Chapter 4: La Segunda Firma Que Podía Destruir A Los Montoya
El licenciado Morales dejó su portafolios sobre la mesa del tocador, justo al lado de las tijeras que Vanessa había utilizado para cortar el cabello de mi madre.
Nadie se movió.
Gabriel seguía mirando mi teléfono, donde permanecía abierta la fotografía de nuestros padres frente a un documento que yo jamás había visto. Patricia, en cambio, había recuperado parte de su compostura. Se acomodó el collar de perlas y levantó la barbilla como si aquel hombre fuera un empleado que hubiera entrado en la habitación equivocada.
—Licenciado, este no es el momento adecuado —dijo ella—. Tenemos una ceremonia que atender.
Morales abrió su portafolios.
—Precisamente por eso estoy aquí, señora Montoya.
Sacó una carpeta azul y la colocó sobre la mesa.
—Su familia lleva semanas intentando obtener una firma definitiva antes de hoy. Cuando la señora Elena me llamó esta mañana, comprendí que ya no podíamos esperar.
Gabriel se acercó.
—¿Semanas? ¿De qué está hablando?
El abogado lo observó con atención.
—Eso es algo que debería preguntarle a su padre.
Patricia dio un paso hacia la carpeta.
—No tiene derecho a revelar información privada de nuestra familia.
—No estoy revelando información privada. Estoy protegiendo los derechos de una clienta.
Me senté en el borde de la cama, incapaz de apartar los ojos de los documentos.
—Licenciado, por favor, explíqueme qué está pasando.
Morales abrió la primera página.
—Hace treinta y un años, su padre y el señor Ricardo Montoya establecieron un acuerdo comercial relacionado con un terreno ubicado en una zona que entonces tenía muy poco valor. Su padre aportó dinero, trabajo y derechos sobre una propiedad familiar. El señor Montoya aportó capital para desarrollar los terrenos colindantes.
—Mi papá nunca fue empresario —respondí.
—No tenía una empresa grande, pero sí era propietario de una parte importante de ese terreno. Durante años, ambos mantuvieron el acuerdo en privado.
Miré a Patricia.
Ella había dejado de fingir indiferencia.
—¿Por qué nunca nos dijeron nada? —pregunté.
Morales pasó una página.
—Porque el acuerdo incluía una cláusula que impedía transferir ciertos derechos sin el consentimiento de ambas partes. Después de la muerte de su padre, la participación de Arturo pasó a sus herederos conforme a los documentos sucesorios correspondientes.
Sentí que el corazón me golpeaba las costillas.
—¿Eso significa que mi mamá es dueña de una parte de esos terrenos?
—Significa que la propiedad de su madre podría estar vinculada a derechos que su familia nunca perdió. Necesitamos revisar los registros completos antes de establecer el alcance exacto.
Gabriel negó con la cabeza.
—Eso no tiene sentido. Mi padre compró esos terrenos hace años.
—Compró algunos —respondió Morales—. No necesariamente todos los derechos asociados a ellos.
Vanessa soltó una risa nerviosa.
—¿Y se supone que debemos creer que una mujer que vive en una casa vieja tiene derechos sobre los negocios de mi padre?
Me levanté.
—Mi madre no necesita vivir en una mansión para merecer respeto.
—No estaba hablando de respeto —replicó Vanessa—. Estoy hablando de dinero.
—Por fin dices algo honesto.
Su rostro se encendió.
—¡No me hables así!
—¿O qué? ¿Vas a cortarme el cabello también?
Gabriel intervino.
—¡Ya basta las dos!
Morales golpeó suavemente la carpeta con dos dedos.
—Hay algo más. La documentación que recibí indica que alguien intentó registrar una transferencia utilizando una firma atribuida a la señorita Camila Reyes.
Miré a Gabriel.
—La firma falsa del sobre.
El abogado asintió.
—Si se confirma que fue falsificada, podría haber consecuencias legales. Pero lo importante es que esa transferencia no debe considerarse válida simplemente porque exista un documento firmado.
Patricia apretó su bolso.
—No hay ninguna falsificación. Camila aceptó ayudarnos con unos trámites.
—Nunca firmé nada —dije.
—Estabas de acuerdo con casarte con mi hijo —respondió ella—. Sabías que íbamos a organizar nuestras propiedades.
Me quedé helada.
No era una explicación. Era una confesión disfrazada.
Morales sacó una copia de la página donde aparecía mi firma.
—¿Reconoce esta firma?
—No. Nunca la he visto.
El abogado anotó mi respuesta.
Entonces Gabriel hizo algo inesperado.
Se acercó a los documentos y señaló una fecha impresa en la parte inferior.
—Esto se preparó hace cuatro meses.
Patricia lo miró con furia.
—Gabriel, cállate.
Él ignoró a su madre.
—Yo vi una versión de estos papeles. Mi padre dijo que eran documentos para simplificar la administración de las propiedades después de la boda.
Lo miré con el pecho apretado.
—¿Y por qué aparecía mi firma?
Gabriel tragó saliva.
—No lo sé.
—¿Por qué le pediste a tu madre que me ocultara el sobre?
—Porque sabía que ibas a reaccionar así.
—¿Así cómo? ¿Negándome a entregar la casa de mi madre?
Él bajó la mirada.
Por primera vez, parecía comprender que no podía solucionar aquello con una promesa romántica.
Morales guardó la copia en una funda transparente.
—Necesito hablar con la señora Elena y revisar el documento original que conserva. Hasta entonces, nadie debe firmar ni transferir nada relacionado con esa propiedad.
Patricia soltó una carcajada seca.
—Usted no puede detener una boda.
—No. Pero tampoco puede obligar a nadie a casarse.
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire.
Mi teléfono vibró nuevamente.
Era un mensaje de mi madre.
Camila, estoy bien. Sofía me acompañó al automóvil. Encontré la caja, pero necesito que vengas a verla.
Debajo había una fotografía de una pequeña caja metálica cubierta de polvo.
Y junto a ella, un sobre con el sello de la notaría donde mi padre había firmado sus últimos documentos.
Le mostré la pantalla a Morales.
Su expresión cambió de inmediato.
—¿Su madre ya abrió la caja?
—No.
El abogado cerró el portafolios.
—Entonces debemos ir con ella.
Gabriel se interpuso entre la puerta y nosotros.
—Esperen. Necesito hablar con Camila a solas.
—No tenemos nada que hablar —respondí.
—Por favor. Hay algo que no te he contado.
Morales lo observó sin pestañear.
—Si es relevante para los documentos, puede decirlo aquí.
Gabriel se pasó ambas manos por el rostro.
—Mi padre me aseguró que Arturo había vendido su participación antes de morir. Me mostró un contrato y me dijo que todo estaba resuelto.
—¿Dónde está ese contrato? —pregunté.
—En su oficina.
—Entonces vamos a buscarlo.
Gabriel negó lentamente.
—No puedo.
—¿Por qué?
Me miró con los ojos enrojecidos.
—Porque el contrato que me mostró tenía la firma de tu padre.
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Hizo una pausa.
—Y anoche descubrí que esa firma tampoco coincide con la original.
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