Chapter 4: La venta que debía destruirme
Catherine apenas pudo respirar cuando Marcus le explicó que la venta de la segunda sucursal estaba programada para las nueve de la mañana del día siguiente.
Si David completaba la operación utilizando la renuncia falsificada, sería mucho más difícil rastrear el dinero y demostrar que ella conservaba derechos sobre el negocio. No significaba que todo estuviera perdido, pero cada hora contaba.
—Tenemos que hablar con Elena inmediatamente —dijo Catherine, guardando los documentos en su bolso.
Marcus asintió, aunque seguía mirando hacia la entrada del café.
—Hay algo que no le he contado. La semana pasada, David me pidió que preparara un informe financiero que ocultara ciertas transferencias realizadas durante los últimos dos años.
Catherine se quedó quieta.
—¿Ocultarlas de quién?
—De los compradores. La empresa está negociando con un grupo de inversionistas de Dallas. Querían conocer el estado real de las cuentas antes de cerrar el trato.
—¿Y tú aceptaste?
Marcus apretó los labios.
—Al principio pensé que se trataba de ajustes contables normales. Cuando comprendí que faltaban documentos y que había pagos a una empresa privada vinculada a Emily, me negué a firmar el informe.
Catherine recordó el rostro de su nuera en la cocina. Aquella expresión de impaciencia, la seguridad con la que le había dicho que nadie la obligaba a cuidar de los niños y que ella debía agradecerles tener un techo.
—¿Qué empresa privada?
Marcus sacó una tarjeta de presentación de la carpeta.
El nombre era Sterling Property Holdings.
Debajo figuraba una dirección postal en Austin.
—La empresa recibió varias transferencias —explicó—. No puedo asegurar que fueran ilegales, pero las cantidades no coinciden con los gastos operativos de las tiendas. Y hay algo extraño: la sociedad fue creada pocos meses después de que usted vendiera su condominio.
Catherine sintió que se le helaban las manos.
—Elena necesita ver esto.
Media hora después, los tres estaban reunidos en el despacho de la abogada. Elena examinó los documentos con el ceño fruncido y llamó a uno de sus colegas para consultar los procedimientos urgentes aplicables a una disputa de propiedad empresarial.
—No podemos impedir una venta simplemente porque exista una controversia —dijo Elena—. Necesitamos pruebas suficientes para justificar una medida judicial, y el tiempo juega en nuestra contra.
—Entonces, ¿qué hacemos? —preguntó Catherine.
—Primero, reunir el contrato original y verificar los registros de la empresa. Después, enviar una notificación formal a los compradores explicando que existe una disputa sobre la participación societaria.
Marcus sacó una memoria USB.
—Aquí están los informes que no firmé. También guardé los correos donde me pidieron modificarlos.
Elena conectó la memoria a su computadora.
Aparecieron decenas de archivos, hojas de cálculo y mensajes. Algunos contenían referencias a transferencias, préstamos internos y pagos a Sterling Property Holdings.
Elena abrió uno de los correos y se quedó inmóvil.
—Marcus, ¿quién escribió esto?
—Emily.
El mensaje decía: El señor Bennett quiere que el expediente de la señora Catherine se cierre antes de la venta. La autorización adjunta debe considerarse definitiva. No queremos que este asunto retrase la operación.
Catherine leyó la frase una y otra vez.
—¿El señor Bennett? —preguntó—. ¿Se refiere a David?
—Sí —respondió Marcus—. Así se referían a él dentro de la empresa.
Elena imprimió el correo y lo añadió a la carpeta.
—Esto puede ser relevante. Pero necesitamos comprobar la autenticidad de los mensajes y conservar los archivos originales. No vamos a acusar a nadie públicamente hasta saber qué demuestran realmente.
Catherine asintió.
Había pasado demasiados años creyendo que amar a alguien significaba darle el beneficio de la duda incluso cuando sus acciones le rompían el corazón. Esa mañana empezaba a comprender que confiar no la obligaba a cerrar los ojos.
Su teléfono vibró.
David estaba llamando otra vez.
Elena le hizo una señal para que contestara, pero con el altavoz activado.
—¿Qué quieres, David? —preguntó Catherine.
—Quiero que dejes de hablar con Marcus.
Catherine intercambió una mirada con Elena.
—¿Por qué?
—Porque no sabes quién es ese hombre ni lo que está intentando hacer. Lo despedimos por razones muy serias.
Marcus se inclinó hacia el teléfono.
—Renuncié después de negarme a firmar un informe falso, David.
Hubo un silencio.
—No tienes derecho a participar en esta conversación —respondió David.
—Tampoco tenía derecho alguien a usar la firma de tu madre en una renuncia que ella nunca firmó —replicó Marcus.
David comenzó a respirar con dificultad.
—Mamá, escucha. Las cosas en la empresa son complicadas. Hay deudas, contratos y obligaciones que tú no entiendes. El dinero que me diste se utilizó para construir el negocio.
—¿Y el dinero transferido a Sterling Property Holdings?
David no contestó inmediatamente.
—Eso son operaciones legítimas.
—Entonces muéstrame los documentos.
—No tengo que rendirte cuentas de cada dólar.
Catherine sintió una punzada en el pecho, pero esta vez no dejó que el dolor decidiera por ella.
—Cuando aceptaste mi dinero, firmaste un acuerdo. Si crees que el acuerdo ya no es válido, deja que los abogados lo determinen.
—¡Soy tu hijo! —exclamó David.
—Lo sé. Por eso me duele tanto que tenga que hablarte como si fueras un desconocido.
Al otro lado de la línea se escuchó una puerta cerrándose. Después, David habló con una calma que resultó más inquietante que sus gritos.
—Si haces esto, no volverás a ver a tus nietos.
Catherine cerró los ojos.
Allí estaba.
La amenaza que había temido desde el principio.
—No uses a los niños para obligarme a guardar silencio —respondió.
—No estoy amenazándote. Estoy diciéndote que Emily y yo decidiremos qué es lo mejor para ellos.
—¿También decidieron que lo mejor para ellos era echar a su abuela a la calle?
David colgó.
Catherine permaneció inmóvil mientras Elena apagaba el altavoz.
—Sé que quieres llamarles y decirles todo lo que piensas —dijo la abogada—, pero no lo hagas todavía. Conserva los mensajes, no firmes acuerdos y deja que el proceso siga su curso.
Catherine asintió lentamente.
Durante tres años había temido decepcionar a David.
Ahora temía algo diferente: que su silencio terminara enseñándoles a sus nietos que el dinero podía comprar el derecho a maltratar a las personas que los amaban.
Elena regresó a la computadora y abrió otro archivo.
—Marcus, necesito que identifiques a los compradores y me envíes todos los documentos relacionados con la venta.
Mientras él buscaba los nombres, Catherine recibió una notificación de correo electrónico de una dirección que no reconocía.
El asunto decía: *Documentación urgente sobre la propiedad de Catherine Bennett*.
El remitente era un bufete especializado en transacciones comerciales.
El mensaje contenía un archivo adjunto y una advertencia: el documento debía revisarse antes de la firma prevista para la mañana siguiente.
Elena lo abrió.
En la primera página aparecía el nombre de David.
En la segunda, la dirección de la casa donde vivían él, Emily y los niños.
Pero fue la tercera página la que dejó a Catherine sin palabras.
Allí aparecía una cláusula que vinculaba la venta de la sucursal con una garantía personal respaldada por un inmueble residencial.
Y en la línea destinada al propietario de ese inmueble figuraba un nombre que Catherine conocía demasiado bien.
*Catherine Bennett.*
—Yo nunca he autorizado esto —susurró.
Elena imprimió la página y acercó los lentes a sus ojos.
—No —respondió con gravedad—. Pero alguien acaba de presentar un documento que afirma que sí.
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Y si aquella garantía era falsa, la venta de la mañana siguiente ya no sería solamente una disputa por el dinero de Catherine.
Podría convertirse en una operación que amenazaba con arrastrar a toda la familia.
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