Chapter 2: El secreto de mi padre
Durante varios segundos, no pude apartar la mirada del sobre.
Mi nombre estaba escrito con tinta azul, ligeramente inclinada hacia la derecha. La misma letra que aparecía en las tarjetas de cumpleaños que mi padre me dejaba debajo de la almohada.
Para mi pequeña estrella.
Pasé los dedos sobre las palabras.
—¿De dónde sacaste esto, abuela?
Evelyn se sentó en el borde de mi cama. Sus ojos estaban enrojecidos, pero su voz permaneció firme.
—Tu padre me lo entregó tres meses antes de morir. Me pidió que te lo diera cuando cumplieras quince años.
Miré el vestido arruinado.
—Entonces llegaste tarde.
—No, corazón. Llegué justo cuando debía.
No entendí aquellas palabras.
Mi abuela me entregó el sobre, pero mantuvo una mano sobre él.
—Antes de abrirlo, necesito que me prometas algo.
—¿Qué cosa?
—Que vas a escuchar toda la verdad, incluso si cambia lo que piensas de tu mamá.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Qué tiene que ver mi mamá con esto?
Evelyn guardó silencio.
Ese silencio me asustó más que cualquier respuesta.
—Abuela, por favor. Ya tuve suficiente por hoy.
Ella soltó el sobre.
Lo abrí con cuidado. Dentro había una carta doblada y una pequeña tarjeta de un banco de San Antonio. En la tarjeta aparecía un número de cuenta y una cifra escrita a mano.
*$86,400.*
Parpadeé.
Volví a mirar el número.
—¿Ochenta y seis mil cuatrocientos dólares?
Mi abuela asintió.
—Tu padre comenzó a ahorrar para ti cuando naciste. Cada cumpleaños depositaba algo. También había una póliza de seguro de vida y dinero de una inversión que hizo con tu abuelo.
Me quedé mirando la tarjeta.
—Pero mamá dijo que no teníamos dinero. Dijo que no podía pagar mi fiesta.
—Tu madre decidió no pagarla.
Las palabras cayeron entre nosotras como un vaso rompiéndose.
—No entiendo.
Evelyn respiró hondo.
—La cuenta estaba destinada a tu educación, tu futuro y, cuando cumplieras quince años, a una celebración que tu padre quería que tuvieras. No era dinero para que los adultos lo gastaran a su antojo.
Abrí la carta con dedos temblorosos.
Mi querida Bella:
Si estás leyendo esto, significa que ya eres casi una mujer. Lamento no estar ahí para verte bailar, para acomodarte la corona o para fingir que no voy a llorar cuando entres al salón.
Me cubrí la boca.
Las lágrimas regresaron.
Quiero que sepas algo: nunca fuiste una carga. Nunca fuiste un gasto. Fuiste la mejor parte de mi vida.
He dejado dinero para que tengas opciones. Quiero que estudies, que viajes si algún día lo deseas y que jamás tengas que quedarte en un lugar donde te hagan creer que no vales nada.
Confía en tu abuela Evelyn. Ella conoce la verdad sobre mis últimos meses y sabrá ayudarte si alguna vez lo necesitas.
Con todo mi amor, papá.
Leí la última línea una segunda vez.
Después una tercera.
—¿Qué verdad? —pregunté.
Mi abuela apretó las manos sobre su regazo.
—Daniel descubrió que había dinero desapareciendo de sus cuentas antes de enfermarse.
Levanté la cabeza.
—¿Qué?
—Al principio pensó que eran errores bancarios. Después encontró transferencias que no reconocía. Cuando empezó a investigar, descubrió que alguien había estado utilizando sus datos para mover dinero.
—¿Quién?
Evelyn bajó la mirada.
—No tengo pruebas suficientes para acusar a nadie. Pero tu padre sospechaba que alguien cercano a él tenía acceso a sus documentos.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—¿Mi mamá?
—No voy a decirte algo que no puedo demostrar.
—Pero acabas de decir que sospechaba de alguien cercano.
—Y por eso te pido que no hagas acusaciones todavía.
Me levanté y caminé hacia la ventana.
Desde allí podía ver la calle tranquila, las camionetas estacionadas frente a las casas y las decoraciones plateadas que mi abuela había ayudado a colocar días antes.
Todo parecía normal.
Mi vida, en cambio, acababa de cambiar por completo.
—¿Por qué mamá nunca me habló de esta cuenta?
—Eso es precisamente lo que debemos averiguar.
Antes de que pudiera responder, escuchamos pasos en el pasillo.
La puerta se abrió sin que nadie tocara.
Linda entró con los brazos cruzados.
—¿Qué están haciendo aquí encerradas?
Mi abuela se puso de pie.
—Hablando con Isabella.
Mi madre miró el sobre en mis manos.
Su expresión cambió de inmediato.
No fue sorpresa.
Fue miedo.
—¿De dónde sacaste eso? —preguntó.
Apreté la carta contra mi pecho.
—Me lo dio la abuela.
Linda extendió la mano.
—Dámelo.
Retrocedí.
—Es una carta de papá. Tiene mi nombre.
—Isabella, no empieces otra vez.
—¿Qué es esta cuenta bancaria?
Por un instante, mi madre no respondió.
Luego miró a Evelyn.
—¿Qué le dijiste?
—La verdad que Daniel dejó por escrito —respondió mi abuela.
—No tenías derecho.
—Él me pidió que cuidara de su hija.
Mi madre soltó una risa seca.
—¿Cuidarla? ¿Así llamas a venir a mi casa a provocar problemas el día de su cumpleaños?
—No estoy provocando nada, Linda. Las preguntas ya estaban aquí. Tú solamente esperabas que Isabella nunca las hiciera.
El rostro de mi madre se puso rojo.
—Esa cuenta no es asunto suyo.
La frase me dejó helada.
—¿Cómo que no es asunto mío? —pregunté—. La carta dice que papá la dejó para mí.
—Eres una niña. No entiendes cómo funcionan las finanzas de una familia.
—Entiendo que trabajé once meses para comprar un vestido mientras había ochenta y seis mil dólares destinados a mi futuro.
Mi madre me miró como si acabara de abofetearla.
—No sabes de qué estás hablando.
—Entonces explícame.
—¡No tengo que justificar cada decisión que tomo!
Brianna apareció detrás de ella, atraída por los gritos.
Cuando vio la tarjeta bancaria en mi mano, su expresión cambió.
—¿Qué es eso? —preguntó.
Mi madre se interpuso inmediatamente.
—Nada que te importe.
Brianna frunció el ceño.
—¿Es dinero?
Nadie respondió.
Ella miró a mi madre y después a mí.
Por primera vez en todo el día, su sonrisa desapareció.
—¿Cuánto dinero?
—Vete a tu habitación —ordenó Linda.
—Pero...
—¡Ahora!
Brianna se alejó, aunque no antes de lanzar una última mirada a la tarjeta.
Mi abuela se acercó a mi madre.
—Daniel dejó instrucciones claras. Ese dinero pertenece al futuro de Isabella. Si se ha utilizado para otra cosa, debe investigarse.
—No sabes nada —espetó Linda.
—Entonces no tendrás problema en demostrar que todo está en orden.
Mi madre apretó los labios.
Después se volvió hacia mí.
—Dame la carta, Isabella.
—No.
Su mirada se endureció.
—Vives bajo mi techo.
—Y papá dejó esto para mí.
Durante un instante, creí que iba a arrancármelo de las manos.
En cambio, sonrió.
Era una sonrisa extraña, sin cariño.
—Está bien. Quédate con tus papeles. Pero no esperes que yo pague un centavo de tu fiesta después de la vergüenza que has causado hoy.
Salió y cerró la puerta con fuerza.
Me dejé caer sobre la cama.
—¿Qué va a pasar ahora? —pregunté.
Mi abuela me tomó de la mano.
—Mañana iremos al banco. No vamos a tocar un solo dólar hasta saber exactamente qué ocurrió.
Miré la tarjeta.
Ochenta y seis mil cuatrocientos dólares.
Una cantidad de dinero que podía cambiar mi vida.
Pero había algo que no dejaba de inquietarme.
Si mi madre sabía que existía aquella cuenta, ¿por qué había permitido que yo trabajara casi un año para comprar un vestido?
Y si no lo sabía, ¿por qué había palidecido al ver la carta?
Esa noche dormí con el sobre debajo de la almohada.
A las dos de la madrugada, un ruido me despertó.
La puerta de mi habitación estaba entreabierta.
Una sombra se movía junto a mi escritorio.
—¿Quién está ahí? —pregunté, incorporándome.
La sombra se quedó inmóvil.
Después escuché la voz de Brianna.
—No grites.
Encendí la lámpara.
Mi hermanastra estaba junto a mi mochila, sosteniendo mi tarjeta bancaria entre los dedos.
—¿Qué haces con mis cosas?
Ella intentó ocultar la tarjeta detrás de su espalda.
—Solo quería verla.
—¡Devuélvemela!
Brianna retrocedió.
—No tienes idea de lo que está pasando en esta casa.
Me levanté y extendí la mano.
—Dámela ahora mismo.
Por primera vez, parecía realmente asustada.
No de mí.
De lo que yo pudiera descubrir.
—Bella —susurró—, si mi mamá se entera de que te dije esto, me va a matar.
Sentí que la sangre se me enfriaba.
—¿Decirme qué?
Brianna miró hacia la puerta, asegurándose de que estuviéramos solas.
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Entonces pronunció una frase que hizo que todo mi mundo volviera a tambalearse.
—El dinero de tu papá no está en esa cuenta desde hace mucho tiempo.
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