Chapter 3: Los ochenta y seis mil dólares desaparecidos
Durante varios segundos, solo escuché el zumbido del aire acondicionado.
Brianna seguía junto a mi escritorio, con la tarjeta bancaria apretada entre los dedos.
—¿Qué acabas de decir? —pregunté.
Ella tragó saliva.
—Que el dinero ya no está ahí.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque escuché a mi mamá hablar por teléfono.
Me acerqué y le arrebaté la tarjeta.
—¿Cuándo?
—Hace unas semanas. Estaba en la cocina. Pensó que yo estaba dormida en el sofá.
La miré fijamente.
—¿Y por qué no me dijiste nada?
Brianna bajó los ojos.
Por primera vez, no tenía una respuesta cruel preparada.
—Porque no quería meterme en problemas.
Solté una risa amarga.
—Claro. Destruir mi vestido no te daba miedo, pero decirme que mi padre dejó dinero para mí sí.
Su rostro se endureció.
—No tienes que recordármelo.
—¿Por qué? ¿Te sientes mal ahora?
—¡No sabes cómo son las cosas para mí!
—¡Mi vestido está arruinado, Brianna! ¡Mi mamá me castigó por llorar y ahora descubro que tal vez alguien robó el dinero de mi papá! ¿Quieres explicarme qué parte de tu vida es más difícil?
Ella se quedó callada.
La rabia en mi pecho seguía creciendo, pero debajo había algo más fuerte: miedo.
Si el dinero había desaparecido, ¿qué más me habían ocultado?
—Dime exactamente qué escuchaste —exigí.
Brianna se sentó en el borde de la silla.
—Mi mamá estaba hablando con un hombre. Le dijo que necesitaba más tiempo, que no podía seguir haciendo transferencias sin que alguien revisara los documentos.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué hombre?
—No sé. Ella lo llamaba Rick.
El nombre no me decía nada.
—¿Y qué tenía que ver el dinero de papá?
Brianna se mordió el labio.
—Escuché algo sobre una cuenta de custodia. Y después dijo que tú no debías enterarte hasta cumplir dieciocho.
Me quedé inmóvil.
—¿Mi mamá dijo eso?
Ella asintió.
—También dijo que Evelyn estaba empezando a hacer demasiadas preguntas.
Mi abuela.
De pronto, entendí por qué mi madre había reaccionado con tanto miedo cuando vio la carta.
No estaba sorprendida por la existencia de la cuenta.
Estaba aterrorizada porque yo acababa de descubrirla.
—¿Por qué me cuentas esto ahora? —pregunté.
Brianna miró el vestido manchado que seguía sobre el piso.
—Porque cuando vi la cantidad de dinero, me di cuenta de que no era una cuenta cualquiera.
—¿Y eso te hace sentir culpable?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Sí.
No esperaba esa respuesta.
Brianna se levantó y caminó hacia la puerta.
—No le digas que hablé contigo.
—Espera.
Se volvió.
—¿Sabes quién es Rick?
Negó con la cabeza.
—Pero tengo una idea de dónde puedes encontrar su nombre.
Metió la mano en el bolsillo y sacó su teléfono.
Abrió una fotografía y me lo mostró.
Era una imagen borrosa de unos documentos que había fotografiado semanas antes mientras buscaba una hoja para una tarea escolar.
En la esquina inferior de una página aparecía un nombre completo.
*Richard Coleman.*
Debajo había una dirección y el logotipo de una firma de asesoría financiera.
—Mi mamá dejó esos papeles en la mesa —explicó Brianna—. Los fotografié porque pensé que podían servir para algo de la escuela. No sabía qué significaban.
Copié el nombre en una hoja.
—Gracias.
Ella pareció sorprendida.
—¿Eso es todo?
La miré.
—No. Todavía quiero saber por qué destruiste mi vestido.
Brianna bajó la cabeza.
—Estaba enojada.
—¿Conmigo?
—Con mi mamá. Con mi papá. Con todo.
—¿Y por eso decidiste lastimarme?
No respondió.
—No eres la única persona que ha perdido algo, Brianna. Mi papá está muerto. Y tú elegiste convertir el único recuerdo que podía tocar con mis propias manos en una broma.
Sus labios comenzaron a temblar.
—Lo sé.
—No. Todavía no lo sabes.
Le señalé la puerta.
—Vete.
Esta vez obedeció sin decir una palabra.
A la mañana siguiente, mi abuela Evelyn llegó a las ocho. Había llamado a una amiga para averiguar qué documentos necesitábamos antes de visitar el banco.
Me encontró sentada en la cocina, con los ojos hinchados y una taza de chocolate caliente entre las manos.
—¿Dormiste algo? —preguntó.
—Un poco.
No le conté inmediatamente lo que Brianna me había dicho. No porque desconfiara de mi abuela, sino porque necesitaba entender qué era cierto y qué era solamente un rumor.
Evelyn colocó una carpeta sobre la mesa.
—Vamos a pedir un historial completo de la cuenta. Si hay movimientos que no reconocemos, solicitaremos que el banco los investigue.
—¿Y si mi mamá se enoja?
Mi abuela me miró con seriedad.
—Que alguien se enoje no significa que estés haciendo algo malo.
Aquellas palabras se quedaron conmigo mientras nos dirigíamos al banco.
El edificio estaba en una avenida concurrida, entre una farmacia y una tienda de muebles. Yo había pasado por allí cientos de veces sin imaginar que una puerta de cristal pudiera contener respuestas capaces de cambiar mi vida.
Nos recibió una empleada llamada Marisol.
Mi abuela explicó que queríamos información sobre una cuenta abierta a nombre de mi padre y destinada a mi beneficio. Mostró los documentos que había conservado y una copia de la carta.
Marisol revisó las páginas con atención.
Después dejó de teclear.
—Señora Evelyn, necesito consultar con el gerente antes de continuar.
Mi abuela se enderezó.
—¿Hay algún problema?
—No puedo confirmarlo todavía. Pero hay algo en el historial que requiere una revisión adicional.
Sentí que el estómago se me encogía.
Marisol desapareció detrás de una puerta.
Cinco minutos después regresó acompañada por un hombre de traje gris.
—Soy el señor Bennett, gerente de esta sucursal —se presentó—. ¿Ustedes son familiares de Daniel Reyes?
—Soy su madre —respondió Evelyn—. Y ella es su hija, Isabella.
El gerente me miró con una expresión que no supe interpretar.
—Lamento mucho su pérdida.
Después revisó los documentos una vez más.
—La cuenta que buscan está vinculada a un fideicomiso familiar. Sin embargo, hay registros de movimientos financieros que debemos examinar antes de proporcionar detalles completos.
Mi abuela se inclinó hacia delante.
—¿Qué tipo de movimientos?
El señor Bennett bajó la voz.
—Transferencias realizadas durante los últimos tres años. Algunas requieren verificación adicional por parte de nuestro departamento de cumplimiento.
Tres años.
Mi padre llevaba muerto casi tres años.
—¿Cuánto dinero queda? —pregunté.
El gerente vaciló.
—No puedo facilitarle esa cifra sin completar la verificación de su identidad y de sus derechos como beneficiaria.
—Tengo una carta de mi papá. Dice que el dinero es para mí.
—Y vamos a revisar esa documentación, Isabella. Pero quiero que comprendas algo: si existen transferencias no autorizadas, el banco necesitará determinar quién las solicitó y con qué autoridad.
Mi abuela apretó mi mano.
—¿Podemos obtener una copia del historial?
—Podemos iniciar el procedimiento hoy mismo.
Mientras Marisol preparaba los formularios, miré a mi abuela.
—¿Crees que mi mamá sabía lo que estaba pasando?
Evelyn tardó en responder.
—Creo que tenemos razones para hacer preguntas. Pero no voy a acusar a nadie hasta que tengamos pruebas.
Firmamos los documentos necesarios y dejamos copias de la carta de mi padre. El gerente nos entregó un comprobante de la solicitud y prometió comunicarse con nosotras cuando terminara la revisión inicial.
Al salir, el sol de Texas me golpeó el rostro.
Por primera vez desde la muerte de mi padre, sentí que podía hacer algo más que llorarlo.
Podía buscar respuestas.
Sin embargo, cuando llegamos a casa, mi madre estaba esperándonos en la sala.
Sobre la mesa había una hoja impresa.
Mi nombre aparecía en la parte superior.
Junto a él, una cantidad que me hizo sentir náuseas.
—¿Dónde estuvieron? —preguntó Linda.
Mi abuela dejó su bolso sobre una silla.
—Fuimos al banco.
Mi madre soltó una risa sin humor.
—Por supuesto que fueron al banco. ¿Ahora también vas a enseñarle a mi hija a investigarme?
—No necesito enseñarle a hacer preguntas —respondió Evelyn—. Tú debiste darle respuestas hace mucho tiempo.
Linda levantó la hoja.
—¿Sabes lo que acabas de provocar, Isabella?
Miré el documento.
Era una impresión de un registro bancario, pero no reconocí el formato.
—¿De dónde sacaste eso?
Mi madre ignoró la pregunta.
—Tu padre tomó decisiones financieras complicadas. Yo tuve que resolver problemas que tú no entiendes.
—¿Qué pasó con el dinero?
—¡No tienes idea de lo que hice para mantener esta familia!
—¡Entonces explícamelo!
Linda golpeó la hoja contra la mesa.
—Ese dinero se utilizó para gastos familiares. Para la casa, las facturas y las necesidades de todos. Tu padre también era responsable de esta familia, Isabella.
Mi abuela se puso de pie.
—Daniel dejó instrucciones específicas para su hija. Los gastos familiares no te daban derecho a utilizar un fideicomiso sin respetar sus condiciones.
—¡No sabes cómo eran nuestras cuentas!
—Por eso estamos pidiendo el historial.
Mi madre me miró como si yo fuera una desconocida.
—¿De verdad vas a hacerle esto a tu propia madre?
Me dolió escucharla decirlo.
Una parte de mí todavía quería correr hacia ella, abrazarla y descubrir que todo era un malentendido.
Pero recordé mis manos manchadas de azul.
Recordé los once meses en la panadería.
Recordé que, cuando le pedí que me creyera, me había ordenado disculparme con Brianna.
—Yo no hice desaparecer el dinero, mamá —dije—. Solo quiero saber dónde está.
Su rostro perdió el color.
Por un instante, pensé que iba a llorar.
Entonces miró hacia el pasillo y llamó a mi hermanastra.
—¡Brianna! ¡Ven aquí ahora mismo!
Brianna apareció en la entrada.
Cuando vio el documento sobre la mesa, se quedó inmóvil.
Mi madre levantó una segunda hoja.
Era una copia de una transferencia bancaria.
Y debajo de la cantidad aparecía un nombre que yo ya había visto en el teléfono de Brianna.
Richard Coleman.
Linda miró a su hija antes de clavar los ojos en mí.
—Ya que decidiste abrir esta puerta, Isabella, será mejor que sepas toda la verdad.
Después puso el dedo sobre la fecha de la transferencia.
Era de apenas dos semanas antes de que mi padre muriera.
Y en la línea de autorización aparecía una firma que reconocí de inmediato.
La firma de mi padre.
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Pero había un problema.
*Daniel Reyes estaba hospitalizado e inconsciente el día en que se realizó aquella transferencia.*
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