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Chapter 6: El hombre que no debía estar vivo

Daniel observó la fotografía durante casi un minuto sin pronunciar una sola palabra.

La imagen mostraba a Richard sentado en una oficina, con una carpeta abierta sobre las rodillas. A su lado estaba un hombre de cabello oscuro, traje gris y una cicatriz que atravesaba su ceja izquierda.

Yo reconocí al hombre antes que Daniel.

Era Thomas Reed, el antiguo director financiero de Whitmore Holdings.

Y, según los registros oficiales que habíamos visto años atrás, Thomas había muerto en un accidente automovilístico ocurrido tres semanas después del fallecimiento de Richard.

—No puede ser él —murmuró Daniel—. Thomas murió. Asistí a su funeral.

—¿Estás seguro de que viste su cuerpo? —pregunté.

Daniel levantó la mirada, herido por la pregunta.

—Vi el ataúd cerrado. Su esposa estaba allí. Todos los directivos de la compañía asistieron.

—¿Quién confirmó su identidad?

Daniel no respondió.

La pregunta había abierto una grieta que ninguno de los dos sabía cómo cerrar.

Me senté junto a él y amplié la fotografía. En el borde inferior aparecía una fecha impresa: doce días antes de la muerte de Richard.

—Esto no parece una imagen antigua de archivo —dije—. Mira la carpeta.

Daniel acercó el teléfono a su rostro.

En la portada se distinguían unas palabras escritas a mano: Operación Northstar.

—Nunca había oído ese nombre —dijo.

—Yo tampoco.

Daniel se levantó y comenzó a caminar por la sala.

—Tenemos que llamar al señor Bennett.

—El mensaje dice que no confiemos en él.

—¿Y vamos a creerle a un desconocido que nos manda una fotografía sin identificarse?

—No. Vamos a verificarlo.

Daniel se detuvo.

—¿Cómo?

Recordé algo que Richard me había dicho durante nuestra última reunión en el centro comunitario. Me había explicado que conservaba copias de determinados expedientes en su despacho privado, un lugar al que solo podían acceder él y una persona designada como custodio.

Después de su muerte, Eleanor había ordenado cerrar aquella oficina.

Nunca permitió que nadie revisara sus archivos.

—El antiguo despacho de Richard —dije—. El mensaje nos está enviando allí.

Daniel miró el reloj.

—Son casi las once. No vamos a entrar en esa oficina a medianoche.

—El mensaje dice mañana a las ocho.

—Y dice que vayas sola.

—No pienso hacerlo.

Daniel se acercó y me tomó las manos.

—Valeria, no voy a dejar que te metas en esto sin protección.

Por primera vez desde que había comenzado aquella pesadilla, escuché algo en su voz que me permitió respirar con un poco más de tranquilidad.

—Entonces iremos juntos —respondí—. Pero primero debemos averiguar qué significa Northstar.

Daniel llamó a su asistente personal, una mujer llamada Megan que llevaba siete años trabajando en la compañía y que había sido una de las pocas personas que me trataban con respeto cuando Eleanor intentaba humillarme.

Megan contestó al tercer tono.

—Señor Whitmore, ¿ocurrió algo?

—Necesito que revises los registros históricos de la empresa. Busca cualquier referencia a una operación llamada Northstar, especialmente entre los últimos seis meses de vida de mi padre y la fecha de su muerte.

Hubo una pausa.

—¿Northstar? —repitió Megan.

Daniel se quedó inmóvil.

—¿Has oído ese nombre?

—No estoy segura. Hace unos años encontré una carpeta con ese título en el sistema antiguo. Cuando intenté abrirla, el acceso estaba restringido.

—¿Quién restringió el acceso?

—La cuenta administrativa de la señora Whitmore.

Daniel apretó la mandíbula.

—Envíame todo lo que puedas recuperar. No informes a nadie de esta conversación.

—Entendido, señor.

Cuando colgó, Daniel parecía más cansado que nunca.

—Mi madre tenía acceso a los archivos de mi padre —dijo—. Eso no prueba que haya cometido un delito.

—No. Pero prueba que debemos dejar de aceptar sus explicaciones sin comprobarlas.

A las siete y media de la mañana siguiente, llegamos a las oficinas de Whitmore Holdings.

El edificio se alzaba en el centro de Dallas, con paredes de vidrio que reflejaban la luz del amanecer. Yo había visitado aquel lugar decenas de veces durante los primeros años de mi matrimonio. Sin embargo, aquella mañana sentí que estaba entrando en territorio enemigo.

El antiguo despacho de Richard se encontraba en el piso veintiséis, detrás de una puerta de madera oscura que llevaba años cerrada.

Megan nos esperaba junto a los ascensores.

—Conseguí recuperar parte de los archivos —dijo, entregándole una memoria USB a Daniel—. Pero hay algo que deben saber.

—¿Qué cosa? —pregunté.

Megan miró hacia ambos extremos del pasillo antes de hablar.

—Anoche, alguien entró al sistema y eliminó varias carpetas. Todas estaban relacionadas con la operación Northstar.

Daniel introdujo la llave en la cerradura.

—¿Puedes recuperar los archivos eliminados?

—Algunos. Pero los registros de acceso muestran que alguien utilizó las credenciales de la señora Whitmore.

Daniel cerró los ojos brevemente.

Luego abrió la puerta.

El despacho olía a madera antigua y papel guardado. Los muebles seguían exactamente como Richard los había dejado: el escritorio de nogal, dos sillones de cuero y una biblioteca repleta de libros sobre administración empresarial.

En la pared permanecía un retrato de Richard con Daniel cuando era adolescente.

Me acerqué al escritorio.

Había una pequeña caja metálica junto a una lámpara. La reconocí inmediatamente. Richard me había mostrado aquella caja años atrás y me había dicho que guardaba documentos demasiado importantes para depender de un archivo digital.

La abrí.

Dentro encontré una llave, una libreta negra y un sobre dirigido a Daniel.

Él lo tomó con manos temblorosas.

—¿Por qué papá me habría dejado esto sin decirme nada?

—Tal vez intentó protegerte —respondí.

Daniel abrió el sobre.

La carta contenía apenas unas líneas.

Hijo, si estás leyendo esto, significa que las personas a las que confié nuestra empresa han comenzado a luchar por ocultar la verdad. No entregues tu confianza a nadie solo por llevar nuestro apellido. Busca el archivo original de Northstar. Allí encontrarás la razón por la que nunca pude contarte todo.

Daniel leyó la última frase dos veces.

—¿Dónde está ese archivo?

Examinamos la caja y la libreta. En la última página había un número de casillero bancario y el nombre de una sucursal situada en Fort Worth.

Pero antes de que pudiéramos fotografiar la información, escuchamos pasos en el pasillo.

Megan se asomó por la puerta.

—Señor Whitmore, su madre acaba de llegar.

Daniel levantó la cabeza.

—¿Aquí?

—Viene acompañada de dos abogados y de un hombre que nunca había visto antes.

Un instante después, Eleanor apareció en la entrada.

Llevaba un traje negro impecable y sostenía una carpeta de cuero contra el pecho. A su lado caminaba un hombre alto, de cabello plateado, que observó la habitación con la tranquilidad de alguien que conocía cada rincón.

Eleanor miró la caja abierta.

Después miró la carta que Daniel sostenía.

—Llegaron demasiado pronto —dijo.

Daniel dio un paso hacia ella.

—¿Quién es Northstar, mamá?

El hombre que la acompañaba dejó de sonreír.

Eleanor apretó la carpeta.

—No sabes lo que estás preguntando.

—Entonces explícame por qué mi padre dejó instrucciones para encontrar ese archivo.

El desconocido avanzó un paso.

—Daniel, hay cosas de las que es mejor no hablar en una oficina.

Daniel lo miró fijamente.

—¿Y usted quién es?

El hombre no respondió de inmediato. Sacó una tarjeta de su bolsillo y la colocó sobre el escritorio.

Yo leí el nombre impreso.

*Thomas Reed.*

El mismo hombre de la fotografía.

El mismo hombre cuyo funeral Daniel recordaba.

Daniel retrocedió, incapaz de ocultar su desconcierto.

—Pero tú estás muerto.

Thomas inclinó ligeramente la cabeza.

—Eso fue lo que tu madre necesitaba que todos creyeran.

Eleanor cerró la puerta del despacho.

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Y, mientras Daniel intentaba comprender cómo un hombre oficialmente muerto podía estar frente a él, Thomas abrió su carpeta y pronunció unas palabras que hicieron que mi sangre se helara.

—Si quieren saber quién ordenó realmente el accidente de Richard Whitmore, tendrán que escuchar mi versión antes de que su madre consiga silenciarnos a todos.

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