Chapter 2: El Sobre Que Mi Suegra Quiso Esconder
Patricia siempre había tenido una sonrisa para las fotografías y una voz distinta cuando creía que nadie importante estaba escuchando.
Aquella mañana llevaba un vestido azul marino, un collar de perlas y unos zapatos que probablemente costaban más que tres meses de renta de mi madre. Su cabello rubio estaba recogido en un elegante moño, y ni una sola hebra parecía fuera de lugar.
Miró a Elena en el tocador.
Después miró los mechones del piso.
Finalmente, me miró a mí.
—Camila, querida, espero que no estés haciendo una escena innecesaria.
Me reí, pero no porque encontrara algo gracioso.
—¿Una escena? Su hija acaba de cortarle el cabello a mi madre.
Patricia dejó escapar un suspiro teatral.
—Vanessa tiene un carácter fuerte. Siempre ha sido así. Pero si tu madre hubiera seguido las instrucciones, nada de esto habría sucedido.
Mi madre intentó levantarse.
—Patricia, yo solamente estaba esperando a Camila. Vanessa dijo que quería arreglarme un poco el peinado y…
—Elena —la interrumpió Patricia—, no hace falta que inventes excusas.
Vi a mi madre encogerse.
Y comprendí que aquella mujer llevaba demasiado tiempo acostumbrada a que todos le permitieran hablar así.
—No vuelva a hablarle de esa manera —dije.
Patricia arqueó una ceja.
—¿Perdón?
—Me escuchó perfectamente.
Gabriel se pasó una mano por el cabello.
—Camila, basta. Mi madre vino a ayudarnos con la ceremonia.
—Entonces puede empezar disculpándose.
Vanessa soltó una carcajada breve.
—¿Disculparse? Por favor. Ni siquiera le corté tanto.
Me volví hacia ella.
—Dime algo, Vanessa. Si una desconocida entrara a tu casa y te hiciera esto, ¿también dirías que fue un favor?
—No es lo mismo.
—¿Por qué? ¿Porque mi madre no tiene tu dinero?
Su sonrisa desapareció durante un instante.
Patricia dio un paso al frente.
—Ten cuidado con lo que dices. Estás a punto de convertirte en parte de nuestra familia.
—Eso es precisamente lo que estoy reconsiderando.
El silencio cayó como una puerta cerrándose.
Gabriel me sujetó suavemente del brazo y me apartó unos pasos.
—¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? —susurró—. Mi familia ha hecho muchísimo por nosotros.
—¿Qué ha hecho por mi madre?
—No empieces.
—No. Contéstame.
Miró hacia la puerta, comprobando que nadie estuviera escuchando.
—Mi padre pagó parte de la recepción. Mi madre organizó las flores. Nosotros conseguimos que tu madre tuviera un lugar en la mesa principal. ¿Qué más quieres?
Lo observé, incrédula.
—¿Un lugar en la mesa principal? Es mi madre.
Gabriel apretó la mandíbula.
—No todos los invitados tienen que sentarse junto a nosotros.
La frase me golpeó con una fuerza inesperada.
Durante meses, había aceptado pequeñas cosas que ahora adquirían un significado distinto. Patricia había insistido en cambiar el restaurante donde mi madre quería celebrar nuestro compromiso. Vanessa había criticado el vestido que Elena planeaba usar. Gabriel me había pedido que no publicara fotografías familiares porque, según él, debíamos cuidar la imagen de la boda.
Yo había llamado a todo eso diferencias de personalidad.
Ahora parecía más bien un ensayo.
Regresé junto a mi madre y le acomodé un mechón detrás de la oreja.
—Nos vamos, mamá.
Elena negó rápidamente con la cabeza.
—No, mi amor. No quiero arruinarte tu día.
—Tú no lo arruinaste.
Patricia soltó una risita.
—Qué dramática. ¿De verdad vas a cancelar una boda por un malentendido?
Entonces vi el sobre.
Sobresalía detrás de su espalda, y en una esquina alcancé a distinguir mi nombre escrito con tinta negra.
—¿Qué trae ese sobre? —pregunté.
Patricia lo ocultó todavía más.
—Documentos de la organización.
—¿De qué organización?
—No es asunto tuyo ahora.
Di un paso hacia ella.
—Tiene mi nombre.
Gabriel se interpuso.
—Camila, no revises las cosas de mi madre.
—Si es mío, tengo derecho a saber qué es.
Patricia miró a su hijo.
Fue apenas un segundo, pero lo vi: aquella mirada no era de sorpresa. Era una señal.
Gabriel extendió la mano.
—Mamá, dame el sobre.
Patricia vaciló.
—No es necesario.
—Dámelo.
Por primera vez, él parecía incómodo con algo que su madre estaba haciendo.
Ella terminó entregándoselo, aunque mantuvo dos dedos sobre el borde durante unos segundos más.
Gabriel abrió el sobre.
Sacó varias hojas impresas.
Leyó la primera.
Su rostro perdió el color.
—¿Qué es esto? —pregunté.
Él dobló los documentos.
—Nada que debas preocuparte.
Se los quité antes de que pudiera guardarlos.
En la primera página aparecía mi firma.
O, al menos, una firma que se parecía a la mía.
Debajo había una cláusula que autorizaba a una sociedad inmobiliaria propiedad de la familia de Gabriel a administrar una propiedad vinculada a mi madre.
El domicilio me resultaba familiar.
Era la pequeña casa de San Diego donde Elena había vivido durante veintisiete años.
—¿Por qué aparece la dirección de mi mamá? —pregunté.
Patricia se cruzó de brazos.
—Tu madre debería estar agradecida. Hemos encontrado una manera de proteger esa propiedad.
Seguí leyendo.
Había cifras, condiciones y una fecha de autorización anterior a nuestra boda.
Pero yo nunca había firmado aquellos documentos.
—Esta firma es falsa.
Gabriel me quitó las hojas de las manos.
—Baja la voz.
—¡Alguien falsificó mi firma!
—No sabes lo que estás leyendo.
—Entonces explícamelo.
Miró a su madre.
Patricia respondió por él.
—Después de la boda, todo iba a quedar arreglado. No había ninguna necesidad de convertir una cuestión privada en un escándalo.
—¿Arreglado cómo?
Nadie contestó.
Entonces mi madre, que había permanecido sentada junto al tocador, se levantó lentamente.
Tenía lágrimas en las mejillas, pero su voz sonó firme.
—Camila, hay algo que debí contarte hace mucho tiempo.
Me volví hacia ella.
—¿Qué cosa, mamá?
Elena miró el sobre, después a Patricia y finalmente a Gabriel.
—La familia de tu prometido no empezó a interesarse en nuestra casa cuando ustedes se comprometieron.
Gabriel dio un paso hacia ella.
—Elena, no.
Mi madre retrocedió.
—Empezaron hace tres años. Cuando tu padre todavía estaba vivo.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Qué estás diciendo?
Elena respiró temblorosamente.
—Tu padre me hizo prometer que nunca entregaría ciertos documentos a esa familia. Y esta mañana, antes de que Vanessa me cortara el cabello, Patricia me preguntó si todavía los conservaba.
Patricia palideció.
Vanessa dejó las tijeras sobre el tocador.
Yo miré a Gabriel.
—¿Qué documentos?
Él no respondió.
Mi madre introdujo la mano en su bolso y sacó una pequeña llave de latón que llevaba colgada de una cadena.
—Los que demuestran quién es el verdadero dueño de la propiedad que tu futuro esposo cree que puede quedarse.
Entonces Patricia perdió por completo la compostura.
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—¡Esa llave no debería estar en sus manos!
Y su reacción me confirmó que, por primera vez desde que había conocido a Gabriel, mi madre tenía algo que toda aquella familia temía.
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