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Chapter 4: El hombre detrás de la llamada

—¿Qué significa que la compra fue solamente la primera parte del plan? —preguntó mi papá, apretando el teléfono contra su oído.

Al otro lado de la línea, el hombre respiró profundamente.

—Significa que usted debería revisar sus cuentas antes de acusar a nadie más.

—Dime tu nombre.

—Mi nombre no importa. Lo que importa es que su esposa lleva meses preparando algo que usted nunca habría permitido.

Monica se levantó tan rápido que su silla golpeó la pared.

—¡Cuelga, Daniel! ¡No sabes quién es ese hombre!

Mi papá la miró sin apartar el teléfono de su oído.

—Curiosamente, parece que tú sí lo sabes.

—¡Está mintiendo!

La voz volvió a escucharse.

—Señor Rodríguez, revise las transferencias del 14 de abril. No solamente el perfil de compras. Busque una transferencia de doce mil dólares a una empresa llamada Westbridge Consulting.

Daniel dejó de respirar durante un instante.

Yo conocía aquella expresión. Era la misma que había tenido cuando el médico llamó para decirnos que mi abuelo había sufrido un infarto. Mi papá no era un hombre que se asustara fácilmente.

Pero ahora parecía estar viendo cómo se derrumbaba algo en lo que había confiado durante años.

—Nunca he oído hablar de esa empresa —dijo.

—Eso es precisamente lo que debería preocuparle.

La llamada terminó.

Durante varios segundos, nadie habló.

Después, mi papá abrió su computadora y entró a la cuenta bancaria. Buscó la fecha indicada y encontró una transferencia de doce mil dólares.

El destinatario era exactamente el que había mencionado el desconocido.

Westbridge Consulting.

—Monica —dijo lentamente—, ¿qué es esto?

Ella se pasó ambas manos por el cabello.

—No sé.

—¿Quieres que crea que alguien abrió un perfil a mi nombre, falsificó mi firma, vendió el carro de Emma, gastó casi cien mil dólares y además transfirió doce mil dólares a una empresa que nunca he escuchado mencionar, todo sin que tú sepas nada?

—¡No fue así!

Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera detenerlas.

Mi papá levantó la mirada.

—Entonces dime cómo fue.

Monica abrió los labios, pero no respondió.

Yo me acerqué a la computadora.

—Papá, ¿puedes revisar la cuenta que recibió el dinero de mi carro?

Él asintió.

La transferencia de cuatro mil doscientos dólares había sido realizada el mismo día de la venta. El destinatario no era una cuenta familiar, como Monica había asegurado.

Era una cuenta personal a nombre de Kayla.

Sentí una punzada en el pecho.

—¿Por qué necesitabas mi dinero? —pregunté.

Monica se volvió hacia mí.

—No necesitaba tu dinero.

—Entonces, ¿por qué lo enviaste a su cuenta?

—Porque Kayla tenía una deuda.

La confesión me dejó sin palabras.

—¿Qué deuda? —preguntó mi papá.

Monica se mordió el labio.

—Una deuda que podía arruinarle la vida.

—¿Y tu solución fue robarle el carro a mi hija?

—¡No lo robé! ¡Lo vendí!

—Sin permiso. Eso es exactamente lo que hiciste.

Por primera vez, Monica pareció comprender que no iba a poder controlar aquella conversación con lágrimas o gritos.

Se sentó lentamente y comenzó a retorcerse las manos.

—Kayla cometió un error —murmuró—. Un error enorme. Había personas que la estaban presionando para que pagara.

—¿Qué personas? —pregunté.

Monica negó con la cabeza.

—No puedo decírtelo.

—¿No puedes o no quieres? —repitió mi papá.

Ella lo miró con los ojos llenos de lágrimas.

—Si te lo digo, todo se va a acabar.

—Ya se acabó, Monica. Lo que todavía no sé es cuánto daño has hecho.

En ese momento, escuchamos pasos en las escaleras.

Kayla apareció con el rostro pálido y el teléfono en la mano.

—Mamá, ¿qué está pasando?

Mi papá giró la computadora hacia ella.

—Tu cuenta recibió el dinero de la venta del carro de Emma. También se creó un perfil de compras usando tu dispositivo. Quiero saber por qué.

Kayla miró la pantalla.

Después miró a su madre.

Fue apenas un segundo, pero lo vi.

La mirada de dos personas que acababan de descubrir que ya no podían mantener la misma mentira.

—Yo no sabía que iban a vender el carro de Emma —dijo Kayla.

—Pero recibiste el dinero.

—Mamá me dijo que era un regalo.

—¿Un regalo de quién? —pregunté, con la voz quebrada.

Kayla apretó los labios.

—Dijo que tú ya no lo necesitabas y que papá había aprobado todo.

Daniel cerró la computadora.

—¿Y los doce mil dólares?

Kayla comenzó a llorar.

—Yo no sé nada de eso.

Monica se levantó y la abrazó.

—No tienes que responderle a nadie, cariño.

Mi papá dio un paso hacia ellas.

—Sí tiene que responder. Porque alguien acaba de llamarme desde su teléfono y aseguró que mi esposa no cumplió su parte de un trato.

Kayla dejó de llorar.

La mano de Monica se quedó suspendida sobre su hombro.

—¿Qué hombre? —preguntó Kayla.

—Uno que parece saber más de esta familia que yo.

Kayla retrocedió.

—Mamá, dijiste que él no volvería a llamarnos.

La frase cayó sobre nosotros como un vaso rompiéndose contra el suelo.

Monica cerró los ojos.

Mi papá no se movió.

Yo miré a Kayla.

—¿Quién no volvería a llamarlas?

Ella se tapó la boca con ambas manos.

—No debí decir eso.

—Kayla, mírame —le ordené—. ¿Quién es ese hombre?

Antes de que respondiera, sonó el timbre de la puerta.

Daniel fue a abrir.

En el porche había un hombre de unos cuarenta años, vestido con una camisa blanca arrugada y una chaqueta gris. Sostenía una carpeta marrón bajo el brazo.

Miró a mi papá y después a mí.

—Señor Rodríguez, necesito hablar con usted. Y creo que su hija también debería escuchar lo que tengo que decir.

Daniel no se apartó de la entrada.

—¿Quién es usted?

El hombre dejó la carpeta sobre una mesa del porche.

—Me llamo Victor Salazar. Trabajo recuperando activos para personas que han sido víctimas de fraude financiero.

Monica apareció detrás de nosotros.

Al ver al hombre, soltó un grito ahogado.

—¡Tú!

Victor no pareció sorprendido.

—Buenas tardes, Monica.

—¡Te dije que no vinieras a mi casa!

—Y yo te dije que tenías hasta el viernes para devolver el dinero.

Mi papá miró la carpeta.

—¿Qué dinero?

Victor la abrió y sacó varias fotografías, documentos bancarios y una copia de un contrato.

En la primera fotografía aparecía Monica entrando a un edificio de oficinas.

En la segunda, salía acompañada de un hombre que yo nunca había visto.

Y en la tercera, aquel hombre le entregaba un sobre grueso.

Victor colocó la última fotografía frente a mi papá.

—Si quiere saber quién falsificó su firma, no empiece por su esposa.

Hizo una pausa y señaló al hombre de la fotografía.

—Empiece por el abogado que preparó los documentos.

Mi papá miró la imagen.

Entonces reconoció a alguien.

Alguien a quien yo también conocía.

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Era el hermano de mi mamá.

Mi tío Rafael.

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