Chapter 9: La puerta que nadie debía abrir
Elena insistió en que no entráramos al despacho de Richard sin asesoramiento legal.
—No quiero que una prueba desaparezca ni que ustedes se pongan en peligro —dijo mientras guardaba los documentos—. Voy a comunicar lo que hemos encontrado a las autoridades. Hasta entonces, nadie debe tocar nada.
Sabía que tenía razón.
Pero también sabía que Richard estaba en la planta alta, posiblemente destruyendo todo aquello que pudiera incriminarlo.
Mi teléfono vibró otra vez.
El sobre está detrás del reloj. Si Richard descubre que sabes dónde está, nunca lo encontrarás.
Le mostré el mensaje a Elena.
Ella frunció el ceño.
—No sabemos quién está enviándolos. Podría ser alguien que intenta manipularte.
—Pero conoce la casa.
—Eso no significa que debas obedecerlo.
Asentí, aunque la inquietud no desapareció.
Elena se marchó después de llamar a su despacho para organizar los siguientes pasos. Antes de salir, me entregó su tarjeta y me pidió que la contactara inmediatamente si Richard intentaba intimidarme o llevarse documentos.
Mi madre se había retirado a la cocina.
Brianna estaba sentada en el último escalón, abrazándose las rodillas.
Me senté junto a ella.
—¿Por qué nunca me dijiste que Richard te había pedido llevar aquel sobre?
Mi hermana se limpió la nariz con la manga.
—Porque me dijo que, si hablaba, mamá perdería la casa y tú terminarías en un hogar de acogida.
—¿Y le creíste?
—Sí. Tenía trece años, Mia. Tenía miedo de que todos me odiaran.
La observé en silencio.
Durante años había pensado que Brianna simplemente disfrutaba haciéndome daño. A veces era cruel de una manera calculada, como si hubiera aprendido que humillarme le permitía conservar su posición en la familia.
Pero ahora comprendía que Richard había alimentado nuestros resentimientos con historias diferentes.
A ella le decía que yo era la favorita.
A mí me hacía sentir que no merecía nada.
Y mientras nosotras competíamos por migajas de afecto, él conservaba el control de lo que realmente importaba.
Eso no borraba lo que Brianna había hecho.
Pero explicaba por qué aquella casa había conseguido convertirnos en enemigas.
—No voy a mentir para protegerte —le dije—. Si las autoridades te preguntan qué ocurrió, tendrás que contar la verdad.
Brianna asintió.
—Lo haré.
Me levanté y caminé hacia la cocina.
Mi madre estaba junto al fregadero, sosteniendo una taza de café que parecía no haber probado.
—Mamá, necesito que me digas si Richard guardaba documentos en su despacho.
Ella cerró los ojos.
—Sí.
—¿Alguna vez viste un sobre marrón?
La taza tembló entre sus manos.
—¿Por qué me preguntas eso?
—Porque creo que contiene el documento original del fideicomiso.
Mi madre dejó la taza sobre la encimera.
—No debes entrar ahí.
—¿Por qué?
—Porque Richard puede reaccionar muy mal.
—¿Qué hay en ese documento que te asusta tanto?
Ella se volvió hacia mí.
—No es solamente una cuestión de dinero, Mia.
Esperé.
Mi madre respiró profundamente.
—La noche antes de morir, tu padre me pidió que retirara mi firma de la autorización. Dijo que Richard había utilizado el documento para hacer transferencias que yo nunca aprobé. Me prometió que Elena podía corregirlo si actuábamos a tiempo.
—¿Y qué hiciste?
—Fui al despacho para buscar el original.
Mi corazón se aceleró.
—¿Lo encontraste?
Mamá negó con la cabeza.
—Richard estaba allí. Me dijo que tu padre había perdido el control y que, si yo lo ayudaba, podía terminar en prisión. Después me pidió que eligiera entre mi matrimonio y las acusaciones de un hombre que estaba muriendo.
Me quedé mirándola.
—¿Elegiste a Richard?
Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas.
—Elegí no hacer nada.
La sinceridad de aquella respuesta me dolió más que una excusa.
—¿Qué pasó después?
—Tu padre llamó a Linda. Quería que ella guardara una copia de los documentos. Yo salí de la casa porque no podía soportar escucharlos discutir.
—¿Adónde fuiste?
—Al hospital. Tu padre había insistido en que lo acompañara a una cita al día siguiente, pero esa noche me llamó diciendo que se sentía mal. Cuando regresé, Richard ya se había ido con él.
Me quedé inmóvil.
—¿Richard llevó a papá al hospital?
Mi madre asintió.
—Dijo que lo había encontrado al pie de las escaleras. Lo llevó a urgencias y llamó desde el automóvil.
—¿Por qué nunca me contaste eso?
—Porque Richard me dijo que tu padre había sufrido una caída y que no había nada que pudiéramos hacer. Después, cuando pregunté por los documentos, me aseguró que todo estaba resuelto.
Sentí un escalofrío.
—¿Y le creíste?
Mi madre se cubrió la boca.
—Quería creerle.
No era una respuesta suficiente.
Pero era la primera vez que mi madre reconocía que había tenido una oportunidad de actuar y había elegido el silencio.
En ese momento escuchamos pasos en la escalera.
Richard apareció con una bolsa de viaje en la mano.
Al vernos, se detuvo.
—¿Qué están haciendo?
Mi madre se secó rápidamente las lágrimas.
—Estamos hablando.
Richard dejó la bolsa junto a la puerta.
—Pues ya basta. Mia, quiero que me entregues los documentos que sacaste del banco.
—No.
—No voy a discutir contigo.
—Entonces deja de pedirme cosas que no te pertenecen.
Su expresión se endureció.
—Tienes quince años. No entiendes las consecuencias de tus acciones.
—Entiendo que papá dejó dinero para nosotras y que tú lo transferiste sin nuestro conocimiento.
Richard se acercó.
—No sabes lo que tuve que hacer para mantener esta familia.
—Entonces explícalo ante un juez.
Su mano se cerró alrededor del respaldo de una silla.
Mi madre intervino.
—Richard, por favor. Deja que todo se investigue.
Él la miró con una expresión de absoluto desprecio.
—Tú no tienes derecho a hablar.
Mi madre retrocedió.
Y por primera vez, vi que no solamente tenía miedo de perder su matrimonio. También temía lo que Richard podía hacer si dejaba de obedecerlo.
Él tomó su bolsa y caminó hacia la puerta.
—Voy a salir. Cuando regrese, quiero que todo esto haya terminado.
La puerta principal se cerró con fuerza.
Esperamos varios minutos antes de movernos.
Entonces mi madre miró hacia el despacho.
—Hay algo que nunca te dije sobre esa habitación.
—¿Qué?
—Después de la muerte de tu padre, Richard cambió la cerradura. Dijo que necesitaba organizar sus documentos de trabajo. Pero una semana después, escuché un ruido dentro cuando él no estaba en casa.
—¿Qué clase de ruido?
—Como si alguien estuviera moviendo muebles.
Mi corazón empezó a latir más rápido.
—¿Entraste?
Ella negó con la cabeza.
—No tenía llave.
Miré a Brianna, que había escuchado nuestra conversación desde el pasillo.
—¿Tú entraste alguna vez?
Mi hermana dudó.
Después asintió.
—Una vez. Hace unos meses, Richard dejó la puerta abierta. Vi el reloj de pared y una caja fuerte pequeña detrás del escritorio.
—¿Estaba cerrada?
—Sí. Pero recuerdo que tenía una combinación escrita en un papel pegado debajo de un cajón.
Mi madre se llevó una mano al pecho.
—Brianna, ¿por qué no me dijiste nada?
—Porque Richard me dijo que era una caja de documentos de trabajo.
Miré el reloj del pasillo.
El automóvil de Richard ya no estaba frente a la casa.
No quería desobedecer a Elena. Pero tampoco quería dejar pasar otra oportunidad de descubrir qué había sucedido.
Llamé a la abogada.
Le expliqué que Richard había salido, que existía una caja fuerte y que teníamos razones para creer que el documento original podía estar dentro.
—No entren todavía —me advirtió—. Voy a contactar a las autoridades y a consultar cómo proceder.
Prometí esperar.
Durante casi veinte minutos, permanecimos en la sala, escuchando el reloj y los automóviles que pasaban por la calle.
Entonces mi madre recibió una llamada.
Era mi tía Linda.
Contestó y puso el teléfono en altavoz.
—Margaret, tienes que escucharme —dijo Linda, sin siquiera saludar—. Richard acaba de llamarme. Sabe que Mia encontró la memoria.
Mi madre se puso de pie.
—¿Dónde estás?
—En mi casa. Pero no puedo quedarme aquí. Tengo que entregarles algo.
—¿Qué cosa?
Hubo una pausa.
—El documento original que Daniel me pidió guardar.
Sentí que las piernas me fallaban.
Mi tía continuó, con la voz quebrada.
—Lo escondí durante tres años porque tuve miedo. Pero esta mañana alguien entró en mi casa y registró mi dormitorio. Richard sabe que lo tengo.
Mi madre comenzó a llorar.
—Linda, ¿por qué no nos dijiste nada?
—Porque yo también firmé un documento, Margaret. Y si la policía descubre lo que hice, puedo perderlo todo.
La llamada se interrumpió.
Intenté devolverla, pero el teléfono estaba apagado.
Entonces llegó un mensaje de un número desconocido.
No busques el sobre detrás del reloj. Richard lo puso allí para que lo encontraras.
Sentí un frío profundo en el estómago.
Debajo apareció otro mensaje.
El documento verdadero está con Linda. Y ella acaba de salir de su casa.
Miré a mi madre.
Después a Brianna.
Alguien estaba siguiendo los movimientos de mi tía y sabía exactamente lo que ella planeaba hacer.
Y si el documento original podía demostrar que Richard había falsificado las transferencias, entonces mi tía acababa de convertirse en la única persona capaz de derribar su versión de la historia.
Mi teléfono sonó.
Era Elena.
Contesté inmediatamente.
—Mia, no salgas de la casa. Acabo de recibir una llamada de la policía.
—¿Qué pasó?
La abogada tardó un segundo en responder.
—Encontraron el automóvil de tu tía Linda abandonado junto a la carretera. No hay señales de ella.
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Miré la puerta cerrada.
Y comprendí que nuestra familia estaba a punto de descubrir hasta dónde estaba dispuesto a llegar Richard para impedir que la verdad saliera a la luz.