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Chapter 2: La respuesta que nadie se atrevió a dar

Alma no consiguió responder de inmediato.

Otra contracción le atravesó el vientre. Se aferró al colchón de la camilla y apretó los ojos mientras intentaba respirar como Irene le había indicado.

—Míreme, Alma —dijo la enfermera, acercándose a su rostro—. No necesita contestar ahora. Primero vamos a asegurarnos de que usted y su bebé estén bien.

Alma asintió débilmente.

—Tengo miedo —confesó—. No sé si ya es el momento.

—Lo vamos a evaluar. No está sola.

Rocío soltó una carcajada seca desde el otro lado del barandal.

—¡Qué espectáculo! Parece que la van a operar por tener una contracción.

Irene volvió la cabeza.

—Señora, le estoy pidiendo que se mantenga alejada de la paciente.

—¡Esta es una clínica privada! —replicó Rocío—. Yo también tengo derecho a que me atiendan.

—Por supuesto. Pero su hijo no tiene una urgencia por estar cansado. Usted puede solicitar una consulta cuando corresponda.

—¡No me diga qué tiene mi hijo!

Bruno frunció el ceño.

—Mamá, quiero que me lleves a otro lado.

Rocío se volvió hacia él inmediatamente. Su voz cambió como si alguien hubiera accionado un interruptor.

—¿Qué pasó, mi amor? ¿Estás incómodo?

—No. Quiero que esa señora se vaya.

Señaló a Alma.

Rocío le acarició el cabello.

—Ya se va a ir, corazón. Tú tranquilo.

Alma escuchó aquellas palabras y bajó la mirada. No quería discutir. No quería enfrentarse a nadie. Lo único que deseaba era que alguien comprobara que su bebé estaba bien.

Irene tomó el expediente que había dejado sobre el mostrador y se dirigió a una mujer de recepción que acababa de acercarse desde una puerta lateral.

—Necesito que avises al personal médico. Tenemos una paciente embarazada de ocho meses con contracciones. Quiero que la valoren ahora.

La recepcionista asintió y desapareció por el pasillo.

Rocío aprovechó el movimiento para acercarse a la silla de ruedas.

—Brunito, vamos a sentarnos más cerca de la puerta.

El niño miró la camilla.

—¿Y ella?

—Ella tiene que esperar.

Irene se colocó entre Rocío y Alma.

—No puede mover la silla hacia la camilla ni bloquear el acceso.

—¡No me puede prohibir nada!

—Puedo impedir que interfiera con la atención de una paciente.

Rocío apretó el bolso contra su costado. Sus uñas se hundieron en la correa.

—¿Sabe cuánto pago por tener un seguro privado? Mi hijo merece una atención preferente.

—La atención se organiza según las necesidades médicas —respondió Irene—. No según quién grita más fuerte.

Las dos pacientes del fondo intercambiaron una mirada. Una de ellas, una mujer de cabello corto y lentes, se levantó lentamente.

—Yo vi lo que pasó —dijo.

Rocío giró hacia ella.

—¿Y usted quién es?

—Una paciente. Y vi que usted jaló a la señora embarazada para quitarle la silla.

—¡Mi hijo solo necesitaba descansar!

—Entonces pudo pedir otra silla —contestó la mujer—. No tenía que lastimarla.

La segunda paciente también se puso de pie.

—Yo vi lo mismo. La señora estaba doblada del dolor y usted no la soltaba.

Rocío abrió la boca, pero durante un segundo no encontró palabras.

Luego señaló a ambas.

—¡No se metan en asuntos que no les corresponden!

—Nos corresponde cuando alguien está en peligro —dijo la primera mujer.

Alma levantó una mano temblorosa.

—Por favor, no discutan por mí.

Irene volvió a acercarse.

—Nadie está discutiendo por usted. Estamos tratando de mantenerla segura.

Alma respiró profundamente. Miró a Rocío, después a Bruno y finalmente a la enfermera.

—No quiero que la arresten —dijo por fin—. Solo quiero que dejen de tratarme así.

Rocío soltó una sonrisa incrédula.

—¿Lo ve? Ni siquiera quiere que intervengan. Está exagerando.

—Que no quiera una detención no significa que usted pueda agredirla —respondió Irene.

Bruno comenzó a mover los tenis con impaciencia.

—Mamá, ¿ya nos vamos?

—En un momento, mi cielo.

—Tengo hambre.

—Ahorita te compro algo.

—Quiero que me cargues.

Rocío se agachó y le acomodó los pantalones cortos.

—Claro, mi amor. Cuando terminemos aquí, mamá te va a consentir.

Alma cerró los ojos al sentir otra contracción. Esta vez tuvo que sujetarse del barandal.

Irene se inclinó inmediatamente.

—¿La presión está aumentando?

—Sí. Siento que viene más fuerte.

—Está bien. Quédese conmigo.

La enfermera comprobó que Alma permaneciera estable mientras esperaba al personal médico. No intentó diagnosticarla allí mismo. Su prioridad era evitar que se levantara sin ayuda y asegurarse de que recibiera una valoración adecuada.

Entonces sonó un teléfono en el mostrador.

La recepcionista regresó con el rostro serio.

—Irene, el personal de valoración ya viene. También preguntan si necesitamos seguridad por el altercado.

Rocío escuchó la palabra seguridad y se quedó inmóvil.

—¿Seguridad? —repitió—. ¿Van a traer guardias por una discusión?

—Por un incidente físico —contestó Irene—. Es el procedimiento que corresponde evaluar.

Rocío miró a su alrededor. Las dos pacientes seguían observándola. La recepcionista evitaba discutir. Irene permanecía junto a Alma.

Por primera vez desde que había entrado, Rocío comprendió que nadie iba a obedecerla simplemente porque exigiera que lo hicieran.

Se volvió hacia su hijo y le extendió los brazos.

—Ven, mi bebé. Vamos a irnos.

Bruno negó con la cabeza.

—No quiero caminar.

—Entonces te cargo.

—No. Quiero que ella se levante para que yo me quede con la silla.

Rocío se quedó quieta.

Alma abrió los ojos.

Irene miró al niño, cuya voz seguía siendo la de un pequeño de cinco años incapaz de comprender por completo la gravedad de lo ocurrido.

—Bruno —dijo su madre con una dulzura forzada—, no hables así.

—Pero tú dijiste que yo voy primero.

El silencio que siguió fue más incómodo que cualquier grito.

Rocío intentó sonreír.

—Sí, mi amor. Tú vas primero.

—Entonces dile que se quite.

Alma se llevó una mano a la boca. No por indignación, sino porque otra contracción la obligó a inclinarse hacia delante.

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Irene llamó al personal médico con un gesto urgente.

Y mientras la puerta de consulta comenzaba a abrirse, Rocío descubrió que su hijo acababa de repetir, delante de todos, las mismas palabras que ella llevaba años enseñándole a creer.

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