Chapter 1: La silla no era suya

—¡Levántate! Mi hijo necesita esa silla.
Rocío jaló del brazo derecho de Alma con tanta brusquedad que la mujer embarazada tuvo que aferrarse al mostrador para no caer. A sus ocho meses de embarazo, Alma sentía que cada contracción le apretaba el vientre como una mano invisible. Apenas podía respirar cuando Rocío volvió a tirar de ella, ignorando el temblor de sus piernas.
—¡Por favor! —suplicó Alma, con los ojos llenos de lágrimas—. ¡Estoy de parto!
Pero Rocío no la soltó.
En la recepción de urgencias de una clínica privada de Ciudad de México, varias personas voltearon a mirar. Dos pacientes sentadas al fondo observaron la escena en silencio. Una de ellas se llevó una mano a la boca cuando vio cómo Alma se doblaba de dolor.
Rocío, de cuarenta y dos años, llevaba una blusa de leopardo, pantalón negro y un collar dorado que brillaba bajo las luces blancas del techo. Su rostro redondo estaba endurecido por la impaciencia. No parecía preocupada por la mujer que tenía enfrente.
Su atención estaba puesta en Bruno.
El niño, de cinco años, llevaba un polo verde oscuro, pantalones cortos beige y unos tenis pequeños. Tenía las mejillas regordetas, el cabello castaño ondulado alrededor de las orejas y unos ojos grandes que observaban todo con una tranquilidad desconcertante.
—Brunito, mi amor, ven con mamá —dijo Rocío, sin dejar de sujetar a Alma.
Bruno obedeció a medias. En lugar de acercarse, agarró con ambas manos los puños del respaldo de la silla de ruedas.
Tiró de ella hacia atrás.
Sus pasitos cortos lo llevaron unos cuarenta centímetros más lejos de Alma. Cuando la silla quedó libre, el niño sonrió, satisfecho de haber conseguido lo que quería.
Alma perdió el apoyo de la silla y tuvo que sostenerse con la mano izquierda sobre el mostrador. Su respiración se volvió irregular. Con la derecha protegió instintivamente su vientre.
—Señora, me está lastimando —dijo Alma—. No puedo mantenerme de pie.
Rocío finalmente aflojó los dedos, pero no por compasión.
—Pues debiste llegar antes —respondió con frialdad—. Aquí nadie tiene la culpa de que no sepas organizarte.
Bruno trepó a la silla ayudándose con los reposabrazos. Su pequeño cuerpo se acomodó en el asiento y sus pies quedaron colgando, muy lejos del suelo.
—¡Mamá, yo primero! —exclamó con su vocecita infantil.
Se señaló el pecho, se recostó contra el respaldo y balanceó las piernas, orgulloso.
La expresión de Rocío cambió de inmediato. La dureza de sus ojos desapareció y una sonrisa tierna iluminó su rostro.
—Claro que sí, mi bebé precioso. Tú siempre vas primero.
Le acomodó el fleco, le acarició las mejillas y le besó la frente. Después se inclinó para ajustar el cuello de su polo verde oscuro.
Alma seguía doblada sobre el mostrador.
—Por favor —susurró—. Necesito que alguien me ayude.
Rocío levantó la cabeza.
—Parir es tu problema. Mi bebé está cansado.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Alma la miró incrédula. Una contracción más intensa la obligó a cerrar los ojos. Sus dedos se aferraron al borde del mostrador hasta que los nudillos perdieron el color.
—No estoy pidiendo que me regalen nada —dijo entre respiraciones—. Solo necesito sentarme.
—¿Y mi hijo qué? —replicó Rocío—. ¿Él tiene que quedarse parado porque tú no puedes aguantar?
Bruno balanceó los pies con más entusiasmo.
—Mamá, dile que no se acerque.
—No te preocupes, mi cielo. Nadie te va a quitar tu lugar.
Entonces se abrió la puerta de consulta situada junto a la camilla baja.
Irene, una enfermera de treinta y ocho años, salió con un expediente en la mano. Su uniforme azul petróleo contrastaba con la luz cálida de la recepción. Bastó una mirada para comprender la escena: Alma estaba a punto de desplomarse, Rocío permanecía demasiado cerca de ella y Bruno ocupaba la silla de ruedas.
Irene dejó el expediente sobre el mostrador.
—¡Suéltela! —ordenó.
Rocío giró bruscamente.
—¿Perdón?
Irene se acercó y separó la mano de Rocío del antebrazo de Alma. Después ofreció su propio brazo a la embarazada.
—Señora, apóyese en mí. Despacio.
Alma la tomó con la mano izquierda y protegió su vientre con la derecha.
—Gracias —murmuró.
—No tiene nada que agradecer. Vamos a sentarla.
Irene se colocó entre ambas mujeres. Sin perder de vista a Alma, la ayudó a dar un paso hasta la camilla fija que estaba junto al mostrador.
—Respire conmigo —indicó—. No intente apresurarse.
Alma se sentó con cuidado sobre el colchón bajo. Irene comprobó que estuviera estable y levantó el barandal para protegerla.
Rocío observó el traslado con los labios apretados.
Su hijo seguía cómodamente sentado en la silla de ruedas, balanceando los pies.
—¡A él primero! ¡Para eso pago! —protestó Rocío, golpeando el barandal con la palma.
Alma se sobresaltó y rodeó su vientre con los brazos.
Irene apartó la mano de Rocío y se interpuso otra vez.
—¡Ella necesita ayuda! ¡Él, comodidad!
La cara de Rocío enrojeció.
—¡Aprende quién te paga!
Agarró la parte alta del uniforme de Irene y tiró de ella hacia sí.
Irene sujetó su muñeca, retiró la mano de la tela y la desplazó hacia un lado. Rocío retrocedió un paso, sorprendida de que alguien se atreviera a detenerla.
—No vuelva a tocarme —dijo Irene, firme—. Y tampoco vuelva a tocar a esta paciente.
Bruno dejó de balancear los pies por un instante.
Miró a su madre y luego a la enfermera. Por primera vez, la sonrisa se le borró de la cara.
Irene regresó junto a Alma y mantuvo un brazo extendido como barrera.
—¿Llamo a la policía? —preguntó.
Rocío intentó avanzar medio paso, pero Irene no se movió.
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Alma levantó lentamente los ojos. Tenía el rostro húmedo y la respiración entrecortada. Abrió los labios para responder.
Y la recepción entera pareció quedarse esperando su primera palabra.
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