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Chapter 8: Mi Tío Regresó Con Una Confesión

—Camila.

Daniel pronunció mi nombre como si no hubieran pasado seis años desde la última vez que lo había escuchado.

Se había quedado junto a la entrada del estacionamiento, con el sobre manila apretado contra el pecho. Tenía el cabello gris, una barba cuidadosamente recortada y ojeras profundas que no recordaba de él.

Mi madre se puso de pie tan deprisa que casi dejó caer la caja metálica.

—Daniel, ¿qué haces aquí?

Él miró el cabello desigual de Elena.

Su rostro se contrajo.

—Llegué demasiado tarde.

Vanessa soltó una risa incrédula.

—¿Quién es este hombre?

—Mi tío —respondí sin apartar los ojos de él.

Ricardo Montoya ya no estaba allí, pero su presencia parecía llenar el estacionamiento. Su nombre aparecía en cada documento, cada conversación y cada amenaza.

Daniel avanzó lentamente.

—Elena, necesito hablar contigo. Y con Camila.

Mi madre retrocedió.

—No tienes derecho a pedirnos nada.

Él asintió, aceptando el golpe.

—Lo sé.

Gabriel se acercó a mí.

—¿Es el hombre del testamento?

—Sí.

Daniel miró a Gabriel y se detuvo.

—Tú debes ser el hijo de Ricardo.

—Gabriel Montoya.

—Lo sé.

—Entonces también sabe por qué estamos aquí.

Daniel bajó la mirada hacia el sobre.

—Sé por qué están aquí. Pero no conocen toda la historia.

El licenciado Morales dio un paso al frente.

—Antes de que continúe, debo aclarar que no podemos tratar las afirmaciones de nadie como hechos probados. Si trae documentos, los examinaremos. Si tiene información relevante, necesitaremos verificarla.

—Por eso vine —respondió Daniel—. No quiero que me crean solamente porque soy el hermano de Arturo.

Le entregó el sobre.

Dentro había una serie de copias, fotografías y una carta doblada en cuatro partes.

Morales revisó los documentos sin permitir que nadie los sacara de sus fundas.

—¿De dónde obtuvo esto?

Daniel miró a Elena.

—De la casa donde vivía Ricardo antes de mudarse a su residencia actual. Trabajé para él durante dos años.

Gabriel palideció.

—¿Trabajaste para mi padre?

—Sí.

—¿Y nunca se lo dijiste a mi familia?

Daniel negó con la cabeza.

—No podía.

Mi madre apretó los puños.

—¡Arturo murió creyendo que lo habías traicionado!

Daniel cerró los ojos.

—Lo sé.

—¿Y nos dejaste vivir todos estos años pensando que habías desaparecido porque no te importábamos?

—Elena, yo…

—¡No! —gritó ella—. No me vengas con excusas ahora.

Daniel no intentó defenderse.

Se quedó quieto mientras las lágrimas le llenaban los ojos.

—Tuve miedo —dijo finalmente—. Y cada año que pasaba, me resultaba más difícil regresar.

—¿Miedo de qué? —pregunté.

Me miró directamente.

—De que descubrieras lo que hice.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Qué hiciste?

Daniel apoyó una mano sobre el sobre.

—Después de que Arturo se negó a vender su participación, Ricardo me ofreció dinero para conseguir copias de los documentos. Me dijo que solo quería preparar una propuesta mejor. Yo tenía deudas y acepté entregarle algunos papeles.

Elena se cubrió la boca.

—Le diste los documentos de tu hermano.

—Sí.

—¿Sabiendo que quería quitarle la propiedad?

—Al principio, no. Después comprendí lo que estaba haciendo, pero ya había entregado las copias.

Daniel respiró profundamente.

—Ricardo utilizó esos documentos para preparar una transferencia que parecía legítima. Cuando Arturo descubrió lo ocurrido, me llamó. Discutimos. Me dijo que había puesto a toda su familia en peligro por mi culpa.

Mi madre empezó a llorar en silencio.

—¿Y qué hiciste? —pregunté.

—Intenté corregirlo. Fui a la oficina de Ricardo y le exigí que devolviera los documentos. Él me dijo que, si hablaba, presentaría pruebas de que yo había participado en la operación.

—¿Y por eso desapareciste?

Daniel asintió.

—Creí que, si me marchaba, Ricardo dejaría en paz a tu madre. Pensé que Arturo podría resolverlo todo con el abogado que había contratado.

—Pero papá murió.

—Sí.

Daniel bajó la cabeza.

—Y yo no tuve el valor de regresar.

Durante unos segundos, solo se escuchó el ruido lejano de los automóviles.

Yo quería odiarlo.

Quería gritarle que mi madre había tenido que enfrentarse sola a las amenazas de los Montoya, que había pasado años intentando pagar las facturas y que había llorado tantas noches sin que nadie pudiera explicarle por qué su esposo había guardado tantos secretos.

Pero también vi a un hombre que llevaba años huyendo de una decisión cobarde.

No lo perdoné.

Todavía no.

—¿Qué hay en el sobre? —pregunté.

Daniel señaló la última fotografía.

Era una imagen de un libro de registros notariales. En una página aparecían varias fechas, dos firmas y una anotación que vinculaba la operación con una sociedad inmobiliaria de Ricardo.

Morales examinó la imagen.

—Esto podría ser relevante, pero necesitaremos el registro original o una copia certificada. ¿Cómo obtuvo la fotografía?

—La tomé hace dos semanas, cuando descubrí que Ricardo estaba preparando otra transferencia. No sabía que Camila se iba a casar con su hijo hasta que vi el anuncio de la boda.

Gabriel apretó los dientes.

—Mi padre me dijo que todo estaba resuelto.

Daniel lo miró.

—Tu padre lleva años diciéndole eso a todo el mundo.

Entonces sacó la carta doblada.

—Esta es la razón por la que vine.

Se la entregó a Morales.

El abogado la abrió con cuidado.

La primera línea estaba escrita con la letra de Arturo.

Daniel: si algún día decides regresar, entrega esto a Elena y a Camila. No intentes arreglar las cosas por tu cuenta.

Daniel empezó a llorar.

—Arturo me escribió esto después de nuestra última discusión. Nunca la recibí. Ricardo la guardó en sus archivos y la encontré cuando estaba buscando los registros.

Morales continuó leyendo en silencio.

Después se detuvo.

—Hay una referencia a un segundo acuerdo.

—¿Qué segundo acuerdo? —pregunté.

El abogado levantó la mirada.

—El documento que conservaba su padre no era el único. Según esta carta, Arturo y Ricardo firmaron otro acuerdo ante un testigo independiente. Ese acuerdo especificaba qué ocurriría si cualquiera de los socios intentaba transferir la propiedad mediante documentos falsos.

Gabriel dio un paso adelante.

—¿Y qué ocurriría?

Morales volvió a mirar la carta.

—El socio perjudicado podría solicitar la revisión de toda la operación y exigir que se identificara a quienes participaron en ella.

Daniel asintió.

—Pero hay un problema.

—¿Cuál? —preguntó mi madre.

—El testigo original desapareció.

Elena palideció.

—¿Quién era?

Daniel me miró.

—Una mujer que trabajaba en la notaría. Se llamaba Isabel Vargas. Arturo confiaba en ella y le entregó una copia del acuerdo para que la guardara.

Morales anotó el nombre.

—¿Sabe dónde está?

—Sí. Vive en Arizona. La encontré hace unos días y aceptó hablar con nosotros. Pero me pidió que no la contactara hasta que tuviera protección legal.

Gabriel parecía aturdido.

—¿Mi padre sabe que la encontraste?

Daniel no respondió.

No hacía falta.

Mi teléfono vibró de nuevo.

Esta vez era un mensaje de Patricia.

Gabriel necesita regresar inmediatamente. Su padre está teniendo problemas y ustedes deben detener todo esto antes de que sea demasiado tarde.

Debajo apareció una fotografía tomada desde el interior del hotel.

Mostraba a mi madre, a Daniel y al licenciado Morales junto al automóvil.

Alguien nos estaba observando.

Miré hacia las cámaras de seguridad del estacionamiento.

Entonces vi a un empleado del hotel acercarse a nosotros con un sobre blanco.

—Disculpen —dijo—. Un hombre me pidió que entregara esto a la novia.

Tomé el sobre.

Dentro había una copia de un documento y una nota escrita a mano.

Si quieres saber por qué tu padre murió creyendo que había perdido todo, pregúntale a Gabriel qué hizo Ricardo la noche anterior.

Levanté lentamente la mirada.

Gabriel había leído la nota por encima de mi hombro.

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Su rostro estaba completamente blanco.

—Camila —susurró—, hay algo sobre esa noche que mi padre me hizo jurar que nunca te contaría.

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