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Chapter 5: La caja de madera y el secreto de Elena

Vanessa se detuvo en el último escalón cuando me vio sosteniendo la fotografía.

Durante un instante, ninguno de los dos habló.

La caja de madera descansaba contra su pecho. Tenía una pequeña cerradura dorada y una marca oscura en una de las esquinas, producto de una caída que Elena había sufrido durante nuestra mudanza años atrás.

Reconocería aquella caja en cualquier lugar.

—¿De dónde sacaste eso? —pregunté.

Vanessa apretó los brazos alrededor de ella.

—Estaba guardada en el armario del pasillo.

—Te pregunté de dónde la sacaste.

—Daniel, no empieces otra vez.

Me acerqué lentamente.

—Esa caja pertenecía a mi primera esposa.

—Y ahora pertenece a esta familia.

—No. Pertenece a Mateo.

Mi hijo permanecía inmóvil junto a la mesa. Miraba la caja como si contuviera algo mucho más peligroso que recuerdos.

Vanessa bajó la mirada hacia la fotografía.

—¿Ya le mostraste esto? —preguntó.

—La encontré debajo de su servilleta.

—No tenías que verla.

Aquella respuesta me hizo detenerme.

—¿Por qué?

Vanessa abrió la boca, pero ninguna palabra salió de ella.

Por primera vez, no parecía una mujer enfadada que defendía sus decisiones. Parecía alguien que acababa de descubrir que una puerta cerrada llevaba años abierta.

—Dame la caja —dije.

—No.

—Vanessa.

—¡He dicho que no!

Su grito hizo que Mateo retrocediera.

Lo vi llevarse una mano al pecho, como si estuviera intentando controlar su respiración.

Entonces dejé de mirar a mi esposa.

—Mateo, ve a la sala. Puedes encender la televisión si quieres. Voy a hablar con Vanessa.

Mi hijo negó con la cabeza.

—No quiero dejarte solo con ella.

Aquellas palabras me dolieron de una manera que no esperaba.

—Estoy bien, hijo.

—Eso dijiste la última vez.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué última vez?

Mateo pareció arrepentirse inmediatamente.

Vanessa aprovechó la pausa para colocar la caja sobre una silla.

—Daniel, tu hijo ha estado pasando por una etapa difícil. Desde que empezaste a hablar de vender la casa de tu madre, se ha vuelto obsesivo con los recuerdos de Elena. Yo intentaba ayudarlo.

—¿Y obligarlo a comer solo era parte de esa ayuda?

—No lo obligué.

—Acaba de decirme que llevas semanas mandándolo arriba.

—Porque se niega a aceptar que las cosas han cambiado.

La miré con incredulidad.

—¿Qué cosas?

Vanessa hizo un gesto hacia las fotografías que Mateo tenía en su habitación.

—No puedes conservar una casa entera dedicada a una mujer que murió hace tres años y esperar que tu nueva esposa se sienta cómoda.

La frase cayó entre nosotros como un vaso rompiéndose.

Miré a Mateo.

Él no parecía sorprendido. Parecía agotado.

—¿Le has dicho eso? —pregunté.

Vanessa cruzó los brazos.

—Le he explicado que la vida continúa.

—¿Y qué tiene eso que ver con las fotografías de su madre?

—Todo. Cada vez que intento cambiar algo en esta casa, él se comporta como si estuviera traicionándola.

—Es un niño que perdió a su madre.

—¡Tiene dieciséis años!

—Precisamente. No tiene treinta. No puedes exigirle que procese su duelo según tu calendario.

Vanessa desvió la mirada.

Me acerqué a la caja y levanté la tapa.

Dentro había sobres antiguos, documentos médicos, varias fotografías y un pequeño cuaderno de tapas azules. También encontré un sobre blanco con mi nombre escrito en la letra de Elena.

Sentí que el corazón me daba un vuelco.

Elena había muerto después de una enfermedad breve y devastadora. Durante los últimos meses de su vida, pasábamos las noches hablando de Mateo, de la universidad a la que algún día iría y de los viajes que haríamos cuando ella se recuperara.

Nunca se recuperó.

Y nunca me había entregado aquella carta.

Tomé el sobre.

—¿Sabías que esto estaba aquí?

Vanessa no contestó.

—¿Lo sabías?

—Sí.

La miré fijamente.

—¿Desde cuándo?

—Desde que encontré la caja.

—¿Cuándo la encontraste?

Ella se llevó una mano a la frente.

—Hace meses.

Sentí que el comedor comenzaba a girar lentamente a mi alrededor.

—¿Y por qué no me dijiste nada?

—Porque sabía que reaccionarías así.

—¿Así cómo? ¿Queriendo leer una carta de mi esposa fallecida?

Vanessa apretó los labios.

—No sabes lo que dice.

—Entonces no tendrás inconveniente en que la lea.

Extendí la mano para abrir el sobre, pero ella me sujetó la muñeca.

—¡No!

Su reacción fue tan violenta que Mateo se levantó.

—¡No le hagas daño a mi papá!

Vanessa soltó mi brazo inmediatamente.

Nadie se movió.

Mi hijo acababa de defenderme de la mujer que yo había permitido que ocupara el lugar de su madre dentro de nuestra casa.

Y, de pronto, entendí que aquella noche no había comenzado cuando encontré a Mateo cenando solo.

Había comenzado mucho antes.

Tal vez el día en que Vanessa encontró la caja. Tal vez el día en que decidió que los recuerdos de Elena eran una amenaza. O quizá el día en que yo, convencido de que estaba construyendo una nueva familia, dejé de prestar atención a la que ya tenía.

Abrí el sobre.

La carta contenía apenas una página.

La primera línea hizo que me temblaran las manos.

Daniel, si estás leyendo esto, significa que ya no pude contarte lo que descubrí sobre Vanessa.

Levanté lentamente la cabeza.

Mi esposa había perdido todo el color del rostro.

—¿Qué descubriste? —pregunté.

Vanessa dio un paso atrás.

—No sigas leyendo.

Pero ya era demasiado tarde.

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Porque debajo de aquella frase había otra, escrita con una presión tan fuerte que la tinta casi había atravesado el papel.

No confíes en ella con Mateo. Hay algo que debes saber sobre la noche en que yo terminé en el hospital.

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