Chapter 7: El hombre que conocía la última noche de mi madre
—No vayas con tu padre.
Las palabras de Daniel seguían resonando en mi oído cuando aparté el teléfono de mi cara.
Papá estaba frente a mí, observándome. Mi abuela tenía una mano apoyada sobre la mesa, mientras Vanessa parecía haber olvidado cómo respirar.
—¿Quién era? —preguntó Richard.
Tragué saliva.
—Daniel Reyes.
Vanessa cerró los ojos.
—¿Qué te dijo? —preguntó ella.
—Que tiene documentos sobre el accidente de mi madre. Quiere verme en la casa de Cedar Grove y me pidió que no viniera con papá.
Mi padre se quedó completamente inmóvil.
—Dame el teléfono.
—Papá...
—Emily, por favor. Necesito escuchar lo que tiene que decir.
Le entregué el aparato, pero la llamada ya había terminado.
Papá intentó devolverla. El número estaba fuera de servicio.
—¿Te dijo por qué no debía acompañarte? —preguntó.
—No.
—¿Te explicó qué documentos tiene?
—Solo dijo que prueban que el accidente de mamá no fue lo que nos contaron.
Mi padre apartó la mirada.
Fue un movimiento pequeño, pero me bastó para notar algo que nunca había visto en él durante los últimos días.
Miedo.
—Papá, ¿qué pasó realmente aquella noche?
Richard se sentó lentamente.
—Tu madre salió de casa después de cenar. Estaba lloviendo mucho. Me llamó alrededor de las nueve y media y me dijo que necesitaba hablar conmigo cuando regresara.
—¿De qué quería hablar?
—No lo sé. Parecía preocupada.
—¿Y después?
—La policía me llamó poco antes de las once. Me dijeron que había sufrido un accidente en una carretera secundaria.
—¿Daniel estaba allí?
Mi padre me miró.
—No que yo supiera.
Vanessa se llevó una mano a la boca.
—Daniel no debió llamarte.
Me volví hacia ella.
—¿Por qué? ¿Qué sabe?
—No lo sé todo.
—¡Deja de decir eso! —grité—. Cada vez que alguien habla, aparece otro secreto.
Mi madre murió, alguien está robando mi herencia y ahora resulta que hay documentos sobre un accidente que nunca me explicaron. ¡Necesito la verdad!
Mi abuela me rodeó los hombros con un brazo.
—Respira, mija.
Lo intenté, pero no podía dejar de temblar.
Papá se levantó.
—No vas a ir sola a ninguna parte. Voy a contactar al abogado y a la policía para que nos ayuden a verificar lo que dice Daniel.
—Si lo hacemos, quizá desaparezca.
—Y si vas sin saber quién es, podrías ponerte en peligro.
—Entonces iré acompañada de alguien que no seas tú.
La expresión de papá cambió.
—¿Por qué no confías en mí?
La pregunta me golpeó más fuerte de lo que esperaba.
—Porque Daniel te señaló específicamente. No sé si tiene razón, pero tampoco sé por qué lo haría si no tuviera miedo de algo.
Richard abrió la boca, pero no respondió.
Al final, fue mi abuela quien rompió el silencio.
—Emily tiene derecho a hacer preguntas. Richard, si quieres recuperar su confianza, tendrás que permitir que las respuestas lleguen, aunque algunas te duelan.
Papá se pasó ambas manos por el rostro.
—No quiero perderla.
—Entonces no le pidas que cierre los ojos —respondió mi abuela.
Aquella noche, el señor Bennett organizó una reunión con un investigador privado que colaboraba con su despacho en casos de fraude documental. Acordamos no acudir a Cedar Grove sin antes verificar la identidad de Daniel y registrar las amenazas recibidas.
Sin embargo, a las diez y diecisiete de la noche, llegó un mensaje de un número diferente.
La casa tiene una puerta trasera. Busca el cobertizo junto al árbol de jacaranda. Tu madre dejó allí algo que nunca debió salir de sus manos.
Debajo aparecía una fotografía antigua.
Mi madre estaba frente a una casa blanca, sosteniendo una carpeta azul. A su lado había un hombre joven cuyo rostro había sido parcialmente cubierto con tinta negra.
En la parte posterior de la fotografía, escrita con la letra de mi madre, había una fecha.
*Tres días antes del accidente.*
Le mostré la imagen a mi abuela.
Ella comenzó a llorar.
—Recuerdo ese día —susurró—. Tu madre vino a verme después de tomar esta fotografía. Me dijo que, si algo le ocurría, debía asegurarme de que tú conservaras una copia de sus documentos.
—¿Qué documentos?
Mi abuela miró hacia papá.
—No me los mostró todos. Solo me dijo que alguien había intentado cambiar los beneficiarios de una cuenta y que tenía miedo de que utilizaran a Emily para conseguir dinero.
Mi padre se levantó tan bruscamente que la silla cayó hacia atrás.
—¿Por qué nunca me dijiste nada?
—Porque tu esposa me pidió que esperara hasta que estuviera segura de lo que había ocurrido.
—¡Yo era su esposo!
—Y ella tenía miedo de alguien —respondió mi abuela—. No sé si eras tú, Richard. Nunca me lo dijo.
El silencio fue devastador.
Papá recogió la silla y salió al patio.
Yo me quedé mirando la fotografía.
Por primera vez, entendí que mi madre no había dejado simplemente una herencia. Había dejado un camino de pistas para que algún día pudiera descubrir quién había intentado arrebatármela.
A la mañana siguiente, el investigador confirmó que Daniel Reyes existía y que su nombre aparecía en registros vinculados a la propiedad de Cedar Grove. También encontró que había solicitado una copia de un informe policial relacionado con el accidente de mi madre seis meses antes.
El señor Bennett insistió en que cualquier encuentro debía hacerse con precauciones.
Finalmente, Daniel aceptó reunirse conmigo en un pequeño café público, acompañado por el investigador. Mi padre no asistiría, pero estaría informado de nuestra ubicación.
Cuando llegué, Daniel ya estaba sentado al fondo.
Parecía tener unos treinta y tantos años. Llevaba una gorra oscura, una chamarra desgastada y una expresión de agotamiento que no podía ocultar.
Se levantó cuando me vio.
—Emily.
—Dijiste que tenías pruebas.
Miró al investigador y después a mí.
—Tengo algo mejor que una prueba aislada. Tengo una copia de lo que tu madre descubrió antes de morir.
Sacó un sobre de su mochila.
Dentro había fotografías, correos impresos y una copia del informe de mantenimiento de un automóvil.
—¿Qué es esto? —pregunté.
—El registro de reparaciones del vehículo que tu madre conducía la noche del accidente.
Revisé la primera página.
Tres días antes de su muerte, el automóvil había sido inspeccionado en un taller. El informe señalaba que los frenos estaban en buen estado.
Pero en una segunda hoja aparecía una orden de reparación emitida apenas unas horas antes del accidente.
El sistema de frenos había sido intervenido.
—¿Quién solicitó esa reparación? —pregunté.
Daniel señaló una línea.
El nombre estaba escrito a mano.
*Monica Reyes.*
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—Monica no es tu hermana —dije.
Daniel negó con la cabeza.
—No. Pero trabajó con mi familia durante años. Antes de casarse con tu padre, utilizaba nuestro apellido en algunos negocios.
—¿Por qué habría llevado el automóvil de mi madre a un taller?
Daniel bajó la voz.
—Porque tu madre había descubierto que alguien estaba utilizando documentos falsos para mover dinero de la familia. Esa misma semana, amenazó con denunciarlo.
—¿Quién?
Daniel deslizó una última fotografía sobre la mesa.
En ella aparecían mi madre y mi padre frente a una oficina. Entre ambos estaba el abogado que había preparado el fideicomiso.
En el reverso, mi madre había escrito cuatro palabras.
Richard también lo sabe.
Levanté la vista.
—¿Qué significa esto?
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Daniel me miró con los ojos enrojecidos.
—Significa que quizá tu padre no te ha contado todo sobre la noche en que murió tu madre.