Chapter 8: La última llamada de mi padre
No aparté la mirada de Brianna.
—¿Qué no me contaste?
Mi hermana se retorció las manos. Durante años había visto aquella expresión en su rostro solamente cuando la descubrían haciendo algo malo. Pero esta vez no había desafío en sus ojos.
Había culpa.
Richard dio un paso hacia ella.
—No tienes nada que decir.
Brianna retrocedió.
—¡Déjame hablar!
Mi madre se llevó una mano al pecho.
Elena intervino antes de que Richard pudiera acercarse más.
—Nadie va a obligar a nadie a hablar. Pero si existe información relacionada con la muerte del señor Bennett, debe comunicarse a las autoridades.
Richard soltó una risa amarga.
—¿Ahora resulta que una niña de dieciséis años es testigo de un crimen?
—No he dicho eso —respondió Elena—. He dicho que cualquier información relevante debe investigarse.
Brianna cerró los ojos.
—Yo escuché una llamada telefónica aquella noche.
El corazón comenzó a golpearme con fuerza.
—¿De papá?
Asintió.
—Estaba en el pasillo. Me había levantado para tomar agua. Escuché su voz desde el despacho.
—¿Qué decía?
Brianna tragó saliva.
—Estaba hablando con alguien. Decía que tenía las pruebas y que necesitaba reunirse con esa persona antes de ir a la policía.
Miré a mi madre.
Ella estaba completamente pálida.
—¿Con quién hablaba? —pregunté.
—No lo sé. Papá dijo un nombre, pero no pude escucharlo bien.
—Intenta recordarlo.
Brianna apretó los ojos.
—Creo que dijo… Linda.
Mi tía.
Sentí que la habitación se quedaba sin aire.
Elena anotó el nombre.
—¿Escuchaste algo más?
—Sí. Papá dijo que alguien había cambiado los documentos del fideicomiso y que necesitaba recuperar el original. Después dijo: «Si no me ayudas esta noche, mañana será demasiado tarde».
Mi madre comenzó a llorar de nuevo.
Richard se acercó a la mesa.
—Esto es absurdo. Los recuerdos de Brianna no son fiables.
—Entonces no tendrás inconveniente en que la policía la entreviste —respondió Elena.
Richard apretó los labios.
Yo saqué el teléfono y mostré el mensaje que había recibido.
—Alguien me dijo que buscara un archivo titulado «Última llamada».
Elena conectó nuevamente la memoria USB.
Había varios archivos numerados, algunos con fechas y otros con nombres incompletos. Después de unos minutos, encontró uno que coincidía con el título.
—Este archivo parece haberse creado la misma noche —dijo—. No sabemos si es una grabación completa ni cómo se obtuvo. Voy a verificar su integridad antes de utilizarlo como prueba.
Presionó reproducir.
Al principio escuchamos estática. Después apareció la voz de mi padre.
—Linda, necesito que me escuches con atención.
Mi tía respondió casi inmediatamente.
—No puedo hacer esto, Daniel.
—Ya no tenemos tiempo.
—Richard me dijo que los documentos estaban arreglados.
—Richard te mintió.
Hubo una pausa.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó Linda.
—Necesito que guardes el original. Si algo me sucede, entrégaselo a Elena.
Mi tía empezó a llorar.
—No me pidas eso.
—Linda, son mis hijas. No puedo permitir que pierdan lo que les corresponde.
La grabación continuó durante varios segundos, pero la estática dificultaba entender las palabras.
Entonces mi padre pronunció una frase que me hizo sentir que el corazón se me detenía.
—Si Margaret ya firmó, Richard tiene una copia. Pero el original sigue siendo válido. No dejes que te convenza de destruirlo.
La voz de mi tía sonó desesperada.
—Daniel, por favor. Si hago lo que me pides, él va a destruirnos.
—Si no lo haces, destruirá a mis hijas.
Después escuchamos un ruido, como un objeto cayendo al suelo.
La grabación terminó.
Mi madre se cubrió la boca.
Elena detuvo el reproductor.
—Tenemos que preservar este archivo y verificar su procedencia.
Yo apenas podía escucharla.
Mi tía Linda había sabido que mi padre temía por nuestro futuro. Había prometido guardar un documento. Y durante tres años había asistido a nuestras reuniones familiares fingiendo que no sabía nada.
—¿Dónde está mi tía? —pregunté.
Mi madre negó con la cabeza.
—No lo sé.
Richard se dirigió hacia la puerta.
—Esta conversación terminó.
Elena se interpuso.
—No puede impedir que las personas presentes colaboren con una investigación.
—Esta es mi casa.
—La titularidad de la propiedad está en disputa —respondió la abogada—. Y usted conoce perfectamente los documentos que hemos encontrado.
Richard la miró con odio.
Después se volvió hacia mí.
—Tu padre dejó una familia dividida. Yo fui quien se quedó aquí cuando él murió. Yo pagué las cuentas, cuidé de ustedes y soporté todos sus problemas. ¿Y así me lo agradeces?
Por un instante, recordé al hombre que me había enseñado a andar en bicicleta, que me había llevado al dentista y que me había consolado cuando murió mi perro.
Pero también recordé el vestido cubierto de pintura, la amenaza de expulsarme de casa y la forma en que había roto la carta de mi padre.
—No estoy agradeciendo nada —respondí—. Estoy buscando la verdad.
Richard me señaló con un dedo.
—Algún día vas a arrepentirte de esto.
—Tal vez. Pero no voy a arrepentirme de haber preguntado.
Se marchó dando un portazo.
Elena llamó a su despacho para coordinar la entrega segura de los archivos. Después me pidió que no intentara recuperar documentos por mi cuenta ni confrontara a nadie más hasta que las autoridades pudieran intervenir.
Asentí.
Mi madre seguía sentada, mirando un punto fijo del suelo.
—¿Por qué no hablaste? —le pregunté.
Ella levantó los ojos.
—Porque tenía miedo.
—¿De Richard?
—De perderlo todo.
—Ya lo estamos perdiendo.
Mi madre empezó a llorar.
—Lo sé.
No la abracé.
Todavía no podía.
Brianna se acercó a mí cuando Elena salió para hacer otra llamada.
—Hay otra cosa —susurró.
La miré.
—¿Qué más?
—La noche que murió papá, Richard me pidió que llevara un sobre a su automóvil.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
—¿Qué sobre?
—Uno marrón. Me dijo que eran documentos de trabajo y que no debía abrirlo.
—¿Lo hiciste?
Brianna negó con la cabeza.
—No. Pero vi que había una llave dentro.
—¿Qué pasó con el sobre?
—Richard me lo quitó al día siguiente. Después me dijo que nunca hablara de eso.
Me quedé inmóvil.
Una llave.
Un documento original.
Una caja de seguridad.
Todo comenzaba a encajar, pero todavía faltaba algo.
—¿Dónde estaba el automóvil aquella noche? —pregunté.
—En el garaje.
—¿Y después?
—Richard dijo que lo llevó a un taller porque tenía una falla en el motor.
Miré a Elena cuando regresó.
Le expliqué lo que Brianna acababa de contarme.
La abogada escuchó sin interrumpir y luego hizo una llamada más. Al terminar, su expresión había cambiado.
—Mia, hay un dato que debes conocer. El informe médico de tu padre registró un accidente doméstico, pero la documentación que me entregaron en aquel momento no incluía todos los anexos.
Me costó pronunciar las siguientes palabras.
—¿Qué clase de accidente?
Elena respiró profundamente.
—Una caída en las escaleras de la casa.
Miré hacia el pasillo.
Recordaba aquella noche. Richard nos había dicho que papá se había sentido mal, había tropezado y se había golpeado la cabeza. Mi madre estaba en el hospital cuando llegué, y nadie me permitió verlo antes de que lo trasladaran.
—¿Estás diciendo que alguien lo empujó?
—No. Estoy diciendo que no podemos asumir que conocemos todas las circunstancias. La grabación, los documentos y cualquier evidencia nueva deben revisarse con cuidado.
Mi teléfono vibró de nuevo.
Esta vez no era un mensaje.
Era una fotografía enviada desde un número desconocido.
Mostraba un sobre marrón sobre una mesa, junto a una llave antigua.
Debajo había una frase:
El original nunca salió de la casa.
Amplié la imagen.
En la esquina inferior aparecía un objeto que reconocí inmediatamente: el reloj de pared del despacho de Richard.
El sobre estaba en nuestra casa.
Y alguien sabía exactamente dónde buscarlo.
Antes de que pudiera enseñárselo a Elena, llegó otro mensaje.
No confíes en Linda. Ella fue quien abrió la puerta aquella noche.
Me quedé helada.
La puerta.
Mi padre había estado en el despacho. Richard estaba allí. Linda había hablado con él por teléfono.
¿Quién había abierto la puerta?
Y si mi tía había participado en aquello, ¿por qué mi padre había confiado en ella para protegernos?
Entonces Brianna miró la fotografía y comenzó a llorar.
—Mia, conozco esa mesa.
Me volví hacia ella.
—¿Dónde está?
Mi hermana tragó saliva.
—En el cuarto que Richard mantiene cerrado desde que murió papá.
El despacho.
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El lugar al que nunca nos permitía entrar.
Y donde, al parecer, todavía estaba escondida la última pieza de la verdad.