Chapter 6: La amenaza del heredero
A la mañana siguiente, llegué a la oficina de asistencia jurídica quince minutos antes de la hora acordada.
El edificio era modesto, con paredes de ladrillo y ventanas estrechas. En la recepción había una fila de personas que esperaban asesoría sobre desalojos, deudas y problemas familiares.
Me sorprendió que Danielle trabajara allí.
La hermana que acababa de descubrir podía haber vivido rodeada de lujos si hubiera crecido con la familia biológica de su padre. Sin embargo, había elegido ayudar a personas que apenas podían pagar sus facturas.
Quizá por eso sentí aún más miedo de perder la oportunidad de conocerla.
Una mujer de recepción me señaló un pasillo.
—La señorita Ellis está en la tercera oficina a la derecha.
Caminé hasta la puerta.
Antes de tocar, escuché una voz femenina.
—Pasa.
Abrí.
Danielle estaba sentada detrás de un escritorio cubierto de expedientes. Llevaba una blusa blanca, pantalones oscuros y el cabello recogido en una coleta.
En persona, el parecido era todavía más evidente.
Tenía mis mismos ojos. La misma forma de levantar una ceja cuando algo no le convencía. Incluso la pequeña arruga entre las cejas cuando estaba concentrada.
Pero su expresión era mucho más fría.
—Llegaste temprano —dijo.
—No pude dormir.
—Yo tampoco.
Señaló la silla frente a su escritorio.
Me senté.
Durante unos segundos, ninguna de las dos habló.
Finalmente, Danielle abrió un cajón y sacó una fotografía.
Era la misma imagen que Margaret me había enseñado, pero había algo escrito en el reverso.
Mi pequeña Danielle. Algún día sabrás por qué tuve que dejarte ir.
—¿Reconoces esta letra? —preguntó.
Miré la fotografía.
—Es la letra de mi madre.
Danielle asintió.
—La recibí hace tres semanas. Venía en un sobre sin remitente. No había ninguna explicación, ninguna disculpa. Solo la fotografía.
—¿Quién te la envió?
—No lo sé. Pero desde entonces he recibido dos llamadas de números desconocidos.
Me incliné hacia delante.
—¿Qué te dijeron?
—La primera persona me preguntó si estaba buscando a mi familia biológica. La segunda me advirtió que dejara de investigar a Thomas Reed.
Sentí un escalofrío.
—Anoche Richard Reed me llamó.
Danielle se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Me dijo que dejara de buscarte.
Ella se levantó tan rápidamente que su silla chocó contra la pared.
—¿Te llamó personalmente?
—Sí.
—¿Qué palabras utilizó?
Se las repetí exactamente como las recordaba.
Danielle comenzó a caminar de un lado a otro.
—Maldita sea.
—¿Lo conoces?
—Lo he visto en varias ocasiones. Después de la muerte de Thomas, su equipo legal se puso en contacto conmigo para decirme que no existían documentos que demostraran mi parentesco con él.
—¿Y tú qué hiciste?
—Pedí una prueba de ADN.
—¿Y?
Danielle regresó a su escritorio.
—Richard se negó a facilitar cualquier muestra. Su abogado afirmó que no tenía obligación de hacerlo porque Thomas nunca había reconocido oficialmente a mi madre como su pareja ni a mí como su hija.
—Pero tienes documentos.
—Tengo documentos que sugieren que Thomas era mi padre. No tengo pruebas concluyentes.
Me contó que, a los diecisiete años, había encontrado una carta de su madre adoptiva en la que aparecía el nombre de Thomas. Desde entonces había investigado en secreto.
Al cumplir dieciocho, descubrió que su madre biológica se llamaba Denise Johnson.
Pero cuando intentó localizarla, encontró una dirección antigua y un número de teléfono desconectado.
Después, alguien le ofreció dinero para dejar de buscar.
—Pensé que era una broma —dijo—. Hasta que entraron en mi habitación y se llevaron mis archivos.
—¿Por qué no acudiste a la policía?
—Lo hice. No encontraron huellas útiles ni señales de entrada forzada. Mi abuela me pidió que tuviera cuidado, y yo decidí concentrarme en mi carrera.
Miré sus manos.
Tenía una pequeña cicatriz en el dedo índice.
No sabía por qué, pero quise preguntarle cómo se la había hecho. Quise saber cuál era su comida favorita, si tenía miedo a la oscuridad, si había llorado alguna vez por no conocer a su madre.
Quise recuperar veintidós años de preguntas en unos minutos.
Pero apenas éramos dos desconocidas sentadas frente a frente.
—Danielle —dije—, siento mucho todo lo que te pasó.
Ella me miró con dureza.
—Tú no tienes que disculparte por haber tenido una infancia.
—No estoy intentando hacer eso.
—Entonces, ¿qué quieres de mí?
La pregunta me dolió.
Respiré profundamente.
—Quiero conocerte. No espero que me perdones por algo que no hice. Tampoco espero que confíes en mí inmediatamente. Pero quiero que sepas que, si necesitas ayuda para descubrir la verdad, no tendrás que hacerlo sola.
Danielle bajó la mirada.
Por un instante, creí que iba a llorar.
Pero volvió a levantar la barbilla.
—¿Y qué pasa si descubrir la verdad destruye a tu familia?
Pensé en mi madre rompiendo mi diploma. En mi padre admitiendo que había aceptado dinero. En los años de silencio que habían convertido nuestra casa en un lugar donde nadie podía hablar con honestidad.
—Entonces tendremos que descubrir si lo que tenemos merece salvarse.
Danielle permaneció en silencio.
Después sacó una carpeta negra de debajo del escritorio.
—Hay algo que debes ver.
Dentro había copias de correos electrónicos, registros de llamadas y una lista de nombres. Danielle había reconstruido parte de la historia a partir de documentos públicos y mensajes antiguos.
En una de las páginas aparecía el nombre de Thomas Reed.
En otra, el de Richard.
Y en una tercera, el de mi padre.
Marcus Johnson.
Me quedé mirando el papel.
—¿Por qué aparece aquí?
Danielle señaló una fecha.
—Hace cinco años, cuando intentaba averiguar por qué alguien había pagado para que dejara de buscar a mi madre biológica, encontré un registro de una transferencia entre una empresa vinculada a Richard Reed y una cuenta privada.
—¿La cuenta de mi padre?
—No pude confirmarlo. El número estaba parcialmente oculto. Pero los últimos cuatro dígitos coincidían con una cuenta que apareció en un documento relacionado con tu familia.
Me llevé una mano a la boca.
—¿Mi padre recibió dinero otra vez?
—No lo sé. Pero creo que alguien continuó pagando para mantenernos separadas.
Mi teléfono vibró.
Un mensaje de mi padre.
Necesito verte hoy. Hay algo que encontré en el garaje y que debí entregarte hace muchos años.
Le mostré la pantalla a Danielle.
Ella leyó el mensaje dos veces.
—¿Confías en él?
Me quedé pensando.
—Quiero hacerlo.
—No es lo mismo.
Tenía razón.
Pero mi padre seguía siendo el hombre que me había enseñado a montar en bicicleta, el que me había llevado a la universidad cuando no tenía dinero para pagar un taxi y el que había permanecido a mi lado durante la peor tarde de mi vida.
No podía borrar todo eso por una firma.
Tampoco podía fingir que aquella firma no existía.
—Voy a escucharlo —dije—. Pero no voy a ocultarte nada.
Danielle asintió lentamente.
—Bien. Porque yo tampoco voy a ocultarte nada.
Por primera vez, su expresión perdió un poco de dureza.
—¿Sabes qué es lo más extraño de todo esto? —preguntó.
Negué con la cabeza.
—Durante años imaginé que mi hermana menor sería una niña consentida, criada por una familia que había decidido que yo no existía. Pensaba que, si alguna vez te encontraba, te odiaría.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Y ahora?
Danielle me miró.
—Ahora no sé qué sentir.
No era perdón.
Pero tampoco era rechazo.
Y, por el momento, eso era suficiente.
Antes de que pudiera responder, una mujer apareció en la puerta de la oficina.
—Danielle, hay un hombre en recepción que insiste en hablar contigo.
Danielle frunció el ceño.
—¿Dio su nombre?
—Sí. Dice que se llama Richard Reed.
Nos miramos.
Mi hermana cerró la carpeta de golpe.
—Dile que no estoy disponible.
La mujer asintió y se marchó.
Un minuto después, escuchamos pasos acercándose por el pasillo.
La puerta se abrió.
Richard Reed entró sin esperar permiso.
Era un hombre de unos cincuenta años, con un traje gris impecable, cabello plateado y una sonrisa calculada. Parecía alguien acostumbrado a conseguir lo que quería sin levantar la voz.
Sus ojos se detuvieron primero en Danielle.
Después se volvieron hacia mí.
—Veo que las hermanas finalmente se han encontrado.
Danielle se puso de pie.
—Esta es una oficina privada. Tiene que marcharse.
Richard ignoró la petición.
Dejó un sobre sobre el escritorio.
—He venido a ofrecerles una solución.
—No necesitamos nada de usted —respondió Danielle.
—Todavía no saben lo que necesitan.
Miré el sobre.
—¿Qué hay ahí dentro?
Richard sonrió.
—Un acuerdo. Una cantidad de dinero suficiente para que ambas puedan continuar con sus vidas sin tener que revolver el pasado.
Danielle soltó una risa incrédula.
—¿Pretende comprarnos?
—Pretendo evitarles un sufrimiento innecesario.
—¿Como el que sufrí cuando alguien entró en mi habitación y robó mis documentos?
Por primera vez, la sonrisa de Richard desapareció.
Solo durante un segundo.
Pero lo vi.
—No tengo idea de qué estás hablando.
Danielle sacó una copia de los registros de su carpeta.
—Tengo una transferencia relacionada con su empresa. Tengo pruebas de que alguien intentó pagarme para que dejara de investigar a Thomas Reed. Y ahora usted aparece aquí, ofreciéndonos dinero para que guardemos silencio.
Richard se acomodó los puños de la camisa.
—Ten cuidado con las acusaciones que haces, Danielle. Tu situación legal es mucho más complicada de lo que crees.
—Entonces deje que un juez decida.
Él se inclinó hacia ella.
—Un juez no puede convertir una historia familiar en una prueba de paternidad.
—Una prueba de ADN sí.
Richard enderezó la espalda.
Después me miró.
—Maya, tú eres una joven brillante. Tienes una carrera por delante. No permitas que esta mujer te arrastre a una disputa que podría arruinar tus oportunidades profesionales.
Sentí que la ira me calentaba el rostro.
—Mi carrera no está en venta.
—Todo el mundo tiene un precio.
—Entonces tendrá que buscar a otra persona.
Richard recogió el sobre.
Por un instante, pensé que se marcharía.
Pero se acercó a la puerta y se detuvo.
—Antes de que tomen una decisión, hay algo que deberían saber sobre su madre.
Danielle cruzó los brazos.
—¿Qué cosa?
Richard nos observó con una expresión que ya no parecía una sonrisa.
—Denise no fue la única persona que firmó el acuerdo de adopción. Thomas también firmó un documento reconociendo la existencia de Danielle.
Mi hermana se quedó inmóvil.
—Eso es imposible. Mi abuela nunca encontró ese documento.
—Porque no está en los archivos de adopción.
Richard sacó una fotografía de su bolsillo y la dejó sobre el escritorio.
Era una imagen de Thomas Reed sentado frente a un hombre que reconocí inmediatamente.
Mi padre.
Entre ambos había una carpeta abierta.
En la esquina inferior de la fotografía aparecía una fecha: cinco años atrás.
La misma época en la que alguien había intentado comprar el silencio de Danielle.
Richard abrió la puerta.
—Pregúntenle a Marcus Johnson por qué volvió a reunirse con Thomas Reed poco antes de su muerte.
Y se marchó.
Danielle y yo permanecimos inmóviles, mirando la fotografía.
Mi padre había dicho que Thomas murió hace cinco años.
Había dicho que no sabía nada de las amenazas recibidas por Danielle.
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Pero la fotografía demostraba que, poco antes de morir Thomas, mi padre había vuelto a encontrarse con él.
Y esta vez, no había ninguna explicación que pudiera protegerlo.