contestó.
—Necesito tiempo para hablar con Emily —murmuró.
—Llevas tres años teniendo tiempo.
Catherine terminó la llamada.
No se sintió victoriosa. Solo cansada.
Aquella noche, Elena le explicó que podían solicitar formalmente los documentos originales, pedir que se conservaran los registros electrónicos y presentar una reclamación por los derechos que Catherine consideraba vulnerados. Pero también advirtió que el proceso podía ser largo y que todavía quedaban cuestiones importantes por demostrar.
Catherine aceptó continuar.
No quería venganza. Quería saber la verdad y recuperar el control de su propia vida.
A la mañana siguiente, un mensajero entregó una copia certificada del expediente relacionado con la antigua venta del condominio. Elena revisó los sellos, comparó las fechas y encontró la solicitud que se había presentado cuatro días antes.
La petición buscaba actualizar el registro de los derechos residuales asociados a la inversión inicial de Catherine.
El solicitante había sido identificado como representante autorizado de ella.
El formulario incluía una copia de un supuesto poder notarial.
Elena examinó la primera página y después la segunda.
—Catherine, ¿reconoces este documento?
Ella miró la firma.
Era parecida a la suya, pero no recordaba haber firmado jamás un poder que autorizara a David a realizar operaciones en su nombre.
—No.
Elena estudió el sello notarial.
—Aquí aparece el nombre del notario y una fecha de hace dos años. Tenemos que verificar el registro y solicitar una copia certificada del instrumento original. Si resulta que alguien utilizó un documento ajeno o falso, eso cambiaría considerablemente la situación.
Catherine sintió un nudo en la garganta.
—¿Podría haber firmado algo sin entenderlo?
—Es posible que hayas firmado otros documentos durante la operación original. Por eso debemos comparar el contenido exacto. No debemos confundir un documento auténtico con una autorización que nunca concediste.
Elena amplió la copia digital.
En la parte inferior había un número de identificación y un sello parcialmente borroso.
Después de consultar el registro correspondiente, encontró que el notario seguía activo, pero el expediente electrónico no mostraba una validación concluyente de aquella copia. Era necesario obtener el registro original para saber qué se había certificado y a quién.
Elena preparó una solicitud de verificación.
Mientras esperaban, Catherine recibió una llamada de Alice.
La niña hablaba en susurros.
—Abuela, ¿puedo preguntarte algo?
—Claro, mi vida.
—¿Es verdad que quieres quitarle la casa a papá?
Catherine cerró los ojos.
—No, Alice. Estoy intentando averiguar la verdad sobre unos documentos y sobre el dinero que entregué para el negocio.
—Mamá dice que, si sigues hablando con los abogados, papá podría perderlo todo.
—Los adultos tienen que resolver sus problemas sin hacer que los niños carguen con ellos.
Alice comenzó a llorar.
—No quiero que ustedes se odien.
Catherine sintió que algo se rompía dentro de ella.
—Escúchame, mi niña. Nada de esto es culpa tuya. Puedes querer a tu papá, a tu mamá y a tu abuela. No tienes que escoger entre nosotros.
La niña respiró temblorosamente.
—¿Me prometes que algún día vas a volver?
Catherine no quiso hacer una promesa que quizá no pudiera cumplir.
—Te prometo que voy a seguir queriéndote, aunque estemos lejos.
Se escuchó la voz de Emily al fondo.
—Alice, te dije que colgaras.
La llamada terminó.
Catherine dejó el teléfono sobre la mesa y lloró por primera vez en varios días.
No por el dinero.
No por el condominio.
Por sus nietos, que estaban aprendiendo a temer que el amor de su abuela tuviera un precio.
Elena le acercó un pañuelo.
—No puedes controlar lo que Emily les diga. Solo puedes asegurarte de que tus propias acciones sean honestas y responsables.
Catherine se secó las lágrimas.
—Entonces seguiré adelante.
Justo cuando Elena estaba a punto de responder, recibió una llamada de la oficina del notario.
La verificación preliminar había revelado una discrepancia importante entre el registro original y la copia presentada para modificar el expediente.
Elena tomó varias notas y se quedó mirando la pantalla después de colgar.
—Catherine, hay algo que debemos investigar antes de presentar una denuncia formal.
—¿Qué encontraron?
La abogada giró el monitor hacia ella.
El documento presentado como poder notarial no solo tenía una fecha cuestionable.
También incluía el nombre de una persona que, según el registro original, nunca había comparecido ante el notario.
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Y esa persona no era David.
Era alguien que había vivido en la misma casa que Catherine durante tres años.