Chapter 8: El testimonio que nadie quiso escuchar
Daniel colocó la fotografía bajo una lámpara y examinó cuidadosamente el reverso.
—Necesitamos preservar el original —dijo—. La fecha y la escritura podrían ayudarnos a establecer cuándo se tomó. Pero la frase es ambigua. No vamos a asumir a quién se refiere Margaret.
Patricia asintió, aunque sus ojos seguían fijos en la imagen.
—Nunca entendí esas palabras. Margaret me pidió que no intentara investigar nada por mi cuenta.
—¿Le dijo si la persona fallecida era Robert? —preguntó Laura.
—No. Solo me dijo que, si alguien preguntaba por el acuerdo, debía entregar el sobre a Richard.
Miré a Patricia.
—¿Por qué esperó tantos años?
Ella bajó la cabeza.
—Porque tenía miedo. Al principio, Victor me amenazó. Después supe que Robert había muerto y pensé que todo había terminado. Me convencí de que guardar silencio era lo más seguro.
—Pero alguien volvió a buscarla —dijo Emma.
Patricia levantó los ojos.
—Hace tres semanas recibí una llamada de un hombre que dijo trabajar para una empresa inmobiliaria. Quería saber si yo conservaba documentos relacionados con Margaret. No le dije nada, pero esa llamada me hizo recordar la promesa que había hecho.
Daniel anotó cada detalle.
—¿Reconoció la voz?
—No. Pero mencionó el nombre de Sophia.
Ethan se puso de pie.
—¿Sophia la llamó?
—No directamente. El hombre dijo que trabajaba con ella y que necesitaba aclarar unas dudas sobre un expediente antiguo.
Ethan volvió a sentarse.
Yo observé a mi hijo. Cada nuevo descubrimiento parecía quitarle un pedazo de la vida que creía conocer.
—Patricia —pregunté—, ¿Margaret sabía que Victor estaba intentando modificar el acuerdo?
—Sí. Y creo que quería protegerlo. Pero también estaba preocupada por usted.
—¿Por mí?
—Me dijo que usted confiaba demasiado en su hermano. Que, si algún día descubría lo ocurrido, podría culparse por cosas que no estaban bajo su control.
Sentí un nudo en la garganta.
Margaret me conocía mejor que nadie. Sabía que yo pasaría años preguntándome qué podría haber hecho de otra manera.
Pero no podía permitir que el dolor se convirtiera en una razón para abandonar la búsqueda.
—¿Sabe dónde podría estar el registro original? —pregunté.
Patricia negó con la cabeza.
—No. Pero Margaret mencionó una oficina de archivos y un abogado que se llamaba Samuel Ortega.
Daniel buscó el nombre en sus registros.
—Podría tratarse del abogado que administraba los asuntos de su padre. Necesito verificarlo.
Mientras Daniel realizaba las llamadas, Ethan recibió una notificación en su teléfono.
Miró la pantalla y se puso rígido.
—Es Sophia.
—¿Qué dice? —pregunté.
Me mostró el mensaje.
«Sé que estás con tu padre y Laura. No sabes toda la historia. Si quieres evitar que esto destruya nuestras vidas, tienes que escucharme antes de que sea demasiado tarde».
Emma soltó una exclamación de indignación.
—Después de todas las amenazas, todavía pretende controlar lo que hacemos.
Ethan guardó silencio.
—¿Quieres hablar con ella? —le pregunté.
—No a solas. Y no para escuchar otra mentira.
Daniel intervino.
—Si hay información relevante, podemos organizar una comunicación apropiada. Pero no le prometas nada ni aceptes documentos sin revisarlos.
Ethan escribió una respuesta breve: que cualquier información relacionada con la propiedad debía enviarse por escrito a Daniel.
Sophia respondió casi inmediatamente.
«Entonces dile a tu abogado que investigue a su propio cliente. Tu padre sabe más de lo que está admitiendo».
La frase me enfureció.
—¿Qué se supone que significa eso?
Daniel levantó una mano.
—No lo sabemos. Podría ser una provocación, una acusación o una referencia a algo que todavía no hemos descubierto. Vamos a verificar los hechos.
Una hora después, su oficina encontró un registro histórico que mencionaba a Samuel Ortega.
Había trabajado con mi padre y mi tío en una operación inmobiliaria durante los años en que se compró la casa de Maple Street. Su despacho había cerrado hacía mucho tiempo, pero algunos de sus archivos se habían trasladado a una empresa de almacenamiento documental.
Daniel solicitó acceso a los registros pertinentes.
Mientras esperábamos, Laura me pidió hablar a solas.
Salimos al pequeño patio detrás del despacho.
—Richard, necesito confesarte algo —dijo.
Me volví hacia ella.
—Te escucho.
—Cuando Sophia vino a verme, no solo me pidió que firmara una renuncia. También me ofreció dinero.
—¿Cuánto?
Laura me dijo una cantidad que me dejó sin palabras.
No era una fortuna para alguien que quisiera comprar una propiedad como la mía, pero sí suficiente para que una persona con dificultades económicas sintiera la tentación de aceptar.
—¿Y por qué no lo mencionaste antes?
—Porque me avergonzaba. Mi esposo había muerto y yo estaba atrasada con varios pagos. Durante unos minutos pensé que podía aceptar el dinero y olvidarme de toda esta historia.
La miré con tristeza.
—¿Firmaste algo?
—No. Me fui de su casa y no volví a verla.
Laura respiró profundamente.
—Pero hay algo peor. Sophia me dijo que no tenía que preocuparme por ti porque, tarde o temprano, Ethan obtendría la casa.
Cerré los ojos.
—¿Te explicó cómo?
—Dijo que solo necesitaban demostrar que ya no podías administrarla.
Regresamos al despacho y Daniel documentó la declaración de Laura.
Al caer la tarde llegó una respuesta de la empresa de archivos.
Habían localizado una caja relacionada con el antiguo despacho de Samuel Ortega. Entre los documentos aparecía un expediente que coincidía con la fecha de compra de mi casa.
Daniel organizó una consulta para el día siguiente.
Esa noche regresé a Maple Street con Emma y Ethan.
No quería quedarme solo. Tampoco quería pasar otra noche sintiendo que cada ruido de la casa era una amenaza.
Antes de dormir, entré en el dormitorio de Margaret.
El perfume que había guardado en el armario apenas conservaba su aroma. Sobre la cómoda seguía la fotografía de nuestra boda, con los dos sonriendo como si el mundo fuera una promesa que nunca podría romperse.
Me senté en el borde de la cama.
—¿Qué intentabas decirme, Margaret? —susurré.
Entonces recordé una conversación de muchos años atrás.
Robert había venido a visitarnos poco después de que compráramos la casa. Margaret le pidió que dejara unos papeles sobre la mesa y le dijo que no estaba de acuerdo con algo que habían firmado.
Yo había entrado en la habitación cuando discutían.
Robert me aseguró que se trataba de asuntos comerciales y que no debía preocuparme.
Confié en él.
Siempre había confiado en él.
A la mañana siguiente, Daniel nos llevó a la empresa de almacenamiento documental.
Un empleado nos condujo hasta una sala donde habían preparado varias cajas antiguas. Daniel comprobó las etiquetas y firmó los formularios necesarios para consultar el expediente.
Dentro encontramos contratos, cartas y copias de transferencias bancarias.
Después de casi una hora, apareció un documento titulado «Acuerdo de participación familiar».
La primera página indicaba que mi padre y mi tío Robert habían aportado dinero para la compra de la propiedad de Maple Street. Según el documento, parte de los beneficios futuros debía reservarse para los descendientes de ambos hermanos.
Pero una cláusula posterior establecía que cualquier modificación necesitaba la firma de todas las partes involucradas.
En la última página había tres firmas.
La de mi padre.
La de mi tío Robert.
Y la de Margaret.
Mi esposa había sido testigo del acuerdo.
Sin embargo, junto a su firma aparecía una anotación escrita a mano:
«No acepto la modificación propuesta. La distribución original debe mantenerse».
Daniel examinó la página.
—Esto es importante. Si el documento es auténtico, podría demostrar que Margaret se opuso a una modificación del acuerdo. Pero todavía debemos establecer qué ocurrió después y si el acuerdo produjo derechos que sigan vigentes.
Pasé los dedos por el borde del papel.
—¿Dónde está el registro original?
El empleado revisó la lista de documentos.
—Hay una referencia a un anexo que no aparece en esta caja. Según el inventario, fue retirado del expediente hace muchos años.
—¿Por quién? —preguntó Ethan.
El empleado consultó el registro de movimientos.
Su expresión cambió.
—La persona que retiró el anexo fue Robert Miller.
Mi hermano.
Pero la fecha era de tres meses después de su muerte.
Daniel pidió una copia certificada del registro y anotó el número de expediente.
Entonces Ethan descubrió una hoja doblada entre dos carpetas.
Era una carta mecanografiada, fechada pocos días antes de la muerte de Robert.
La leyó en voz baja.
«Victor, no voy a seguir adelante. Margaret tiene razón. Si alteramos el acuerdo, Richard y sus hijos podrían perder lo que les corresponde. Te devolveré los documentos y daré por terminado el asunto».
Debajo aparecía una firma.
Robert Miller.
Laura comenzó a llorar en silencio.
—Mi padre intentó detenerlo —susurró—. Entonces, ¿por qué alguien retiró el anexo después de su muerte?
Daniel miró el registro de movimientos.
—Esa es la pregunta que debemos responder.
Ethan volvió a leer la carta.
—Sophia tenía acceso a documentos de este expediente. Si sabía que existía un acuerdo, pudo haber encontrado una manera de utilizarlo.
—Es posible —dije—. Pero quiero saber quién le dio acceso.
Daniel pidió que prepararan copias oficiales de los documentos relevantes.
Antes de salir, el empleado nos entregó una última hoja que había quedado al fondo de la caja.
Era una nota interna del despacho de Samuel Ortega.
Tenía una fecha de doce años atrás.
El día después de la muerte de mi hermano.
En ella se registraba una llamada telefónica de una persona que solicitaba retirar el anexo original del acuerdo.
El nombre del solicitante aparecía claramente escrito.
No era Sophia.
No era Victor.
Era Ethan Miller.
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Mi hijo se quedó mirando el papel, incapaz de hablar.
Y yo sentí que la historia acababa de dar un giro que ninguno de nosotros estaba preparado para comprender.