Chapter 7: El secreto que Elena escondió dentro de mi reloj
Por un instante, olvidé que estaba respirando.
Mateo permanecía junto a mí, con los ojos clavados en el reloj abierto. Desde el piso de arriba, la voz de Vanessa continuaba filtrándose por el pasillo, aunque ya no distinguíamos todas sus palabras.
—¿Qué quiso decir con eso, papá? —preguntó mi hijo.
No respondí.
No porque no quisiera, sino porque mi mente estaba intentando encontrar una explicación que no destruyera todo lo que creía saber sobre mi familia.
¿Quién era el verdadero padre de Mateo?
Yo lo había llevado en brazos cuando nació. Había firmado su certificado de nacimiento, cambiado sus pañales y pasado noches enteras junto a su cama cuando tenía fiebre. Le había enseñado a montar bicicleta, a nadar y a conducir en el estacionamiento vacío de un supermercado.
Había sido su padre durante dieciséis años.
Nunca había dudado de que también fuera su padre biológico.
—Papá —insistió Mateo—. ¿Ella está hablando de mí?
Me arrodillé delante de él.
—No sé qué quiso decir. Y no voy a permitir que una conversación escuchada a escondidas te haga pensar que hay algo malo contigo.
—Pero dijo que tengo otro padre.
Le sostuve los hombros.
—Escúchame, hijo. Pase lo que pase, tú eres mi hijo. Eso no cambia.
Mateo intentó asentir, pero sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Entonces por qué lo dijo?
No tenía respuesta.
Tomé la tarjeta de memoria y la coloqué sobre el escritorio. A su lado estaba el papel escrito por Elena.
Escucha primero la grabación.
Encontré un adaptador en uno de los cajones y conecté la tarjeta a mi computadora. Había un solo archivo de audio, fechado dos días antes de la muerte de Elena.
Mi mano se quedó suspendida sobre el teclado.
Durante tres años había evitado escuchar los mensajes de voz que ella me había dejado en el teléfono. No sabía si estaba preparado para escuchar su voz otra vez, mucho menos para descubrir que había estado ocultándome algo.
Mateo se sentó a mi lado.
—Quiero escucharla —dijo.
Lo miré.
—Puede ser difícil.
—Ya es difícil, papá. Prefiero saber la verdad.
Presioné reproducir.
Al principio solo escuchamos un ruido tenue, como el movimiento de una silla sobre el suelo. Después apareció la voz de Elena.
—Daniel, si estás escuchando esto, probablemente no tuve el valor de decirte todo en persona.
Cerré los ojos.
Era ella. Su voz suave, un poco ronca al final de las frases, exactamente como la recordaba.
—No sé cuánto tiempo me queda. Los médicos dicen que debo descansar, pero hay algo que necesito resolver antes de que sea demasiado tarde.
Se escuchó una respiración profunda.
—Se trata de Vanessa. La conocí mucho antes de que tú la conocieras. Y lo que descubrí sobre ella podría cambiar nuestra familia para siempre.
Mateo me agarró la mano.
La grabación continuó.
—Hace unos meses encontré documentos que no debía haber encontrado. Vanessa estuvo involucrada en un asunto relacionado con una persona que conocí antes de casarme contigo. Al principio pensé que se trataba de una coincidencia, pero después descubrí que ella había estado buscando información sobre nuestra familia.
Hubo un golpe seco en el audio.
Luego Elena habló más bajo.
—No sé si quiere dinero, venganza o algo más. Pero sé que está mintiendo. Y tengo miedo de lo que pueda hacer cuando yo ya no esté.
El archivo terminó abruptamente.
Me quedé mirando la pantalla.
Aquella grabación no demostraba quién era el padre biológico de Mateo. Tampoco explicaba por qué Vanessa había dicho que los dos estábamos acabados.
Pero confirmaba algo esencial: Elena había sospechado de ella antes de morir.
Y había intentado advertirme.
—Tenemos que escucharla otra vez —dije.
Antes de que pudiera volver al principio, alguien golpeó la puerta del despacho.
Vanessa apareció en el umbral.
Ya no llevaba la expresión de una esposa ofendida. Su rostro estaba pálido y tenía los ojos hinchados.
—Dame la tarjeta —dijo.
Me levanté.
—¿Qué sabes de esta grabación?
—Daniel, por favor. No sabes lo que estás haciendo.
—Entonces explícamelo.
Vanessa miró a Mateo.
—Necesito hablar con tu padre a solas.
—No —respondió mi hijo.
La firmeza de su voz nos sorprendió a los dos.
—Es mi familia también. Ya no voy a irme cada vez que ustedes quieran hablar de mí.
Vanessa bajó la mirada.
—Mateo, nunca quise hacerte daño.
—Entonces, ¿por qué me dijiste que papá dejaría de quererme si sabía lo que pasó aquella noche?
Mi esposa cerró los ojos.
No negó haberlo dicho.
Me coloqué delante de mi hijo.
—Quiero respuestas. Ahora.
Vanessa se sentó lentamente en una silla.
—Cuando conocí a Elena, yo trabajaba para una empresa que administraba inversiones privadas. Ella acudió a nosotros porque sospechaba que alguien había utilizado su información personal para abrir una cuenta.
—¿Qué cuenta?
—Una cuenta vinculada a un fideicomiso.
La palabra me hizo recordar el mensaje que había aparecido en su teléfono.
¿Daniel ya sabe lo del fideicomiso de Mateo?
—¿Qué fideicomiso?
Vanessa se mordió el labio.
—Elena había creado uno para Mateo. Contenía dinero, acciones y una propiedad que había heredado de su familia. Todo estaba protegido hasta que él cumpliera veinticinco años.
Sentí que algo encajaba.
—¿Y tú estabas investigando ese fideicomiso?
—No al principio.
—¿Cuándo empezaste?
Vanessa se quedó mirando sus manos.
—Después de casarnos.
La rabia me subió lentamente por el pecho.
—¿Te casaste conmigo para acceder al dinero de mi hijo?
—¡No! —gritó—. No fue así. Yo te amaba.
—Entonces dime por qué estabas buscando sus documentos.
—Porque alguien me pidió que verificara si el fideicomiso seguía activo.
—¿Quién?
Vanessa abrió la boca.
Pero, antes de responder, sonó el timbre de la entrada.
Miré el reloj. Eran casi las diez de la noche.
—No estamos esperando a nadie —dije.
Vanessa se puso de pie tan rápidamente que golpeó la silla.
—No abras la puerta.
La miré con incredulidad.
—¿Por qué?
Su teléfono vibró.
Ella lo sacó del bolsillo y leyó el mensaje.
Vi cómo sus labios perdían todo color.
—Daniel —susurró—, si esa persona ha venido, no debes dejar que Mateo la vea.
En ese instante, la cámara de seguridad de la entrada mostró a un hombre de traje oscuro, empapado por la lluvia, sosteniendo una carpeta de cuero.
El hombre levantó la cabeza hacia la cámara.
Yo conocía aquel rostro.
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Era Robert Hayes, el abogado que había redactado el testamento de Elena.
Y llevaba tres años sin responder a mis llamadas.