Chapter 3: La deuda que llevaba mi nombre
Monica observó el nombre de Vanessa en la pantalla de su teléfono.
Durante un instante, pareció debatirse entre contestar y fingir que no había visto la llamada.
Papá no le dio tiempo de decidir.
—Pon el teléfono sobre la mesa.
—Richard, no empieces otra vez.
—Ponlo sobre la mesa.
El teléfono siguió vibrando entre sus dedos.
Finalmente, Monica rechazó la llamada.
—No sé qué historia te está contando Emily, pero esto es absurdo —dijo—. Yo jamás pediría un préstamo a nombre de tu hija.
—Entonces explícame por qué existe un contrato con sus datos personales.
—Cualquiera puede falsificar un documento.
—Eso es precisamente lo que vamos a investigar.
Papá colocó la copia del contrato frente a ella.
Monica no lo tocó.
Yo permanecía junto a la ventana, con mi mochila todavía colgada de un hombro. La universidad comenzaría en menos de una hora, pero ya no podía pensar en mis clases.
Cuarenta y dos mil dólares.
Una deuda que podía perseguirme durante años.
Un automóvil vendido sin mi consentimiento.
Y quince mil dólares que supuestamente habían sido enviados a mi abuela.
Todo parecía conectado, pero todavía no entendía cómo.
—Quiero llamar a la policía —dije.
Monica soltó una risa amarga.
—Por supuesto. Eso es lo que quieres. Que arresten a tu propia madrastra para que puedas quedarte con toda la atención de tu padre.
—No necesito atención. Necesito que dejes de utilizar mi nombre.
—¡Yo nunca utilicé tu nombre!
—Entonces, ¿por qué aparece en ese contrato?
—¡Ya te dije que no lo sé!
Papá levantó una mano.
—Basta. Nadie va a resolver esto a gritos.
Sacó una tarjeta de su cartera y marcó el número de su abogado. Le explicó que habían encontrado una posible deuda fraudulenta a nombre de Emily y preguntó qué debían hacer.
El abogado recomendó preservar los documentos, contactar a la entidad financiera y presentar una denuncia formal. También aconsejó revisar los informes de crédito de Emily y bloquear cualquier solicitud nueva que utilizara su información personal.
Papá tomó nota de todo.
Monica se quedó de pie junto a la mesa, apretando su bolso contra el cuerpo.
—Richard, quiero que recuerdes algo —dijo finalmente—. Yo he estado a tu lado durante tres años. He cuidado esta casa. He apoyado a tu hija incluso cuando ella me trata como si fuera una intrusa.
Papá la miró sin pestañear.
—Emily no tiene que quererte para que respetes sus derechos.
La frase cayó entre nosotros como una puerta cerrándose.
Monica se puso roja.
—¿Así que ahora todo es culpa mía?
—No he dicho eso. He dicho que necesito respuestas.
—¡Pues pregúntale a tu hija qué ha estado haciendo con sus documentos!
Me giré hacia ella.
—¿Qué se supone que significa eso?
Monica dudó.
Fue apenas un segundo, pero papá lo notó.
—Termina la frase —ordenó.
Ella levantó la barbilla.
—Emily dejó sus documentos sobre la mesa de la cocina hace meses. Yo no tengo la culpa de que cualquiera pudiera verlos.
—¿Quién es cualquiera? —pregunté.
—No lo sé. Tu padre, las visitas, los repartidores. No voy a hacer una lista de cada persona que entra a esta casa.
Papá recogió la carpeta roja.
—Los documentos originales estaban guardados en la caja de seguridad de mi despacho. Nadie tenía autorización para retirarlos.
Monica se quedó inmóvil.
Yo miré a mi padre.
—¿Mi identificación estaba allí?
—Una copia, sí.
—¿Y quién tiene acceso a tu despacho?
Él no respondió inmediatamente.
Su silencio fue suficiente para que yo comprendiera que las posibilidades eran muy pocas.
Papá utilizó una llave para abrir el cajón inferior de su escritorio. Sacó una pequeña caja metálica donde guardaba documentos familiares, contratos de propiedad y copias de identificaciones.
La caja estaba cerrada, pero el sobre que contenía mis documentos había desaparecido.
—Esto estaba aquí hace dos semanas —dijo.
Monica se llevó una mano al cuello.
—¿Me estás acusando de entrar a tu despacho?
—Te estoy preguntando si sabes dónde está el sobre.
—No.
Papá revisó la caja una vez más.
Después llamó a su abogado y le pidió que añadiera el documento faltante a la lista de pruebas.
Mientras él hablaba, recibí una llamada de mi abuela.
Contesté de inmediato.
—¿Abuela?
—Mija, ¿estás bien? —preguntó ella—. Tu padre acaba de llamarme y me dijo que alguien está utilizando documentos con tu nombre.
Me senté en el borde del sofá.
—Abuela, necesito preguntarte algo. ¿Recibiste quince mil dólares hace cuatro meses?
Hubo un silencio.
No fue largo, pero sí suficiente para que el miedo me recorriera la espalda.
—¿Quién te habló de ese dinero? —preguntó finalmente.
—Encontramos una transferencia a una empresa relacionada con Vanessa, una amiga de Monica.
Mi abuela respiró con dificultad.
—Emily, yo nunca recibí ese dinero.
Cerré los ojos.
—¿Monica te pidió tus datos bancarios?
—Hace meses me llamó diciendo que tu padre quería ayudarme con unos gastos médicos. Me pidió que le enviara una copia de mi identificación y el número de mi cuenta para verificar que la transferencia llegara correctamente.
—¿Se los enviaste?
—Sí, cariño. Pensé que era verdad. Pero después me llamó diciendo que había ocurrido un problema y que el banco había devuelto el dinero.
Sentí que se me revolvía el estómago.
—¿Guardaste los mensajes?
—Sí. Todavía los tengo.
Le pedí que no borrara nada y que esperara a que papá y el abogado la contactaran. Mi abuela aceptó, aunque su voz temblaba.
Antes de colgar, dijo algo que me dejó sin aliento.
—Emily, hay otra cosa que no te he contado. Vanessa vino a verme hace tres semanas.
Me incorporé.
—¿A tu casa?
—Sí. Dijo que necesitaba que firmara unos papeles relacionados con una cuenta familiar. Me negué porque no entendía para qué servían. Entonces me preguntó si todavía conservaba los documentos de tu madre.
El ruido de la sala pareció desaparecer.
Mi madre había muerto cuando yo tenía quince años. Desde entonces, papá había administrado el dinero de su seguro y una pequeña herencia que ella había dejado para mis estudios.
Nunca habíamos tenido una conversación detallada sobre esos fondos. Yo sabía que existían, pero confiaba en que papá los mantenía seguros.
—¿Qué documentos quería Vanessa? —pregunté.
—Los que tu madre firmó antes de morir. Me dijo que podían ser necesarios para actualizar unos registros.
Miré a papá.
Él había escuchado cada palabra.
Su rostro perdió el color.
—Abuela, no le entregaste nada, ¿verdad?
—No. Le dije que esos documentos estaban guardados con tu padre. Vanessa se molestó y se fue.
Le agradecí que me lo contara y terminé la llamada.
Papá permaneció inmóvil, con el teléfono en la mano.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Él se sentó lentamente.
—El seguro de vida de tu madre tenía una cláusula especial. Una parte del dinero estaba destinada a tus estudios y a tu manutención hasta que cumplieras veinticinco años.
—Lo sé.
—La cuenta estaba protegida por un fideicomiso. Yo era el administrador, pero no podía retirar fondos para gastos personales sin justificar su uso.
—¿Y cuánto dinero había?
Papá miró la carpeta.
—Cuando tu madre murió, había aproximadamente ciento ochenta mil dólares destinados a ti.
Sentí que el corazón me daba un vuelco.
—¿Ciento ochenta mil?
—Parte se utilizó para tus gastos educativos y de manutención, como estaba previsto. Pero hace unos meses descubrí movimientos que no pude explicar. Monica me dijo que eran ajustes contables y que el banco los corregiría.
Me quedé mirándolo.
—¿Cuánto dinero falta?
Papá no contestó.
Abrió su computadora portátil, inició sesión en el portal del fideicomiso y descargó el estado de cuenta más reciente.
Revisó varias líneas en silencio.
Después volvió a revisarlas.
Finalmente, giró la pantalla hacia mí.
Había tres transferencias realizadas durante los últimos cuatro meses.
Una por quince mil dólares.
Otra por cuarenta y dos mil.
Y una tercera por sesenta y ocho mil quinientos.
Las dos primeras parecían estar relacionadas con los documentos fraudulentos que habíamos encontrado.
La tercera llevaba una descripción que no reconocí.
*ANTICIPO — PROPIEDAD RESIDENCIAL.*
—¿Qué propiedad? —pregunté.
Papá abrió el detalle de la transferencia.
La dirección correspondía a una casa en un vecindario exclusivo, a veinte minutos de la nuestra.
El beneficiario era una sociedad inmobiliaria registrada a nombre de Vanessa Cole.
—¿Monica compró una casa? —susurré.
Papá negó lentamente con la cabeza.
—No lo sé.
Entonces vio el documento adjunto a la transferencia.
Era un contrato preliminar de compraventa.
En la sección del comprador aparecía el nombre de Monica Reyes.
Y en la sección de los garantes financieros aparecía el mío.
Mi firma estaba al final de la página.
Una vez más, alguien la había reproducido sin mi autorización.
Papá cerró la computadora.
—Voy a solicitar una auditoría completa del fideicomiso y a presentar la denuncia hoy mismo.
Monica, que había permanecido en silencio junto a las escaleras, dio un paso hacia nosotros.
—Richard, puedo explicarlo.
Él levantó la cabeza.
—Entonces explica por qué utilizaste el dinero de la herencia de mi hija.
Monica miró el contrato.
Por primera vez, vi que sus ojos se llenaban de lágrimas.
Pero no parecía arrepentida.
Parecía aterrorizada.
—Yo no fui quien inició las transferencias —susurró.
Papá se puso de pie.
—¿Qué acabas de decir?
Monica apretó el bolso contra su pecho.
—Vanessa me aseguró que todo estaba autorizado. Dijo que los documentos ya estaban preparados y que Emily no tendría que pagar nada.
—¿Y le creíste?
—¡No sabía que era un fraude!
—¿Vendiste el carro de Emily sin saberlo?
Monica comenzó a llorar.
—¡Necesitaba dinero para proteger a Kayla!
—¿Protegerla de quién?
Ella abrió la boca, pero la respuesta no llegó.
Su teléfono volvió a sonar.
Esta vez, Monica no rechazó la llamada.
Contestó con manos temblorosas y activó el altavoz por accidente.
Una voz femenina llenó la sala.
—Monica, tenemos un problema. Richard ya descubrió las transferencias y la niña encontró el contrato. Necesitas sacar los documentos de la casa antes de que llegue la policía.
Papá se acercó al teléfono.
—Vanessa, soy Richard. ¿Qué documentos estás intentando recuperar?
Hubo un silencio absoluto al otro lado de la línea.
Después, Vanessa habló en voz baja.
—Monica, ¿por qué está él ahí?
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Y antes de que Monica pudiera responder, Vanessa pronunció una última frase.
—Si Richard encuentra el testamento de Elena, todos vamos a terminar en la cárcel.
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