Chapter 9: La última mentira de Denise Johnson
La notificación de la universidad llegó a la mañana siguiente.
A las ocho y quince, la decana Carter me llamó para pedirme que acudiera a su despacho. No me acusó de nada, pero su tono era serio.
—Maya, quiero que sepas que una denuncia no constituye una prueba —me dijo—. Sin embargo, la universidad tiene la obligación de revisar cualquier alegación que pueda afectar a la integridad de una beca.
Me senté frente a ella.
—¿Van a retirármela?
—No he tomado ninguna decisión. Tu expediente académico sigue intacto. Tu proyecto fue evaluado por un comité independiente antes de que recibieras la financiación.
—¿Y cuánto tardará la revisión?
—Depende de la información que recibamos.
Miré por la ventana.
Había dedicado cuatro años a conseguir aquella oportunidad. Había pasado noches enteras trabajando en el laboratorio, había renunciado a fiestas y vacaciones, y había soportado el miedo constante de no ser lo suficientemente buena.
Ahora alguien estaba intentando reducir todo aquello a una acusación anónima.
—No voy a esconderme —dije.
La decana asintió.
—Eso espero. Y quiero que conserves todas las comunicaciones relacionadas con este asunto. No respondas públicamente a ninguna acusación sin asesoramiento.
Me entregó una copia de la denuncia.
La persona que la había presentado afirmaba que mi beca podría formar parte de un acuerdo entre mi familia y Reed Medical Systems.
No había pruebas adjuntas.
Solo insinuaciones.
Pero había algo que me llamó la atención.
El documento mencionaba la transferencia de cuarenta mil dólares recibida por mi padre antes de mi nacimiento.
Alguien había accedido a información que hasta hacía unos días solo conocíamos nosotros.
—¿Quién presentó la denuncia? —pregunté.
—El formulario no incluye un nombre verificable. La universidad está revisando su procedencia.
Guardé la copia en mi bolso.
Antes de salir, la decana me detuvo.
—Maya, una cosa más. No permitas que los errores de tu familia te hagan dudar de tu propio mérito.
Aquellas palabras casi me hicieron llorar.
Porque eso era exactamente lo que estaba ocurriendo.
No dudaba de mi proyecto.
Dudaba de si tendría fuerzas para seguir defendiéndolo mientras mi familia se desmoronaba a mi alrededor.
Danielle me esperaba fuera del edificio.
Cuando le mostré la denuncia, apretó los labios.
—Esto es una represalia.
—Lo sé.
—Richard quiere que renuncies a la beca para que dejes de investigar.
—No voy a hacerlo.
Mi hermana asintió.
—Bien. Porque si lo haces, él aprenderá que amenazar a las personas funciona.
Caminamos hasta una pequeña cafetería. Allí, Danielle abrió su computadora y comenzó a organizar los documentos que Laura había solicitado.
Habíamos acordado no publicar nada ni confrontar a Richard sin asesoramiento legal.
Pero necesitábamos entender qué estaba ocurriendo.
—Mira esto —dijo Danielle.
En la pantalla aparecía una lista de transferencias relacionadas con Reed Medical Systems. Laura había conseguido registros públicos que permitían identificar varias empresas intermediarias.
Una de ellas había recibido pagos durante cinco años consecutivos.
La compañía estaba registrada a nombre de un antiguo socio de Thomas.
Y, según los registros, había cerrado sus operaciones seis meses después de la muerte de Thomas.
—¿Qué hacía esta empresa? —pregunté.
—Ofrecía servicios de gestión documental. En teoría, archivaba contratos y documentos empresariales.
—¿Y en la práctica?
Danielle señaló una transferencia.
—Recibió dinero justo después de que mi abuela dejara de buscar a Denise. Luego recibió otro pago cuando yo empecé a investigar a Thomas.
Sentí un escalofrío.
—¿Crees que destruyeron documentos?
—Es posible. Pero necesitamos pruebas de lo que realmente hicieron.
Me mostró una segunda pantalla.
Había encontrado el nombre de un antiguo empleado de la empresa: Samuel Brooks, un archivista que había trabajado con Thomas durante más de quince años.
—Según su perfil profesional, sigue vivo y trabaja como consultor independiente —explicó—. Si alguien sabe qué pasó con los archivos originales, podría ser él.
—¿Sabes dónde encontrarlo?
—Tengo una dirección comercial. Laura está comprobando si es apropiado contactarlo.
Mi teléfono vibró.
Era mi padre.
Necesito que vengas a casa. Tu madre quiere decirles algo a las dos.
Le mostré el mensaje a Danielle.
Ella guardó silencio.
—¿Crees que debemos ir? —pregunté.
—Sí. Pero esta vez, ninguna de las dos escuchará promesas sin pruebas.
Cuando llegamos, mi madre estaba sentada en la sala con las manos entrelazadas.
Mi padre permanecía junto a la chimenea, sosteniendo una carpeta amarilla.
Nadie había preparado café. Nadie intentó fingir que era una visita normal.
Denise se puso de pie al vernos.
—Gracias por venir.
Danielle se quedó cerca de la puerta.
—Habla.
Mi madre tragó saliva.
—He decidido contarles algo que oculté durante mucho tiempo. Algo que quizá explique por qué hice tantas cosas equivocadas.
Me senté en el borde del sofá.
—Te escuchamos.
Denise respiró profundamente.
—Hace cinco años, cuando intenté encontrar a Danielle, recibí una llamada de Thomas. Fue la última vez que hablé con él.
Mi hermana frunció el ceño.
—Thomas estaba vivo hace cinco años. ¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque él me pidió que no lo hiciera. Dijo que Richard estaba vigilando sus comunicaciones y que necesitaba tiempo para organizar sus documentos.
—¿Y tú le creíste?
—Sí.
Mi madre bajó la mirada.
—Thomas me dijo que quería reconocer a Danielle. Que había preparado un documento y que Marcus lo guardaría hasta que fuera seguro entregarlo.
Mi padre asintió lentamente.
—Eso es lo que me dijo a mí.
Denise continuó.
—Pero unos días después, Richard vino a verme. Me mostró copias de las transferencias que Thomas había hecho años atrás. Me dijo que, si yo revelaba la existencia de Danielle, presentaría pruebas de que Marcus había aceptado dinero para ocultar una adopción.
—Pero eso era verdad —dije.
Mi madre cerró los ojos.
—Sí. Y Richard sabía que Marcus no podría explicar fácilmente lo ocurrido. También me dijo que podía investigar las cuentas de nuestra familia y encontrar cualquier irregularidad financiera.
Mi padre apretó la carpeta amarilla.
—Yo nunca tuve nada que ver con las cuentas de Thomas después de aquella transferencia.
—Lo sé ahora —susurró Denise—. Pero entonces tenía miedo.
Danielle se cruzó de brazos.
—¿Y por eso me abandonaste por segunda vez?
Mi madre comenzó a llorar.
—Me convencí de que, si no te buscaba, Richard nos dejaría en paz.
—No nos dejó en paz —respondió Danielle—. Simplemente nos mantuvo separadas.
Denise asintió, incapaz de discutir.
Después abrió la carpeta que tenía delante.
Dentro había una copia de un correo electrónico impreso.
La fecha era de tres días antes de la muerte de Thomas.
El mensaje provenía de una dirección desconocida y estaba dirigido a mi madre.
El documento original debe desaparecer. Marcus tiene una copia, pero no sabe qué contiene. Si Danielle llega a descubrir la verdad, todos los acuerdos anteriores quedarán invalidados.
Al final aparecía una firma.
*R. Reed.*
Danielle se inclinó sobre la mesa.
—¿Por qué guardaste esto?
—Porque tuve miedo de que Richard cumpliera sus amenazas. No quería que Marcus fuera a prisión ni que Maya perdiera sus oportunidades.
La miré con incredulidad.
—¿Y por qué no acudiste a la policía?
—Porque pensé que podía arreglarlo sin involucrarte.
—¡Siempre decides por nosotros! —exclamé—. ¡Siempre dices que quieres protegernos, pero nunca nos das la oportunidad de decidir qué riesgos estamos dispuestos a asumir!
Mi madre se cubrió el rostro.
Por primera vez, no intentó defenderse.
—Tienes razón.
Aquella respuesta me desarmó.
No porque solucionara algo, sino porque era la primera vez que Denise admitía su responsabilidad sin añadir una excusa.
Danielle tomó el correo.
—Esto puede ayudar a demostrar que Richard estaba intentando destruir pruebas. Pero necesitamos el mensaje original o una forma de verificar su autenticidad.
—Lo tengo —dijo mi madre.
Sacó un pequeño dispositivo de almacenamiento de un cajón.
—Guardé una copia de seguridad de mi correo electrónico. Nunca me atreví a abrirla de nuevo.
Danielle miró a Laura, que estaba conectada por videollamada desde su oficina. La abogada nos indicó que no conectáramos el dispositivo a una computadora corriente y que se lo entregáramos para un análisis adecuado.
Mi madre se lo pasó a Danielle.
Sus dedos se rozaron.
Mi hermana se apartó instintivamente, pero no rechazó el dispositivo.
Era un gesto pequeño.
Aun así, lo noté.
Quizá no estaba preparada para perdonar a Denise, pero había dejado de verla únicamente como una enemiga.
Entonces mi padre abrió la carpeta amarilla.
—Hay algo más que deben saber.
Sacó una hoja doblada en cuatro.
—Thomas me entregó esto el día de nuestra última reunión. Lo encontré detrás de un cajón del garaje cuando busqué los documentos que les prometí.
Danielle tomó la hoja.
Era una nota escrita a mano.
Marcus:
Si no consigo entregar el documento original, busca a Samuel Brooks. Él sabe dónde está el registro que demuestra quién autorizó los pagos.
Debajo aparecía un número de teléfono.
Danielle lo fotografió.
—Es el archivista que encontramos esta mañana.
Mi padre asintió.
—Thomas me dijo que Samuel había guardado copias de ciertos registros porque temía que alguien los destruyera.
Sentí que, por primera vez, teníamos una dirección concreta que seguir.
Pero mi madre todavía no había terminado.
—Hay otra razón por la que quiero que encuentren a Samuel —dijo.
La miré.
—¿Cuál?
Denise se volvió hacia mí.
—Porque el día que rompí tu diploma, no fue solo porque temía que te marcharas.
Su voz se quebró.
—Richard me había llamado esa misma mañana. Me dijo que, si te mudabas a Boston, alguien podría descubrir la relación entre tu investigación y los antiguos documentos de Thomas. Me aseguró que tu beca sería utilizada para obligarme a revelar lo que sabía.
Me quedé helada.
—¿Qué relación puede tener mi investigación con Thomas?
Mi madre miró a Danielle.
Después volvió a mirarme.
—Thomas financió un proyecto médico hace más de veinte años. Un proyecto que fracasó y que Richard ha intentado mantener oculto. Cuando vio tu investigación, reconoció parte del diseño que Thomas había descrito en sus documentos.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Estás diciendo que mi proyecto se parece a uno de Thomas?
—Sí. Pero no sé si es una coincidencia o si alguien utilizó sus archivos para influir en tu investigación.
Danielle se levantó.
—Eso es imposible. Maya desarrolló su prototipo con su propio trabajo.
—Lo sé —respondió mi madre—. Pero Richard no lo sabe. Y teme que, si alguien compara ambos proyectos, descubra algo que lleva años ocultando.
Laura intervino desde la pantalla.
—No debemos especular. Necesitamos identificar el proyecto original y establecer si existe alguna relación real.
Danielle guardó la nota de Thomas.
—Samuel Brooks puede ayudarnos.
Mi teléfono vibró de nuevo.
Era un mensaje de un número desconocido.
Si quieres saber qué pasó realmente con Thomas Reed, deja de confiar en tu familia y reúnete conmigo esta noche.
Debajo aparecía una dirección.
Y una última frase.
Ven sola. Si Danielle te acompaña, nunca descubrirás quién fue el verdadero responsable de separar a las dos hermanas.
Le mostré el mensaje a Danielle.
Ella palideció.
—No vas a ir sola.
—No pienso hacerlo.
Pero, mientras Laura nos aconsejaba preservar el mensaje y verificar la identidad del remitente, una pregunta comenzó a atormentarme.
Si Richard estaba detrás de las amenazas, ¿por qué alguien parecía tan desesperado por apartarme de Danielle?
Y si Samuel Brooks realmente tenía las pruebas que necesitábamos, ¿por qué había esperado cinco años para revelar la verdad?
La respuesta llegó unos minutos después, cuando Danielle recibió un correo nuevo.
El remitente era Samuel Brooks.
El asunto decía:
*El documento que Thomas nunca quiso que encontraran.*
Y en el cuerpo del mensaje solo había una frase.
Antes de que conozcan la verdad sobre Richard, deben saber qué hizo Thomas con el dinero que recibió de la empresa.
Debajo había una fotografía de un cheque.
El beneficiario no era mi padre.
No era Denise.
Ni siquiera era una empresa intermediaria.
Era una cuenta abierta a nombre de *Maya Johnson*.
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La fecha del cheque era de tres meses antes de mi nacimiento.
Y la cantidad era de cuatrocientos mil dólares.