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Chapter 4: La llamada que destruyó su victoria

El silencio que siguió a la llamada telefónica fue tan profundo que pude escuchar el zumbido del aire acondicionado.

Daniel seguía sosteniendo el teléfono junto a su oído. Tenía la mirada fija en Eleanor, pero ya no la observaba como un hijo que busca aprobación. La miraba como un hombre que acaba de descubrir que la persona en quien más confiaba podría haberlo utilizado durante toda su vida.

—Repita eso, por favor —dijo Daniel, con la voz ronca—. ¿Está diciendo que la transferencia de acciones no tiene validez?

Desde el otro lado de la línea, el abogado continuó hablando.

Eleanor se levantó de golpe.

—Daniel, cuelga. No sé quién te está llamando, pero no vamos a permitir que un desconocido interfiera en un asunto familiar.

Daniel levantó una mano para detenerla.

—Estoy hablando con el abogado principal de la compañía, mamá.

La sonrisa de Eleanor desapareció.

—¿Con el señor Bennett?

Daniel asintió lentamente.

—Sí. Y acaba de decirme que los documentos que me hiciste firmar contienen declaraciones falsas sobre la propiedad de las acciones.

Eleanor palideció.

Yo sentí que las piernas me temblaban, pero permanecí sentada. Había imaginado muchas veces aquel instante. Sin embargo, escuchar la verdad en voz alta era diferente. Durante meses había vivido bajo la amenaza de perder mi hogar, mis ahorros y hasta la reputación que había construido antes de casarme con Daniel.

Ahora, por primera vez, Eleanor parecía no saber qué decir.

—Eso es imposible —murmuró—. Tu padre dejó todo perfectamente organizado.

Daniel apartó el teléfono de su oído.

—¿Qué tiene que ver papá con esto?

Su madre apretó los labios.

—No empieces con preguntas absurdas.

—¡Contéstame!

El grito de Daniel hizo vibrar el vaso de whisky cuando su mano golpeó accidentalmente la mesa.

Nunca lo había escuchado hablarle así a Eleanor.

El abogado seguía en la línea, esperando.

Daniel respiró profundamente y volvió a acercarse el teléfono.

—Señor Bennett, explíqueme exactamente qué está pasando.

La respuesta llegó en cuestión de segundos.

—Daniel, la escritura original establece que las acciones de control de Whitmore Holdings están sujetas a un fideicomiso irrevocable. Su madre no puede transferirlas ni utilizarlas como garantía sin cumplir determinadas condiciones. El documento que usted acaba de firmar intenta modificar esos derechos, pero no contiene las autorizaciones necesarias.

Daniel cerró los ojos.

—¿Y qué significa eso para mi esposa?

El abogado hizo una pausa.

—Significa que alguien intentó hacerle renunciar a derechos que podrían corresponderle por una disposición testamentaria independiente. Necesito que venga a mi oficina mañana temprano. También debo advertirle que encontramos movimientos financieros que requieren una revisión inmediata.

Eleanor se aferró al respaldo de su silla.

—¡Eso es una mentira! —exclamó—. Bennett está confundido. Lleva demasiado tiempo trabajando para esta familia.

Daniel la miró con incredulidad.

—¿Por qué diría algo así si no fuera cierto?

—Porque Valeria lo ha manipulado.

La acusación me golpeó como una bofetada.

Me levanté despacio.

—No, Eleanor. Yo no he manipulado a nadie.

Ella giró hacia mí con los ojos encendidos.

—¡Cállate! ¡Tú no tienes idea de lo que está en juego!

—Entonces explícanoslo —respondí—. Explícale a tu hijo por qué necesitabas que firmara un documento sin permitirle leerlo con calma.

Daniel volvió a mirar los papeles.

—¿Qué clase de movimientos financieros encontró el abogado?

Su madre no respondió.

Aquella ausencia de respuesta fue más reveladora que cualquier confesión.

Daniel terminó la llamada después de pedir que el señor Bennett le enviara copias de todos los documentos relevantes. Luego dejó el teléfono sobre la mesa, con cuidado, como si temiera que cualquier movimiento brusco terminara de derrumbar el mundo que conocía.

—Mamá —dijo—, quiero una explicación.

Eleanor se sentó.

Por primera vez aquella noche, parecía una mujer de sesenta y tantos años, no la matriarca invencible que controlaba cada habitación con una sola mirada.

—Tu padre cometió errores —respondió finalmente—. Cuando murió, me dejó la responsabilidad de proteger todo lo que había construido.

—¿Qué errores?

—Deudas. Inversiones equivocadas. Acuerdos que nadie debía conocer.

Daniel frunció el ceño.

—Papá murió hace cuatro años. ¿Todavía estás pagando sus deudas?

Eleanor miró hacia la ventana.

—No tienes por qué preocuparte por eso.

—¡Soy el director de la compañía! ¡Claro que tengo que preocuparme!

Ella se levantó y caminó hasta la chimenea. Sobre la repisa había una fotografía de Richard Whitmore, el padre de Daniel, con su habitual expresión seria.

—Tu padre confiaba en mí —dijo Eleanor—. Me pidió que mantuviera unida a esta familia. Hice todo lo necesario para cumplir esa promesa.

—¿Incluso utilizarme?

—¡Todo lo hice por ti!

Daniel soltó una risa amarga.

—Entonces, ¿por qué me hiciste firmar algo que supuestamente no sirve para nada?

Eleanor volvió la cabeza hacia mí.

Y comprendí que había llegado el momento de revelar la parte que más temía.

—Porque ella está detrás de todo —dijo mi suegra—. Desde que llegó a esta casa, no ha hecho otra cosa que intentar quedarse con nuestro dinero.

Daniel se volvió hacia mí.

No había odio en sus ojos, pero sí una pregunta que me dolió más que cualquier insulto.

—Valeria, ¿qué está pasando realmente?

Tragué saliva.

—Te lo explicaré todo. Pero antes necesito que me prometas algo.

—¿Qué cosa?

Miré a Eleanor.

—Que escucharás hasta el final, incluso cuando descubras quién te ha estado mintiendo.

Mi suegra se quedó inmóvil.

Entonces Daniel recibió un mensaje en su teléfono.

Era un correo del señor Bennett. Incluía una copia de la escritura original del fideicomiso y una nota urgente.

Daniel abrió el archivo.

Leyó la primera página.

Después la segunda.

Y cuando llegó al apartado que especificaba quién tenía los derechos de beneficiaria sobre una parte de las acciones, levantó lentamente la cabeza.

—Valeria... —susurró—. ¿Por qué aparece tu nombre en el testamento de mi padre?

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Eleanor cerró los ojos.

Y supe que la primera batalla apenas había comenzado.

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