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Chapter 6: La última semana de Daniel Reyes

Leí el mensaje tantas veces que terminé memorizando cada palabra.

Tu padre intentó denunciarlo antes de morir.

No sabía quién lo había enviado ni cómo había conseguido mi número.

Pero conocía la fecha.

El 14 de marzo.

La última semana de la vida de mi padre.

Me levanté de la cama y fui directamente a la habitación de mi abuela.

Evelyn estaba despierta, sentada junto a la ventana con una taza de té entre las manos.

—Necesito que leas esto.

Le entregué el teléfono.

Mientras leía, su expresión cambió de preocupación a incredulidad.

—¿Quién te lo envió?

—No lo sé.

—¿Contestaste?

Negué con la cabeza.

Mi abuela me devolvió el teléfono.

—No respondas todavía. Vamos a guardar el mensaje y a enseñárselo a Patricia.

—¿Y si es alguien que sabe lo que pasó?

—Entonces necesitamos averiguar quién es sin ponerte en peligro.

A la mañana siguiente, la abogada examinó el mensaje y nos recomendó conservarlo junto con las demás pruebas. También nos explicó que, para acceder a los registros médicos de mi padre, probablemente necesitaríamos autorización adecuada o solicitar los documentos por los canales legales correspondientes.

No podíamos simplemente entrar al hospital y exigir cualquier expediente.

Patricia preparó una solicitud y nos indicó cómo pedir información sobre los documentos que mi padre hubiera autorizado antes de morir.

—Si existe una denuncia o una comunicación relacionada con sus asuntos financieros, podría haber registros independientes —explicó—. Pero no debemos asumir que el hospital conserva esa información ni que podremos acceder a ella inmediatamente.

Yo asentí.

Quería respuestas, pero empezaba a entender que la verdad no aparecería por arte de magia.

Tendríamos que encontrarla documento por documento.

Durante los días siguientes, mi abuela me acompañó a la panadería para hablar con mi supervisora. Le expliqué que estaba atravesando una situación familiar complicada y que necesitaba cambiar algunos turnos.

La señora Morales, una mujer de cabello gris que siempre llevaba un lápiz detrás de la oreja, me escuchó sin interrumpirme.

—Isabella, has trabajado muy duro aquí —dijo—. No tienes que contarme todos los detalles. Si necesitas unos días, los organizamos.

Aquellas palabras me hicieron llorar.

No porque fueran extraordinarias, sino porque alguien acababa de ofrecerme comprensión sin pedirme que me disculpara por necesitarla.

Cuando regresamos a casa, encontré a mi madre esperándome en la cocina.

Sobre la mesa había una caja de cartón.

Dentro estaba el vestido azul.

La pintura se había secado por completo. La falda estaba rígida y algunas cuentas plateadas se habían desprendido.

Linda permanecía de pie junto a la caja.

—He estado pensando en lo que pasó —dijo.

No me acerqué.

—¿Qué quieres?

Mi madre respiró hondo.

—Quiero que dejemos de pelear. Podemos llevar el vestido a una tintorería especializada. Tal vez puedan salvarlo.

Miré la tela endurecida.

—No puedes arreglarlo todo con una tintorería.

—Lo sé.

—¿Entonces por qué lo haces?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Porque eres mi hija.

Durante un instante, estuve a punto de creerle.

Quería que aquella frase significara que estaba arrepentida. Quería que se sentara conmigo, me abrazara y admitiera que había cometido un error.

Pero entonces vi el sobre que sobresalía del bolsillo de su bata.

El mismo sobre donde había guardado la impresión de la transferencia.

—¿Qué pasó con el dinero de papá? —pregunté.

Su expresión cambió.

—¿De verdad vas a seguir con esto?

—Sí.

—Isabella, hay cosas que no entiendes. Tu padre tomó decisiones que pusieron a esta familia en una situación difícil.

—Entonces enséñame los documentos.

—No puedo.

—¿Por qué?

Linda apartó la mirada.

—Porque algunos documentos ya no existen.

Sentí que el corazón me golpeaba las costillas.

—¿Los destruiste?

—No he dicho eso.

—Acabas de decir que ya no existen.

Mi madre se acercó a la mesa y apoyó ambas manos sobre ella.

—Tu padre estaba enfermo. No siempre pensaba con claridad. Había inversiones que podían ayudarnos y otras que podían arruinarnos. Yo intenté proteger lo que quedaba.

—¿De qué?

—De perderlo todo.

—¿Y por eso usaste el dinero que dejó para mí?

Linda cerró los ojos.

—No quería que las cosas terminaran así.

Aquella respuesta no era una confesión completa, pero tampoco era una negación.

—¿Qué pasó el 14 de marzo? —pregunté.

Mi madre abrió los ojos de golpe.

El cambio fue tan inmediato que no pude ignorarlo.

—¿Quién te habló de esa fecha?

—¿Qué pasó ese día?

—No tienes que investigar los últimos días de tu padre.

—¿Por qué?

—¡Porque te va a hacer daño!

—¡Ya me está haciendo daño no saber la verdad!

Linda se cubrió la boca.

Durante unos segundos, pareció mucho mayor que la mujer que yo conocía.

—Tu padre estaba asustado —murmuró.

Me acerqué.

—¿Por qué?

Mi madre negó con la cabeza.

—No puedo hablar de eso.

—¿Richard Coleman lo amenazó?

Linda se quedó inmóvil.

Después miró hacia la puerta, como si temiera que alguien pudiera escuchar.

—No vuelvas a mencionar ese nombre delante de nadie.

—¿Por qué?

—Porque no sabes con quién estás tratando.

La miré, horrorizada.

—¿Estás diciendo que es peligroso?

—Estoy diciendo que dejes de hacer preguntas.

Mi madre recogió el sobre y salió de la cocina.

No intenté detenerla.

Había aprendido que, cuando se sentía acorralada, prefería cerrar una puerta antes que responder.

Esa tarde, Patricia nos llamó.

Había revisado los primeros documentos que le entregamos y encontró una referencia a una notaría en San Antonio. No podía asegurar que el expediente contuviera lo que buscábamos, pero el nombre aparecía relacionado con los documentos financieros de mi padre.

La abogada nos explicó que podíamos solicitar información sobre cualquier poder notarial o autorización que se hubiera registrado allí, siempre que cumpliéramos los requisitos legales.

Mi abuela anotó la dirección.

—¿Crees que encontraremos algo? —pregunté.

—Creo que tenemos una pista razonable —respondió Patricia—. Eso es todo lo que podemos afirmar por ahora.

Al día siguiente, Evelyn me acompañó a la notaría.

El edificio era pequeño y discreto. En la recepción nos pidieron identificación y una explicación de nuestra solicitud.

La empleada revisó varios registros.

Después nos pidió que esperáramos.

Cuando regresó, llevaba una carpeta delgada.

—Encontré una referencia a un poder notarial relacionado con Daniel Reyes —dijo—. Sin embargo, no puedo entregarles el expediente completo sin verificar quién tiene derecho a solicitarlo.

Mi abuela explicó nuestra situación y mostró la documentación que llevaba.

La empleada hizo una llamada y regresó varios minutos después.

—Podemos facilitarles una copia de la información pública disponible y explicarles cómo solicitar los documentos restantes.

Nos entregó una hoja con el número de registro, la fecha y el nombre de la persona autorizada.

Miré el papel.

El documento había sido firmado el 14 de marzo.

El mismo día que aparecía en el mensaje anónimo.

Y el nombre del representante autorizado era Richard Coleman.

Sentí que me faltaba el aire.

—¿Mi papá le dio permiso para manejar sus asuntos financieros? —pregunté.

La empleada señaló una sección del registro.

—Este documento parece otorgarle ciertas facultades, pero necesitarán que un abogado revise su alcance y las condiciones bajo las cuales se firmó. La referencia por sí sola no permite determinar si una transferencia específica estaba autorizada.

Mi abuela guardó la copia cuidadosamente.

—Gracias. Vamos a consultar con nuestra abogada.

Salimos del edificio sin hablar.

Yo miraba la fecha una y otra vez.

Si mi padre había firmado aquel documento, ¿por qué había intentado denunciar a Richard?

Y si no lo había firmado, ¿cómo había conseguido aquel hombre la autorización?

Al llegar a casa, mi abuela me pidió que subiera a mi habitación mientras llamaba a Patricia.

Intenté obedecer.

Pero al pasar frente al dormitorio de mi madre, escuché una conversación.

—Encontraron el registro —decía Linda—. Sí, el poder notarial.

Hubo una pausa.

—No sé cómo lo consiguieron. Evelyn está con ella en todo momento.

Mi madre bajó la voz.

—Richard, necesito que me digas qué hacemos ahora.

Me quedé paralizada.

Entonces escuché una respuesta apenas audible desde el teléfono.

Linda se llevó una mano a la frente.

—No. No voy a permitir que culpen a Isabella por algo que no hizo.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

Mi madre guardó silencio mientras Richard hablaba.

Después pronunció unas palabras que nunca esperé escuchar de ella.

—Tú me dijiste que Daniel había firmado antes de ingresar al hospital. Me juraste que era legal.

Una pausa.

—¿Qué quieres decir con que tienes el original?

Sentí que el mundo se detenía.

Mi madre estaba temblando.

—Richard, escúchame. Si ese documento tiene una firma falsa, los dos podemos terminar en problemas.

En ese momento, una tabla del piso crujió bajo mi pie.

Mi madre giró la cabeza.

Nuestros ojos se encontraron a través de la puerta entreabierta.

Linda dejó caer el teléfono sobre la cama.

—Isabella...

No me moví.

Ella se acercó lentamente, con el rostro desencajado.

—Hay algo que necesito contarte sobre la última noche de tu padre.

Me agarré al marco de la puerta.

—¿Qué cosa?

Mi madre comenzó a llorar.

—La noche antes de que lo llevaran al hospital, Daniel me pidió que escondiera un sobre. Me dijo que, si algo le pasaba, debía entregárselo a tu abuela.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—¿Y lo hiciste?

Linda negó con la cabeza.

—No.

Se cubrió el rostro con ambas manos.

—Lo escondí porque Richard me convenció de que, si alguien lo encontraba, todos perderíamos todo.

—¿Dónde está ahora?

Mi madre levantó la mirada.

Sus labios temblaron.

—En el único lugar donde tu padre sabía que nadie buscaría.

Antes de que pudiera preguntarle más, el teléfono volvió a sonar.

Linda miró la pantalla y palideció.

Era Richard Coleman.

Y esta vez, cuando contestó, él no preguntó por los documentos.

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Dijo algo que hizo que mi madre comenzara a llorar desconsoladamente.

—Linda, ya no puedes proteger a Isabella. Si encuentra ese sobre, descubrirá quién estuvo realmente detrás de la muerte de Daniel Reyes.

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