Chapter 6: La noche que nadie quiso recordar
Durante varios segundos, solo pude escuchar mi propia respiración.
Volví a leer la frase.
Una vez.
Dos veces.
La noche en que Elena terminó en el hospital.
Recordaba aquella noche con una claridad insoportable: la lluvia golpeando las ventanas, el teléfono sonando a las once y diecisiete, mi esposa inconsciente en el suelo de la cocina y Mateo llorando en la ambulancia porque no entendía por qué su madre no le respondía.
Los médicos hablaron de una complicación inesperada. Nos dijeron que la enfermedad había avanzado más rápido de lo previsto. Yo había aceptado aquellas explicaciones porque no tenía fuerzas para cuestionarlas.
Ahora tenía una carta que sugería que había algo más.
—Vanessa, ¿qué significa esto?
Ella negó con la cabeza.
—No lo sé.
—Tu nombre aparece en una carta que dice que no debo confiar en ti con mi hijo.
—Elena estaba enferma, Daniel. Tomaba medicamentos fuertes. Estaba asustada y confundida.
—¿Estuviste con ella aquella noche?
Vanessa guardó silencio.
Sentí que la pregunta había abierto una grieta que ella llevaba meses intentando tapar.
—Contéstame.
—Sí —susurró—. Estuve con ella.
Mateo levantó la cabeza.
—¿Tú estabas con mamá cuando se enfermó?
Vanessa lo miró.
—Yo fui a ayudarla.
—Nunca me dijiste eso —murmuró Mateo.
Ella dio un paso hacia él.
—Porque eras pequeño.
—Tenía trece años.
—Y estabas pasando por algo terrible.
—¡Entonces, ¿por qué me dijiste que no habías conocido a mi mamá antes de casarte con mi papá?!
El grito de Mateo me hizo girar hacia él.
Vanessa se quedó completamente inmóvil.
Yo también.
—¿Qué acabas de decir? —pregunté.
Mi hijo comenzó a respirar con dificultad.
—Hace unos meses encontré una foto de Vanessa en una de las cajas de mamá. Estaban juntas en un restaurante. Le pregunté quién era y me dijo que había sido una compañera de trabajo.
Miré a mi esposa.
—¿Conocías a Elena antes de conocerme?
Vanessa se pasó ambas manos por el cabello.
—Trabajamos en el mismo edificio durante un tiempo. Eso es todo.
—Me dijiste que la conociste después de que yo te hablara de ella.
—No recuerdo exactamente cómo ocurrió.
—¿No lo recuerdas?
Mi voz sonó tan fría que hasta yo mismo me sorprendí.
Vanessa se acercó a la mesa y apoyó las manos sobre el respaldo de una silla.
—Daniel, tienes que entender algo. Elena y yo nunca fuimos amigas. Tuvimos problemas. Ella era una persona complicada.
—Era mi esposa.
—Y yo soy tu esposa ahora.
—Eso no responde a mi pregunta.
Ella apretó los dientes.
—No tienes idea de lo que estás haciendo. Estás permitiendo que un muchacho confundido destruya nuestro matrimonio con recuerdos que ni siquiera comprende.
Mateo bajó la mirada.
Aquella vez fui yo quien se interpuso entre ellos.
—No vuelvas a utilizar a mi hijo para evitar responderme.
Vanessa me miró con los ojos llenos de lágrimas.
—¿De verdad crees que yo haría daño a Mateo?
No respondí inmediatamente.
Quería decir que no. Quería recordar a la mujer que me había acompañado durante el primer aniversario de la muerte de Elena, que había preparado el desayuno de Mateo en su cumpleaños y que había llorado conmigo cuando encontramos una vieja grabación de mi primera esposa.
Pero también recordaba las semanas en que mi hijo había estado comiendo solo.
Recordaba su miedo cuando Vanessa apareció en las escaleras.
Y recordaba aquella fotografía con el mensaje escrito detrás.
—No sé qué creer —respondí finalmente.
Vanessa retrocedió como si la hubiera abofeteado.
—Después de todo lo que he hecho por ti…
—No estamos hablando de mí.
—¡Siempre se trata de él! —gritó, señalando a Mateo—. Siempre hay que protegerlo, comprenderlo y disculparlo. ¿Cuándo va a entender que no puede seguir viviendo como si su madre fuera a regresar?
Mateo se puso de pie.
—Yo nunca te pedí que fueras mi mamá.
La frase dejó a Vanessa sin palabras.
Mi hijo tenía los ojos húmedos, pero su voz ya no temblaba.
—Solo quería que me dejaras cenar con ustedes. No te pedí que cambiaras mis fotografías ni que guardaras las cosas de mamá. Solo quería que dejaras de decir que soy un problema.
Vanessa lo miró durante un largo momento.
Después volvió los ojos hacia mí.
—¿Vas a permitir que me hable así?
Me coloqué junto a mi hijo.
—Sí voy a permitir que diga lo que siente. Lleva demasiado tiempo callándose.
Ella soltó una risa amarga.
—Entonces supongo que ya elegiste tu bando.
—No hay bandos en una familia.
—Claro que los hay, Daniel. Siempre los ha habido.
Sus palabras me inquietaron más que sus gritos.
Vanessa se dirigió hacia las escaleras, pero se detuvo al llegar al primer escalón.
—Si sigues leyendo esa carta, vas a descubrir cosas sobre Elena que quizá prefieras no saber.
—¿Es una amenaza?
—Es una advertencia.
Subió sin esperar mi respuesta.
Cuando escuché cerrarse la puerta de nuestra habitación, miré a Mateo.
—¿Hay algo más que no me hayas contado?
Él se quedó pensando.
Luego asintió.
—Sí.
Me senté frente a él.
—Te escucho.
Mateo se limpió las lágrimas con la manga.
—La semana pasada, Vanessa me dijo que si alguna vez te enseñaba la carta de mamá, iba a contarle a todo el mundo que yo había provocado su muerte.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
—¿Qué?
—Me dijo que mamá se había puesto muy nerviosa por mi culpa aquella noche. Que discutimos antes de que se enfermara y que yo debía cargar con eso. Me dijo que tú nunca me perdonarías si supieras lo que pasó.
Me levanté tan bruscamente que la silla cayó hacia atrás.
Mateo retrocedió, asustado.
Me detuve inmediatamente.
—Perdóname, hijo. No estoy enojado contigo.
Me arrodillé frente a él.
—Escúchame bien. Nada de lo que me acabas de contar cambia lo que siento por ti. Nada.
Mateo comenzó a llorar.
Lo abracé y sentí cómo se aferraba a mi camisa, como cuando era pequeño y tenía miedo de las tormentas.
—Yo no quería que mamá muriera —susurró.
Cerré los ojos.
—Lo sé.
—Pero ella me llamó aquella noche. Me dijo que fuera a la cocina porque quería enseñarme algo. Después Vanessa llegó y empezaron a discutir. Yo me asusté y subí a mi cuarto.
Me aparté lentamente para mirarlo.
—¿Estás seguro de que tu madre te llamó?
Mateo asintió.
—Sí. Y antes de que Vanessa me mandara arriba, mamá me dijo algo que nunca entendí.
—¿Qué te dijo?
Mi hijo miró la carta que todavía sostenía entre las manos.
—Me dijo que, si algún día algo malo pasaba, buscara el reloj de papá.
El reloj.
Sentí un escalofrío.
Elena me había regalado un reloj antiguo por nuestro décimo aniversario. Después de su muerte, lo guardé en el cajón de mi escritorio porque no soportaba verlo detenido a las once y diecisiete, la hora exacta en que recibí aquella llamada del hospital.
Nunca se lo había contado a Vanessa.
O eso creía.
Me puse de pie y caminé hacia mi despacho.
Mateo me siguió.
Abrí el cajón donde había guardado el reloj. Seguía allí, dentro de su estuche de terciopelo, con las agujas inmóviles y una pequeña marca en la parte posterior.
Pero el cajón estaba abierto.
Yo recordaba haberlo cerrado con llave.
Levanté el reloj y noté algo que nunca había visto: la tapa trasera estaba ligeramente desprendida.
La abrí con cuidado.
En el interior había un pequeño compartimento que no figuraba en las instrucciones originales. Dentro encontré una tarjeta de memoria y un papel doblado.
Reconocí la letra de Elena inmediatamente.
Daniel, si alguna vez descubres esto, no busques explicaciones en lo que Vanessa te diga. Escucha primero la grabación. Después pregúntate por qué ella sabía que yo iba a morir.
Miré a Mateo.
Desde el piso de arriba llegó el sonido de una puerta abriéndose.
Y entonces escuchamos la voz de Vanessa, hablando por teléfono.
—No, todavía no la ha encontrado —susurró—. Pero si Daniel escucha esa grabación, los dos estamos acabados.
Se produjo una pausa.
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Luego pronunció unas palabras que me hicieron sentir que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—Sí. Tenemos que asegurarnos de que Mateo nunca descubra quién es su verdadero padre.