Chapter 7: La última noche de Margaret
—Quiero saber quién estuvo con mi esposa aquella noche —dije, dejando la fotografía sobre la mesa—. Y quiero saber por qué alguien cree que puede utilizar su muerte para obligarme a entregar mi casa.
Daniel no respondió inmediatamente. Había fotografiado el sobre, la imagen y la nota escrita en el reverso. Después guardó todo en una carpeta y me pidió que me sentara.
—Richard, tenemos que distinguir dos cosas. Una es que alguien esté utilizando recuerdos dolorosos para intimidarte. La otra es que exista alguna irregularidad relacionada con la muerte de Margaret. No tenemos pruebas de lo segundo.
—Entonces encontremos las pruebas.
Ethan permanecía junto a la ventana, pálido. Desde que habíamos descubierto aquella nota, parecía incapaz de mirarme directamente.
—Papá, yo recuerdo aquella noche —dijo finalmente.
Me volví hacia él.
—Tenías dieciséis años. ¿Qué recuerdas?
Se pasó una mano por el cabello.
—Mamá me pidió que me quedara con Emma en casa de una vecina. Dijo que necesitaba descansar y que tú ibas a recibir una visita. Cuando regresé al día siguiente, me dijeron que había empeorado durante la madrugada.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué visita?
—No lo sé. Nunca pregunté. Pensé que sería alguien del hospital o una amiga de mamá.
Emma, que había permanecido en silencio, negó con la cabeza.
—Yo recuerdo algo diferente. Antes de irnos, escuché a mamá discutir contigo por teléfono.
La miré sorprendido.
—¿Conmigo?
—Sí. Estabas en el garaje. Mamá dijo: «No puedes seguir protegiéndolo, Richard. Algún día nuestros hijos pagarán por tu silencio».
Aquellas palabras me golpearon con una fuerza inesperada.
Yo recordaba discusiones con Margaret durante sus últimos meses. Estábamos agotados, asustados y desesperados por encontrar tratamientos que pudieran prolongar su vida.
Pero no recordaba aquella conversación.
—¿Por qué nunca me lo contaste?
Emma apretó los labios.
—Porque después de que mamá murió, te vi llorar durante semanas. No quería añadirte más dolor.
La abracé.
Durante un momento, volvimos a ser una familia que había perdido a la persona que mantenía unidos todos nuestros pedazos.
Después Daniel rompió el silencio.
—Necesitamos revisar los registros médicos de Margaret, si todavía existen, y determinar quién estuvo presente durante sus últimas horas. También conviene localizar a cualquier persona que haya conocido a Victor Salazar en aquella época.
Laura levantó la cabeza.
—Yo conozco a alguien.
Todos la miramos.
—Una enfermera llamada Patricia trabajó en el hospital donde atendieron a Margaret. Era amiga de mi madre. Se jubiló hace años, pero seguimos en contacto.
—¿Crees que recordará algo después de tanto tiempo? —preguntó Ethan.
—No lo sé. Pero recuerdo que dejó de visitar a mi madre poco después de la muerte de Margaret. Mi madre decía que Patricia había descubierto algo que le impedía dormir.
Daniel anotó el nombre y le pidió que la contactara sin mencionar las sospechas que teníamos.
Mientras Laura se apartaba para hacer la llamada, yo volví a mirar la fotografía.
Margaret aparecía sentada en el jardín, con una manta sobre las piernas y una taza de té entre las manos. Tenía el rostro delgado, pero sus ojos conservaban aquella expresión decidida que me había enamorado cuarenta y siete años atrás.
En el reverso, junto a la amenaza, alguien había escrito una fecha.
El dieciocho de noviembre.
La noche anterior a su muerte.
Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza.
—Daniel, esta fotografía fue tomada el día antes de que Margaret muriera.
Él examinó la fecha.
—¿Estás seguro?
—La recuerdo. Emma estaba enferma y Margaret insistió en que saliéramos al jardín para tomar una fotografía familiar. Dijo que quería tener un recuerdo bonito de aquel otoño.
Ethan se acercó.
—¿Y qué pasó aquella noche?
Cerré los ojos.
Recordé el olor de los desinfectantes, el sonido de una máquina junto a la cama y la mano de Margaret, fría entre las mías.
Había salido de la habitación durante unos minutos para hablar con un médico. Cuando regresé, ella estaba despierta.
Me había pedido que me acercara.
—Richard —me susurró entonces—, prométeme que cuidarás de los niños.
Le prometí que lo haría.
Después me pidió que no confiara ciegamente en alguien que afirmara actuar por el bien de nuestra familia.
Yo había creído que hablaba del miedo a perderla, de las disputas entre familiares y de las dificultades económicas que atravesábamos.
Nunca le pregunté a quién se refería.
—¿Te dijo algo más? —preguntó Emma.
Negué lentamente.
—No lo recuerdo.
La culpa me apretó el pecho.
Durante veintinueve años había vivido convencido de que había hecho todo lo posible por mi esposa. Ahora me preguntaba si había pasado por alto una advertencia porque estaba demasiado ocupado intentando salvarla.
El teléfono de Laura vibró.
Ella regresó a la mesa con una expresión seria.
—Patricia aceptó hablar con nosotros. Dice que recuerda a Margaret y que hay algo que debió haber contado hace mucho tiempo.
Daniel organizó una reunión para la mañana siguiente en su despacho.
Esa noche, nadie durmió bien.
Ethan se quedó en la habitación de invitados. Emma durmió en el dormitorio que había ocupado cuando era niña. Yo permanecí sentado en el salón, frente al retrato de Margaret.
A las dos de la madrugada escuché un ruido en el pasillo.
Me levanté lentamente.
Ethan estaba frente a la puerta de mi despacho, sosteniendo una carpeta.
—¿Qué haces despierto? —pregunté.
Se sobresaltó.
—Lo siento, papá. No quería despertarte.
Miré la carpeta.
—¿Qué tienes ahí?
Me la entregó.
—Estaba revisando los documentos que Sophia me había enviado. Encontré algo que creo que debes ver.
Dentro había una cadena de correos electrónicos.
Uno de ellos estaba fechado tres semanas antes de la muerte de Margaret.
El remitente era Victor Salazar.
El destinatario, mi hermano Robert.
El asunto decía: «El acuerdo de Maple Street».
Leí el mensaje una vez.
Después otra.
Victor advertía a Robert que el acuerdo familiar no podía modificarse sin el consentimiento de todas las partes. Mencionaba una participación económica protegida y advertía que cualquier intento de ocultarla podía terminar en un litigio.
Pero la última línea era la que me dejó helado.
«Margaret ya conoce la verdad. Si Richard se entera, no podremos controlar lo que suceda».
Levanté la mirada hacia Ethan.
—¿De dónde salió esto?
—De una cuenta antigua que Sophia utilizaba para guardar documentos. Había descargado los correos en una carpeta compartida conmigo hace meses. Nunca los abrí porque pensé que eran asuntos de su trabajo.
—¿Sophia sabía que los tenías?
—No lo sé.
Guardé el documento en la carpeta de Daniel.
Por primera vez, teníamos una conexión concreta entre Victor, el acuerdo familiar y Margaret.
Pero aún no sabíamos qué significaba.
A la mañana siguiente, Patricia llegó al despacho de Daniel acompañada por Laura.
Era una mujer de setenta y tantos años, de cabello blanco y manos temblorosas. Se sentó frente a nosotros y colocó su bolso sobre las rodillas.
—He esperado mucho tiempo para hablar de esto —dijo.
Daniel le explicó que no queríamos presionarla ni pedirle que afirmara nada que no recordara con claridad.
Patricia respiró hondo.
—La noche antes de que Margaret muriera, un hombre fue a verla. No era médico ni familiar. Llevaba un maletín y preguntó por los documentos que ella guardaba en su casa.
—¿Victor Salazar? —pregunté.
Ella cerró los ojos.
—Sí.
Sentí que las manos se me enfriaban.
—¿Qué hizo?
—Discutieron en voz baja. Margaret le dijo que no iba a firmar nada. Él respondió que la familia pagaría las consecuencias si seguía interfiriendo.
Emma se llevó una mano a la boca.
—¿Y después?
—Cuando él se marchó, Margaret me pidió que llamara a su esposo. Pero antes de que pudiera hacerlo, tuvo una crisis y el médico ordenó que la atendieran de inmediato.
—¿Me llamaron? —pregunté.
Patricia asintió.
—Sí. Usted llegó poco después. Margaret estaba consciente cuando entró en la habitación.
Recordé aquel momento y sentí que el suelo se movía bajo mis pies.
—¿Por qué no me contó esto entonces?
Los ojos de Patricia se llenaron de lágrimas.
—Porque Victor me dijo que, si hablaba, perdería mi trabajo y mi pensión. Yo tenía dos hijos pequeños y un esposo enfermo. Me convencí de que no sabía suficiente para arriesgarlo todo.
—¿Margaret le dijo algo más?
Patricia miró directamente hacia mí.
—Sí. Me pidió que le dijera una frase si algún día alguien intentaba quitarle su casa.
Se inclinó hacia delante.
—Dijo: «Richard debe buscar el registro original. El documento que lleva mi firma no es el verdadero acuerdo».
Daniel se quedó inmóvil.
—¿Qué documento?
Patricia abrió su bolso y sacó un sobre pequeño, amarillento por el tiempo.
—Margaret me entregó esto aquella noche. Me pidió que lo guardara hasta que alguien viniera a buscarlo.
Lo colocó sobre la mesa.
En el frente estaba escrito mi nombre.
Pero cuando Daniel abrió el sobre, no encontró un documento.
Encontró una fotografía de mi hermano Robert junto a Victor Salazar.
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En el reverso había una fecha y cuatro palabras escritas por Margaret.
«Uno de ellos ya murió».