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Chapter 1: La pintura azul sobre mi vestido blanco

Lo primero que escuché fue el grito.

No era un grito de miedo ni de dolor. Era un grito de emoción, de esos que suelta alguien cuando cree que por fin ha destruido aquello con lo que otra persona lleva toda la vida soñando.

Solté las cintas para decorar las mesas y corrí escaleras arriba. Cuando llegué a mi habitación, encontré a mi hermana menor, Brianna, junto a mi vestido blanco, con un recipiente de pintura azul en una mano y una sonrisa triunfal en los labios.

Mi vestido estaba arruinado.

La pintura azul cielo escurría por el corpiño, cubría la cintura y manchaba la falda hasta el dobladillo. Varias gotas caían al piso de madera, formando pequeños charcos brillantes.

Durante unos segundos, no pude respirar.

Había tardado once meses en ahorrar para comprar aquel vestido. Había dejado de comprar comida en la escuela, rechazado invitaciones al cine y pasado los fines de semana ayudando a la señora Patterson, nuestra vecina, en su tienda de jardinería.

Cada dólar tenía el mismo destino.

Mi ceremonia de quince años era al día siguiente.

Por una sola noche, quería entrar a un salón y sentirme hermosa sin preguntarme si alguien se burlaría de mí, me compararía con mi hermana o me recordaría que debía agradecer por tener un lugar en mi propia familia.

Y ahora, todo estaba cubierto de azul.

Brianna miró el reloj.

—Ay, Mia. Regresaste temprano.

La observé a ella, después al recipiente de pintura y finalmente al vestido.

—¿Qué hiciste?

Mi hermana levantó los hombros con indiferencia.

—Se me cayó.

—¿Se te cayó?

—Sí. Fue un accidente.

Miré el recipiente. Todavía estaba casi lleno. La tapa descansaba perfectamente colocada sobre mi escritorio. No había pintura en las paredes, en la alfombra ni en la ropa de Brianna.

Únicamente en mi vestido.

Justo en la parte delantera, donde sería imposible ocultar las manchas durante la ceremonia.

—Le echaste pintura a propósito.

Brianna puso los ojos en blanco.

—Por Dios, Mia. Deja de actuar como si hubiera matado a alguien.

—¡Es el vestido de mis quince años!

—¿Y?

Aquella palabra me dolió más que una bofetada.

—¡Ahorré durante casi un año para comprarlo!

—Entonces compra otro.

—¿Con qué dinero?

Mi hermana sumergió el pincel en la pintura.

—Ese no es mi problema.

Di un paso hacia ella.

—Estás haciendo esto porque me tienes envidia.

Su sonrisa desapareció por un instante. Luego se acercó a mí.

—Quizá estoy harta de escuchar a papá decir lo maravillosa que eres.

Sentí un nudo en la garganta.

—Mi papá está muerto, Brianna.

El silencio cayó sobre la habitación.

Mi padre había fallecido cuando yo tenía doce años. Era la única persona de aquella familia que nunca me hizo sentir que tenía que ganarme el derecho a sentarme a la mesa.

Brianna era pequeña cuando él murió, pero lo recordaba lo suficiente para saber cuánto me dolía escuchar su nombre.

Ella ladeó la cabeza.

—Exactamente. Y hasta muerto, todo sigue girando alrededor de ti.

Antes de que pudiera contestar, mi madre entró apresuradamente.

—¿Qué está pasando aquí?

Señalé el vestido.

—¡Mira lo que hizo!

Mamá observó las manchas y después a Brianna.

Mi hermana bajó la cabeza inmediatamente. Su voz se volvió suave, casi temblorosa.

—Perdón, mamá. Estaba recogiendo mis materiales de arte y se me resbaló el recipiente.

La miré incrédula.

—Estaba sosteniendo un pincel.

—Estaba pintando algo para la escuela —respondió ella.

—¿Con la tapa puesta sobre mi escritorio y sin una sola mancha en su ropa?

Mi madre suspiró.

—Mia, por favor. No esta noche.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—¡Mamá, mañana es mi ceremonia!

—Ya lo sé.

—¡Entonces dile algo!

Mamá cruzó los brazos.

—Los accidentes ocurren.

—¡No fue un accidente! ¡Cubrió todo mi vestido de pintura!

—Cuida tu tono.

La miré esperando que, por una sola vez, alguien de aquella casa me defendiera.

En lugar de eso, tomó una toalla de mi escritorio y la arrojó al piso.

—Limpia antes de que la pintura arruine la madera.

La toalla cayó junto a mis pies.

Detrás de ella apareció Richard, mi padrastro. Mi tía Linda y mi abuela también se acercaron, atraídas por los gritos.

Richard examinó la habitación.

—¿Qué sucedió?

—Brianna arruinó mi vestido —contesté.

Mi hermana soltó un pequeño sollozo.

—Ya dije que fue sin querer.

Richard se frotó la mandíbula.

—Entonces fue un accidente. No hay necesidad de convertir esto en una emergencia familiar.

—¡No tengo nada más que ponerme mañana!

—Compraremos algo.

—¿Con qué dinero?

Su expresión se endureció.

—No empieces a ser difícil.

Mi tía Linda se acercó al vestido y examinó las manchas.

—Mira, cariño, es solamente tela. Puedes conseguir otro vestido blanco en cualquier tienda.

Mi abuela suspiró.

—Ustedes siempre han competido entre sí. Quizá esto les enseñe a dejar de pelear por la ropa.

Los miré a todos.

Nadie preguntaba por qué Brianna tenía pintura en mi habitación. Nadie quería saber por qué había elegido precisamente lo que me costó casi un año conseguir.

Ya habían decidido quién era la culpable.

Brianna era la hermana menor dulce que había cometido un error.

Yo era la hermana mayor dramática que se negaba a perdonarla.

—Me dijo que está harta de escuchar a papá hablar de mí —expliqué—. Lo hizo porque me tiene envidia.

El rostro de mi madre se endureció.

—Tu padre lleva años muerto. No lo metas en esto.

Me quedé sin palabras.

Brianna cruzó los brazos.

—Además, si Mia no hubiera colgado su vestido en medio de la habitación, nada de esto habría pasado.

La miré directamente a los ojos.

Ella me sostuvo la mirada y sonrió.

Una sonrisa pequeña.

Pero suficiente para confirmar todo lo que sospechaba.

Richard señaló la puerta.

—Se acabó. Todos hemos tenido un día largo. Mia, vas a disculparte con tu hermana por acusarla de hacerlo intencionalmente.

Solté una risa incrédula.

—¿Quieres que yo me disculpe?

—Exactamente.

—¿Por qué?

—Por alterar a toda la familia.

Mi madre dio un paso hacia mí.

—No voy a permitir que arruines mañana por algo que puede reemplazarse.

—No puedes reemplazarlo.

—Deja de ser egoísta.

Egoísta.

La palabra se quedó dando vueltas en mi cabeza.

Había pasado meses ahorrando sin pedirles dinero. Había reparado mis propios zapatos escolares, usado el mismo abrigo durante tres inviernos y fingido que no me importaba cuando mis compañeras hablaban de los regalos caros que recibían de sus padres.

Ahora era egoísta por querer conservar lo único que había conseguido con mi propio esfuerzo.

Miré a Brianna por última vez.

Esperaba que gritara, que llorara o que hiciera algo que pudiera utilizar en mi contra.

No le daría esa satisfacción.

—Salgan de mi habitación —dije.

Mi madre parpadeó.

—¿Qué dijiste?

—Por favor. Solamente quiero que salgan.

Richard murmuró algo sobre mi actitud. Mi tía negó con la cabeza. Mi abuela le dijo a mamá que necesitaba imponerme disciplina.

Brianna fue la última en salir.

Al pasar junto a mí, susurró:

—Debiste comprar algo más barato.

Cerré la puerta y puse el seguro.

Después me senté en el suelo junto al vestido y me cubrí la boca con ambas manos.

Quería a mi padre.

No porque pudiera comprarme otro vestido, sino porque habría sabido mirarme y entender que aquello no se trataba de tela.

Se trataba de que, una vez más, alguien había intentado convencerme de que mis sueños valían menos que la comodidad de los demás.

Entonces recordé algo.

Dos semanas antes de morir, papá me había entregado una pequeña caja de madera. Me dijo que debía abrirla cuando cumpliera quince años, sin importar lo que sucediera en casa.

La había guardado en el fondo de mi armario durante tres años.

Me levanté, aparté unas cajas de zapatos y la encontré debajo de una manta.

Tenía una pequeña cerradura dorada.

Dentro de la caja, papá había dejado una carta y un sobre sellado con mi nombre completo.

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Pero lo que me hizo dejar de llorar fue una frase escrita en la primera línea de la carta:

Mia, si estás leyendo esto, significa que ha llegado el momento de que conozcas la verdad sobre la casa donde has crecido.

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