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Chapter 5: La noche en que descubrí quién había usado mi nombre

Elena llamó de inmediato al bufete que había enviado el correo.

Mientras esperaba que alguien respondiera, Catherine no podía apartar los ojos del documento. La cláusula mencionaba una garantía personal vinculada al inmueble de David y Emily, aunque ella no aparecía como propietaria de aquella casa en ningún registro que conociera.

—¿Por qué utilizarían mi nombre? —preguntó Catherine.

Marcus cerró su carpeta.

—Porque su aportación original fue considerable. Si alguien intenta demostrar que usted aceptó responder por determinadas obligaciones, su firma podría utilizarse para respaldar una reclamación contra usted.

—Pero yo nunca acepté eso.

—Lo sé —respondió él—. Sin embargo, alguien podría intentar utilizar el documento para convencer a los compradores de que la operación está autorizada.

Elena levantó una mano, indicándoles que guardaran silencio.

—Sí, habla Elena Ríos, representante legal de Catherine Bennett. Estamos revisando un documento que hace referencia a su supuesta autorización como garante. Necesito que me envíen la versión original, el historial de modificaciones y cualquier registro que indique quién lo presentó.

Escuchó durante varios minutos, hizo algunas preguntas y tomó notas.

Cuando terminó la llamada, su expresión se había vuelto aún más seria.

—El bufete confirmó que recibió el documento hace cinco días. Se lo entregó un representante de la empresa de David como parte de la documentación para la venta.

—¿Lo verificaron? —preguntó Catherine.

—Todavía no. Solicitaron confirmación de la firma, pero la operación se encuentra en una fase avanzada. Por eso necesitamos enviarles una objeción formal hoy mismo.

—Entonces hágalo.

Elena comenzó a redactar la notificación mientras Marcus organizaba los archivos contables. Catherine intentó concentrarse, pero su teléfono no dejaba de vibrar.

Llegaron tres mensajes de Emily.

El primero decía: David está muy preocupado por ti.

El segundo: Estás permitiendo que extraños destruyan nuestra familia.

El tercero fue más directo.

Si realmente quieres a tus nietos, deja de buscar problemas.

Catherine dejó el teléfono boca abajo.

Elena levantó la vista.

—¿Mensajes de Emily?

—Sí.

—Guárdalos. No respondas ahora.

Catherine miró la fotografía de Albert que llevaba en su cartera. La había recortado de una imagen familiar y siempre la guardaba detrás de su identificación.

—Mi esposo nunca habría imaginado esto —murmuró.

—¿Qué cosa?

—Que mi propio hijo llegaría a utilizar mi nombre sin permiso.

Elena se acercó y le apretó suavemente el hombro.

—No eres responsable de las decisiones que él haya tomado, Catherine. Haberlo ayudado no significa que hayas aceptado todo lo que vino después.

Aquella frase le produjo un alivio inesperado.

Durante años se había preguntado si había cometido un error al vender el condominio. Tal vez, pensaba algunas noches, había consentido demasiado a David. Quizá debería haberle pedido que pagara el dinero, o negarse a mudarse con él.

Pero había tomado aquella decisión porque lo amaba. El hecho de que alguien aprovechara ese amor no convertía su generosidad en una falta.

A las cinco de la tarde, Elena terminó de enviar las notificaciones correspondientes al bufete y al representante de los compradores. Solicitó que no se cerrara la operación mientras se verificaban las autorizaciones cuestionadas.

No podía garantizar que la venta quedara suspendida, pero había dejado constancia formal de la disputa y de los motivos para investigarla.

—Ahora tenemos que comprobar el origen de estos documentos —dijo Elena—. Marcus, necesito que prepares una declaración detallada sobre los correos y los archivos que conservaste. No alteres nada. Tu credibilidad dependerá de que podamos verificar cada registro.

Marcus asintió.

—Hay otra cosa. Puedo acceder a una copia del expediente de auditoría que se preparó antes de mi renuncia. Pero necesito tiempo para localizarla.

—¿La empresa sigue teniendo esos archivos?

—Probablemente. Sin embargo, mi acceso fue cancelado después de que me fui.

Catherine se levantó.

—¿Y si David destruye todo esta noche?

Elena respondió con firmeza.

—No vamos a entrar en sus oficinas ni a obtener información sin autorización. Podemos solicitar la preservación de los registros por los canales legales adecuados. Si hay documentos relevantes, queremos que se mantengan intactos.

Elena preparó una solicitud para que los registros corporativos relacionados con la inversión, la supuesta renuncia y la venta fueran conservados mientras se resolvía la controversia.

A las seis y media, Catherine salió del despacho con una copia de la documentación y el número de una habitación que Elena había reservado para ella en un hotel cercano a su oficina.

—No regreses al motel esta noche —le aconsejó la abogada—. Y no vayas a la casa de David sin avisarme.

Catherine agradeció el gesto, pero antes de marcharse se detuvo.

—Necesito ver a mis nietos.

—Lo entiendo. Podemos estudiar cómo mantener el contacto de manera tranquila, sin involucrarlos en la disputa. Pero no te presentes allí en medio de una discusión.

Catherine prometió pensarlo.

En el hotel, pidió una sopa y un té caliente. Apenas probó la comida. Abrió su teléfono y encontró una fotografía que Peter le había enviado meses atrás: los dos sentados en el jardín, con las manos llenas de tierra después de plantar tomates.

Debajo, el niño había escrito: Abuela, cuando sea grande voy a construirte una casa con un jardín enorme.

Catherine sonrió con tristeza.

—No necesito una casa enorme, mi amor —susurró—. Solo necesito que nadie te enseñe que querer a alguien significa utilizarlo.

A las ocho y diecisiete, Elena la llamó.

—He revisado los registros públicos de Sterling Property Holdings. La sociedad aparece vinculada a una dirección comercial en Austin. Todavía tenemos que verificar quién ejerce el control real, pero encontré otra conexión.

Catherine se incorporó.

—¿Cuál?

—Una transferencia importante de la empresa de David llegó a esa sociedad poco antes de que se comprara la casa en la que él vive con Emily.

—¿Cuánto dinero?

Elena le dijo la cantidad.

Catherine se quedó sin aire.

Era una cifra suficientemente grande para explicar la entrada de dinero que David había necesitado para comprar la vivienda pocos meses después de asegurarle que su negocio apenas sobrevivía.

—¿Eso demuestra que utilizó mi inversión para comprar la casa?

—No por sí solo. Una transferencia no prueba automáticamente el origen último del dinero ni determina si existió una irregularidad. Necesitamos los registros bancarios y una explicación documentada de la operación.

Catherine miró hacia la ventana. Los automóviles circulaban debajo y las luces de la ciudad empezaban a reflejarse en el cristal.

—¿Qué más encontraste?

Elena guardó silencio unos segundos.

—La sociedad también aparece relacionada con una persona que tiene vínculos personales con David y Emily.

—¿Quién?

—Todavía estoy verificando la información. No quiero darte un nombre basado en registros incompletos.

Catherine aceptó la respuesta, aunque la incertidumbre le pesaba.

Poco después, llegó un correo del bufete de los compradores. Habían reconocido la recepción de la objeción y solicitaron que las partes aclararan el estado de la participación societaria antes de continuar. No confirmaron una suspensión definitiva, pero la transacción ya no parecía tan sencilla como David había esperado.

A las nueve y doce, Catherine recibió una llamada de Peter desde el teléfono de su abuela.

—¿Abuela?

—¡Mi niño! ¿Cómo estás?

El niño respiró con dificultad, como si hubiera estado llorando.

—Mamá dice que no puedo hablar contigo.

Catherine apretó el teléfono.

—¿Estás bien, cariño?

—Sí. Pero papá está gritando en el estudio. Dice que alguien envió documentos al abogado de los compradores y que ahora podrían perder la tienda.

Catherine cerró los ojos.

—Peter, no tienes que preocuparte por los problemas de los adultos.

—¿Tú hiciste algo malo, abuela?

—No, mi amor.

—Entonces, ¿por qué papá dice que quieres quitarnos todo?

La pregunta le partió el corazón.

—Yo no quiero quitarte nada. Nunca querría hacerte daño a ti ni a tu hermana.

Se escucharon pasos al otro lado de la llamada.

—Peter, dame ese teléfono —ordenó Emily.

—¡Pero mamá…!

La llamada se cortó.

Catherine permaneció inmóvil, incapaz de apartar el aparato de su oído.

Unos minutos más tarde, Emily le envió otro mensaje.

Has conseguido lo que querías. David está dispuesto a hablar contigo, pero solo si retiras todas las acusaciones.

Catherine se lo mostró a Elena cuando llamó para comunicarle lo sucedido.

—Eso no es una negociación —respondió la abogada—. Es una condición para que renuncies a tus derechos.

Catherine pensó en Peter y Alice, en el hogar que había perdido y en el dinero que quizá nunca recuperaría.

—¿Y si acepto reunirme con David?

—Puedes escucharlo, pero no firmes nada ni aceptes acuerdos sin que los revisemos primero.

Catherine escribió una respuesta.

*Hablaré con David mañana, acompañada de mi abogada. No retiraré ninguna objeción mientras no se aclare la documentación.*

La respuesta de Emily llegó casi instantáneamente.

Entonces tendrás que enterarte por otra persona de lo que David hizo para protegerte.

Catherine leyó el mensaje tres veces.

Antes de que pudiera responder, apareció una segunda notificación.

Esta vez era una fotografía.

Mostraba a David en un hospital, muchos años atrás, sentado junto a la cama de Albert.

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En el reverso de la fotografía, alguien había escrito una fecha y una frase a mano:

*«La última promesa de Albert. Catherine nunca debe enterarse de lo que ocurrió aquella noche».*

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