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Chapter 2: La firma imposible

Mi papá no guardó el teléfono.

Tampoco obedeció a Monica.

Simplemente la miró durante varios segundos, como si acabara de descubrir que la mujer con la que había compartido su vida durante nueve años era una desconocida.

—¿Por qué no debería abrirlo? —preguntó.

Monica intentó sonreír, pero sus labios apenas se movieron.

—Porque esos mensajes anónimos pueden ser cualquier cosa. Alguien quiere meterte ideas en la cabeza.

—¿Y cómo sabes que es anónimo si todavía no te he dicho qué contiene?

Ella abrió la boca.

No salió ningún sonido.

Yo sentí un escalofrío que me recorrió los brazos.

Hasta ese momento, había pensado que Monica era egoísta, controladora y demasiado dispuesta a favorecer a Kayla. Sabía que nunca me había querido como a su propia hija.

Pero aquello era diferente.

Aquello parecía miedo.

Daniel caminó hacia la mesa del comedor y dejó su teléfono sobre la superficie de madera.

—Emma, siéntate.

Me senté frente a él.

Monica permaneció de pie.

—Tú también —le ordenó mi papá.

—No tienes derecho a hablarme como si fuera una criminal.

—Entonces deja de actuar como alguien que tiene algo que ocultar.

Ella se sentó lentamente.

Daniel abrió el mensaje.

El texto decía:

Si de verdad quieres saber quién autorizó la compra, pide el contrato de venta del sedán y el registro original del perfil de compras. No confíes en la firma que aparezca en esos documentos. Revisa la fecha de creación del perfil. Y pregúntale a Monica qué ocurrió el 14 de abril.

Debajo había una segunda línea.

Ella no estaba sola.

Mi papá leyó el mensaje dos veces.

—¿Qué pasó el 14 de abril? —preguntó.

Monica cruzó las piernas.

—No tengo idea.

—Piénsalo bien.

—Daniel, fue hace meses.

—Entonces no debería ser difícil recordarlo si no hiciste nada malo.

Ella se levantó de golpe.

—¡Esto es absurdo! ¡Estoy intentando mantener unida a esta familia y ustedes me están atacando!

Kayla apareció en la entrada del comedor.

—Mamá, ¿qué pasa?

—Tu padre está haciendo un escándalo por un carro.

—Por dos carros —corregí—. Vendiste el mío y compraste el suyo con dinero que ni siquiera era tuyo.

Kayla me lanzó una mirada furiosa.

—Tú siempre tienes que arruinar todo.

—Yo no fui quien robó una cuenta bancaria.

—¡Emma! —exclamó Monica.

Pero mi papá levantó una mano.

—Basta. Nadie va a cambiar de tema. Quiero los documentos de la venta.

Monica se quedó mirando la mesa.

—Están en mi correo.

—Ábrelos.

—No recuerdo la contraseña.

Daniel sacó su computadora portátil del maletín.

—Entonces recuperaremos el acceso.

—No puedes revisar mis cosas personales sin permiso.

—No necesito revisar tus cosas personales. Necesito saber quién vendió el vehículo de mi hija y cómo se utilizó mi cuenta.

Monica se volvió hacia Kayla.

—Ve a tu habitación.

—Pero, mamá...

—¡Ahora!

Kayla subió las escaleras, golpeando cada escalón con los talones.

Yo me quedé sentada mientras mi papá iniciaba el procedimiento para recuperar los documentos de la operación. El correo de confirmación tardó unos minutos en llegar.

Durante ese tiempo, Monica caminó de un lado a otro.

Se detuvo junto a la ventana.

Revisó su celular.

Lo volvió a guardar.

Cada movimiento parecía más desesperado que el anterior.

Finalmente, Daniel abrió el archivo adjunto.

En la primera página aparecía la información de mi sedán plateado: modelo, año, kilometraje y número de identificación del vehículo.

Debajo estaba el precio de venta.

*$4,200.*

Me llevé una mano a la boca.

—¡Ese carro valía por lo menos seis mil! —protesté—. ¡Y ni siquiera tenía problemas mecánicos!

—El comprador pagó lo que se acordó —respondió Monica con frialdad.

—¿Qué comprador?

Ella no contestó.

Daniel siguió leyendo.

—Aquí dice que el vendedor autorizado fue Emma Rodríguez.

Sentí que la sangre me subía a la cara.

—Yo nunca firmé eso.

—Hay una firma —dijo él.

Se inclinó hacia la pantalla.

La firma se parecía a la mía.

Mi nombre estaba escrito con una inclinación que reconocí inmediatamente. Incluso la última letra tenía el pequeño trazo que yo hacía cuando firmaba documentos.

Pero había algo extraño.

—Esa no es mi firma —dije—. Alguien la copió.

Monica soltó una risa nerviosa.

—Emma, firmaste tantos papeles cuando compraste el carro que probablemente ni te acuerdas.

—¡Yo compré ese carro directamente a un concesionario! ¡No firmé nada para venderlo!

Daniel amplió la imagen.

—¿Quién recibió los cuatro mil doscientos dólares?

Monica guardó silencio.

—¿Quién? —repitió él.

—Se utilizaron para la familia.

—El dinero era de Emma.

—¡Vivimos bajo el mismo techo! ¡Todo lo que hacemos beneficia a esta familia!

Mi papá cerró los ojos durante un instante.

Cuando volvió a abrirlos, su voz era tan tranquila que resultaba más aterradora que cualquier grito.

—Voy a preguntártelo una última vez. ¿Quién recibió el dinero?

Monica se humedeció los labios.

—El dinero se transfirió a una cuenta que yo administraba.

—¿A tu cuenta?

—Era una cuenta compartida para gastos familiares.

—Nunca hemos tenido una cuenta compartida para gastos familiares.

Monica no respondió.

Daniel abrió el siguiente archivo.

Era el comprobante de compra del SUV negro.

El precio aparecía claramente: $96,800.

Pero aquella no era la parte que nos dejó helados.

En la sección de autorización financiera figuraba el nombre de Daniel Rodríguez.

Y junto a él, una firma.

Mi papá acercó la cara a la pantalla.

Después se quedó completamente inmóvil.

—No puede ser —susurró.

Me incliné hacia él.

La firma se parecía a la suya.

No solo un poco.

Parecía una copia perfecta.

—Papá...

Él levantó una mano para pedirme silencio.

Miró la fecha del documento.

Luego miró a Monica.

—Yo no firmé esto.

Por primera vez, ella no intentó defenderse.

Su rostro había perdido todo el color.

Daniel giró la computadora hacia ella.

—Explícame cómo aparece mi firma en una compra que nunca autoricé.

Monica comenzó a llorar.

Pero no parecía arrepentida.

Parecía aterrorizada.

—Daniel, por favor. Hay cosas que no entiendes.

—Entonces ayúdame a entenderlas.

Ella negó con la cabeza.

—No puedo.

Mi papá se levantó tan bruscamente que la silla cayó hacia atrás.

—¿No puedes o no quieres?

Monica miró hacia las escaleras.

En ese preciso momento, escuchamos un ruido arriba.

La puerta de la habitación de Kayla se abrió.

Después se cerró.

Y unos segundos más tarde, mi papá recibió una nueva notificación.

Era un correo del banco con el historial de creación del perfil adicional.

Daniel abrió el archivo.

La fecha de registro era el 14 de abril.

La misma fecha del mensaje anónimo.

Pero lo más extraño era el nombre del dispositivo utilizado para crear el perfil.

*KAYLA-IPHONЕ.*

Mi papá levantó lentamente la cabeza.

Monica comenzó a negar con la cabeza antes de que él dijera una sola palabra.

—No —murmuró ella—. No, eso no significa lo que crees.

Daniel tomó su teléfono y marcó el número de Kayla.

La llamada sonó arriba.

Una vez.

Dos veces.

Tres veces.

Entonces escuchamos el teléfono de Kayla vibrar en su habitación.

Y alguien contestó desde el otro lado de la línea.

No era Kayla.

Era un hombre.

—Daniel —dijo una voz desconocida—. Si estás revisando esos documentos, significa que Monica no cumplió su parte del trato.

Mi papá se quedó helado.

—¿Quién habla?

El hombre soltó una risa breve.

—La persona que sabe por qué tu esposa necesitaba vender el carro de Emma y gastar tu dinero. Pero antes de que llames a la policía, hay algo que debes saber.

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Hizo una pausa.

—*La compra del SUV fue solamente la primera parte del plan.*

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