Chapter 8: La abogada que conocía demasiado
No le mostré la fotografía a Olivia inmediatamente.
La guardé en el teléfono y esperé a que terminara de hablar con Michael. No porque creyera que era culpable, sino porque había aprendido algo durante las últimas cuarenta y ocho horas: cada documento debía examinarse antes de decidir qué significaba.
Cuando Michael salió de la oficina para atender una llamada, le entregué el teléfono a Olivia.
—Necesito que me expliques esto.
Ella observó la imagen.
Su rostro no palideció ni se alteró de manera evidente. Sin embargo, dejó de mover el bolígrafo entre los dedos.
—¿Quién te envió esto?
—Un número desconocido.
Amplió la fotografía.
—Esta no es una copia de un documento que yo recuerde haber preparado.
—Tu nombre aparece en el margen.
—Lo veo.
—Y mi firma está al pie.
Olivia guardó silencio unos segundos.
—Marcus, voy a ser completamente transparente contigo. Hace cinco años revisé una serie de documentos corporativos relacionados con la expansión de Bennett Hospitality Group. Es posible que alguien haya utilizado una página de ese expediente para construir una autorización falsa.
—¿Firmé algo que permitiera transferir el control de mis restaurantes?
—No que yo recuerde. Pero no voy a pedirte que confíes en mi memoria. Revisaremos el archivo original.
Su respuesta me tranquilizó un poco.
Si hubiera intentado negar cualquier posibilidad sin comprobarla, habría tenido más motivos para desconfiar.
—¿Conocías a Richard Williams antes de trabajar conmigo? —pregunté.
Olivia se quitó las gafas.
—Sí.
La miré en silencio.
—¿Desde cuándo?
—Representé a una empresa inmobiliaria que tuvo una disputa contractual con una de sus compañías hace unos ocho años. Mi cliente era un proveedor. No trabajé directamente para Richard, pero su equipo legal participó en las negociaciones.
—¿Y nunca me lo mencionaste?
—No consideré que fuera relevante para nuestros asuntos. Pero ahora lo es.
Se inclinó hacia delante.
—Marcus, si crees que existe un conflicto de intereses, debes saber que tienes derecho a buscar una segunda opinión legal. No voy a impedirlo.
Aprecié su franqueza, aunque la situación se volvía cada vez más complicada.
—Quiero que sigas trabajando en la investigación mientras otro abogado revisa cualquier posible conflicto relacionado contigo. No voy a sacar conclusiones basándome en una fotografía anónima.
Olivia asintió.
—Me parece razonable.
Llamó a una colega independiente, la abogada Patricia Reynolds, y le explicó que necesitábamos una revisión urgente de los documentos de la operación. Patricia aceptó reunirse con nosotros a la mañana siguiente.
Después, Olivia abrió el archivo corporativo de cinco años atrás.
Encontramos la carpeta correspondiente a la expansión de Bennett Hospitality Group, pero faltaban varias páginas del expediente físico. El registro electrónico indicaba que una copia había sido descargada desde una terminal de la oficina corporativa hacía tres semanas.
El usuario asociado a la descarga era Gregory Price.
Michael regresó y examinó el registro.
—La descarga no demuestra que Gregory modificara el documento —aclaró—. Pero nos da una fecha y una cuenta que podemos investigar.
—¿Podemos identificar qué archivo descargó exactamente? —pregunté.
—Sí, si el servidor conserva el historial completo. Necesito solicitar una copia forense.
Mientras Michael preparaba la solicitud, recibí una llamada de Richard Williams.
Contesté con Olivia presente.
—Marcus —dijo Richard—. Ethan me ha contado que estás revisando ciertos documentos.
—Estamos investigando irregularidades relacionadas con la inversión.
—Entiendo tu preocupación. Pero creo que estás cometiendo un error al involucrar a Vanessa y a mi familia en esto.
—Vanessa me entregó un contrato que contiene una cláusula de transferencia de activos y una referencia a una autorización que nunca firmé.
Richard soltó un suspiro.
—Esa cláusula era una propuesta preliminar. No tenía intención de ejecutarse sin tu consentimiento.
—Entonces, ¿por qué alguien escribió que no debían informarme hasta después de la aprobación?
Hubo un silencio.
—No sé quién escribió esa nota.
—¿Y por qué tu firma aparece junto a la de mi padre en documentos del concurso de 2012?
Richard tardó más en responder.
—Robert y yo teníamos una relación comercial. Él quería ayudarte. Cuando surgieron problemas con el concurso, intenté resolverlos sin perjudicar tu futuro.
—¿Cómo pensabas resolverlos utilizando mi firma en una autorización comercial?
—Yo nunca te pedí que firmaras nada ilegal.
No era una respuesta.
—Richard, necesito que entregues todos los documentos relacionados con el concurso y con Vantage Advisory Group.
Su tono se endureció.
—No puedes exigirme eso por teléfono.
—No te estoy exigiendo nada personalmente. Mis abogados enviarán una solicitud formal.
Richard respiró profundamente.
—Marcus, tu padre era un buen hombre. No querría que destruyeras tu relación con los Williams por un malentendido.
Sentí una punzada de rabia.
—No utilices a mi padre para evitar responder mis preguntas.
—Solo intento ayudarte.
—Entonces empieza diciendo la verdad.
Colgué.
Olivia me observó.
—No creo que esa conversación haya sido una coincidencia.
—¿Por qué?
—Porque sabía que habías encontrado los documentos de Robert. Alguien tuvo que informárselo.
Recordé que Ethan conocía la existencia de la caja y que Vanessa había entregado el contrato.
También recordé que Gregory había tenido acceso a los archivos corporativos.
No había una respuesta sencilla.
A la mañana siguiente, Patricia Reynolds llegó a la oficina con una carpeta y una computadora portátil. Era directa, meticulosa y poco impresionable. Revisó el documento fotografiado, la versión original del contrato de Sterling y las autorizaciones comerciales de años anteriores.
Después de una hora, levantó la mirada.
—La firma que aparece en la fotografía podría haberse copiado de un documento auténtico. Sin el archivo original, no puedo determinar cómo se incorporó. Pero hay una discrepancia importante.
Señaló la fecha.
—El documento afirma que Marcus aprobó la transferencia de activos el 14 de marzo, a las 10:30 de la mañana. Según los registros de viaje y el calendario corporativo, ese día estaba en Chicago.
—Eso es correcto —respondí—. Estaba visitando un restaurante que queríamos adquirir.
Patricia asintió.
—Necesitamos los registros de la reunión y, si es posible, los recibos de viaje. Si podemos demostrar que no estuviste presente y que no firmaste electrónicamente el documento, debilitaremos considerablemente la validez de esa autorización.
Michael confirmó que podía recuperar los registros de acceso del servidor.
A media mañana llegó otra noticia.
La empresa que había recibido la transferencia de un millón doscientos mil dólares no estaba registrada directamente a nombre de Daniel Mercer, sino a través de una sociedad fiduciaria. El administrador oficial había fallecido en 2022, pero la entidad seguía activa.
—¿Quién figura como representante actual? —preguntó Patricia.
Michael abrió el informe preliminar.
—Una empresa de administración llamada Northbridge Corporate Services.
Patricia se quedó inmóvil.
—¿Northbridge?
—¿La conoce? —pregunté.
—Sí. Es una firma que administra sociedades para clientes privados. No significa que esté involucrada en una conducta irregular, pero debemos identificar quién solicitó la apertura de la cuenta y quién tiene autoridad sobre ella.
Michael siguió leyendo.
—Hay un representante autorizado registrado hace tres meses. El nombre aparece parcialmente oculto en la copia que recibimos.
—¿Puedes solicitar el registro completo? —preguntó Patricia.
—Ya lo he solicitado.
Mi teléfono vibró.
Era Nia.
«Marcus, conseguí hablar con mi prima. El archivo de Westbrook sigue existiendo, pero alguien pidió retirarlo de la escuela hace dos semanas. La solicitud llevaba una autorización firmada por Harold Mitchell».
Leí el mensaje en voz alta.
Patricia frunció el ceño.
—¿Mitchell sigue vivo y localizable?
—Eso creemos —respondí.
—Entonces debemos encontrarlo antes de que desaparezca cualquier otro documento.
Llamé al número que había utilizado la noche anterior. No contestó.
Probé nuevamente.
Nada.
A las doce y veinte, recibí una llamada de un hospital de Atlanta.
Una mujer se presentó como trabajadora social y preguntó si yo conocía a Harold Mitchell.
—Sí. ¿Qué ha ocurrido?
—El señor Mitchell fue ingresado esta mañana después de un accidente. Está consciente, pero solicitó que contactáramos con usted.
Me puse de pie.
—¿En qué hospital está?
La mujer me dio la dirección.
Patricia tomó su abrigo.
—Voy contigo. No debemos interrogarlo ni presionarlo. Si está en condiciones de hablar, podemos escuchar lo que quiera decir y organizar una declaración formal.
Llegamos al hospital poco después de la una.
Harold Mitchell estaba en una habitación privada, con un vendaje alrededor de la frente y un brazo inmovilizado. Parecía mucho más viejo que el hombre que recordaba de Westbrook High.
Cuando me vio, intentó incorporarse.
—Marcus —susurró—. Pensé que no llegarías a tiempo.
—¿A tiempo para qué?
Miró a Patricia y después a mí.
—Para saber la verdad antes de que destruyan lo que queda.
Patricia se presentó y le explicó que podía hablar voluntariamente, sin obligación de responder preguntas para las que no estuviera preparado.
Mitchell asintió.
—Yo alteré los registros del concurso —dijo.
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
—¿Por orden de Richard Williams?
—Sí. Pero no lo hice por dinero. Me dijo que, si no cooperaba, cerraría la fundación que financiaba varios programas de la escuela. Había cientos de estudiantes que dependían de ese apoyo.
—¿Y mi solicitud?
Mitchell cerró los ojos.
—Tu propuesta fue seleccionada inicialmente para recibir la beca. Richard insistió en que la retiráramos porque tu padre se había negado a firmar un acuerdo privado.
Me quedé helado.
—¿Qué acuerdo?
—Una autorización para utilizar tu plan de negocio como parte de una propuesta inmobiliaria de la familia Williams. Robert se negó porque no quería que tu trabajo se convirtiera en propiedad de otra persona.
Las palabras de mi padre regresaron a mi memoria.
Nunca dejé de creer en ti.
—¿Quién alteró mi firma? —pregunté.
Mitchell me miró con una tristeza profunda.
—Yo preparé el expediente, pero no fui quien falsificó la firma.
—¿Quién fue?
El anciano tragó saliva.
—El documento original estaba en manos de un abogado externo. Él recibió instrucciones de Richard y de otra persona que trabajaba en la fundación.
Patricia se inclinó ligeramente hacia delante.
—¿Puede identificar a ese abogado?
Mitchell asintió lentamente.
—Sí.
Me miró a los ojos.
—Es la misma persona que ayudó a crear la autorización comercial que ahora están utilizando contra ti.
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Hizo una pausa.
—Y esa persona sigue trabajando con tu empresa.