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Chapter 7: La decana también tenía un secreto

Me quedé mirando el nombre en la pantalla hasta que las letras comenzaron a confundirse.

Evelyn Carter.

La mujer que había llegado a mi graduación cuando mi madre acababa de romper mi diploma. La mujer que me había entregado una beca capaz de cambiar mi vida. La misma persona que me había animado a proteger mis documentos y a no permitir que mi familia decidiera mi futuro.

Ahora su nombre aparecía en el testamento de mi abuelo, junto a una segunda cuenta fiduciaria que nadie había mencionado.

Por primera vez, no sabía en quién confiar.

Llamé a Rachel Bennett, la abogada que me había ayudado a organizar los documentos.

—Necesito que veas algo —le dije.

—¿Ha ocurrido algo nuevo?

—Creo que sí. Encontré una referencia a una segunda cuenta fiduciaria. La beneficiaria aparece como Evelyn Carter.

Rachel guardó silencio.

—¿La decana de Westbridge?

—Sí.

—No contactes a nadie todavía. Envíame la copia del documento y dime exactamente de dónde la obtuviste.

Le envié la fotografía del testamento y esperé mientras la revisaba.

—Maya, la imagen es demasiado borrosa para confirmar la cláusula completa. Necesitamos el original. El nombre podría corresponder a otra persona, o la decana podría haber sido nombrada administradora en lugar de beneficiaria. Son cosas muy diferentes.

—Pero ¿por qué aparecería su nombre en el testamento de mi abuelo?

—Eso es lo que vamos a averiguar. No confundas una referencia con una prueba de irregularidad.

Tenía razón.

Aun así, la sospecha ya se había instalado en mi mente.

—¿Y si ella sabía lo que estaba pasando?

—Entonces necesitaremos pruebas de qué sabía y cuándo lo supo. Por ahora, no la acuses. Solicita una explicación por los canales adecuados y conserva todo.

Después de hablar con Rachel, me quedé mirando el mensaje de voz de mi madre.

«No le digas nada sobre la segunda cuenta».

Mi padre me había llamado para contarme la verdad, pero mi madre había intentado detenerlo. ¿Por qué?

Tomé mi bolso, guardé las copias de los documentos y me dirigí a Westbridge.

No le había dicho a Evelyn que iba a verla.

Cuando llegué, su asistente me informó que estaba en una reunión, pero la decana aceptó recibirme unos minutos después.

Al entrar en su oficina, vi la misma carpeta de cuero que había llevado a mi fiesta de graduación.

Evelyn levantó la mirada.

—Maya. ¿Ha ocurrido algo?

Me senté frente a ella.

—Necesito preguntarle sobre mi abuelo, Samuel Johnson.

Su expresión cambió ligeramente.

No fue sorpresa absoluta.

Fue reconocimiento.

Y eso me asustó.

—¿Qué has descubierto? —preguntó.

Saqué la fotografía del testamento.

—Encontré su nombre en una referencia a una segunda cuenta fiduciaria. Necesito saber por qué.

Evelyn no tocó el documento inmediatamente.

Lo observó desde su asiento, con las manos juntas sobre el escritorio.

—¿Quién te entregó esto?

—Mi padre lo encontró en una caja fuerte de nuestra casa.

—¿Tu padre sabe que has venido a verme?

—Sí. Sabe que estoy intentando averiguar qué ocurrió con el dinero de mi abuelo.

La decana se quitó los lentes y los dejó sobre la mesa.

—Maya, hay una parte de la historia de tu familia que no conozco por completo. Pero sí conocí a tu abuelo.

Mi corazón comenzó a latir más rápido.

—¿Cómo?

—Samuel Johnson fue uno de los primeros donantes de un pequeño programa de investigación médica que ayudé a establecer antes de convertirme en decana. No era un hombre rico en el sentido convencional. Había trabajado durante décadas reparando equipos médicos y estaba convencido de que la tecnología podía mejorar la vida de las personas que no tenían acceso a tratamientos costosos.

Pensé en las radios que reparaba mi abuelo en su garaje.

—Nunca me dijo que donaba dinero a una universidad.

—No quería que su ayuda se convirtiera en una obligación para nadie. Cuando falleció, su abogado se puso en contacto conmigo porque Samuel había dejado instrucciones para financiar un proyecto educativo.

—¿Mi proyecto?

Evelyn negó con la cabeza.

—No podía saber qué estudiarías. El acuerdo establecía que una parte de los fondos debía destinarse a oportunidades educativas para sus nietos, según determinadas condiciones. Otra parte estaba reservada para investigación médica.

Me quedé inmóvil.

—¿Y la segunda cuenta?

—Hasta donde recuerdo, yo fui nombrada supervisora académica de un programa de becas financiado por un fideicomiso. No era la propietaria del dinero ni podía utilizarlo para mis gastos personales.

—Entonces, ¿por qué aparece su nombre?

Evelyn tomó la fotografía y la examinó.

—Porque probablemente el documento identifica a la persona responsable de verificar que los fondos educativos se utilizaran correctamente. Pero no voy a asegurarte que esa sea la explicación hasta que veamos el documento original.

Me invadió una mezcla de alivio y desconfianza.

—¿Sabía que mi madre estaba utilizando dinero relacionado con mi beca?

La decana bajó la mirada.

Y esta vez tardó demasiado en responder.

—Hace aproximadamente un año recibí una consulta de una entidad financiera sobre una autorización vinculada al fideicomiso de Samuel. La firma de la beneficiaria parecía irregular. Solicité que suspendieran cualquier modificación hasta verificar los documentos.

—¿Por qué no me lo dijo?

—Porque no sabía si la autorización era realmente tuya. Además, la entidad financiera me informó que estaba investigando una posible discrepancia y me pidió que no compartiera datos que todavía no estaban confirmados.

—¿Y nunca pensó en llamarme?

—No tenía pruebas de que hubieras sido perjudicada. Pero reconozco que debí haber insistido en que se verificara tu identidad directamente.

Su respuesta no era perfecta, pero al menos no intentaba convencerme de que estaba imaginando cosas.

—¿Qué pasó después?

—La entidad no pudo confirmar la autorización. El acceso a los fondos quedó restringido mientras se revisaba el expediente. No recibí información sobre quién había solicitado la modificación.

—¿Mi madre?

—No puedo asegurarlo.

Saqué la fotografía de la transferencia vinculada a Daniel.

—¿Y esta cantidad? ¿Tiene alguna relación con el fideicomiso?

Evelyn revisó la página.

—La descripción parece corresponder a una cuenta administrada por una entidad externa. Necesitaremos comprobar el número de referencia con los registros originales.

Me incliné hacia delante.

—Decana, necesito saber si puedo confiar en usted.

Ella me miró directamente.

—No voy a pedirte que confíes ciegamente en mí. Puedes solicitar una revisión independiente y pedir que cualquier conflicto de intereses se declare formalmente. Si mi nombre aparece en los documentos, es razonable que quieras una explicación.

Aquella respuesta me sorprendió.

Esperaba que se defendiera, que insistiera en que había salvado mi futuro y que yo le debía gratitud.

En lugar de eso, abrió un cajón y sacó una tarjeta.

—Este es el contacto del departamento jurídico que supervisa el programa. También puedes entregar tus documentos a tu abogada. No tienes que dejar los originales conmigo.

Tomé la tarjeta.

—¿Hay algo más que deba saber?

Evelyn se quedó mirando el retrato de mi abuelo que aparecía en la fotografía.

—Solo recuerdo una cosa que Samuel me dijo cuando firmamos el acuerdo. Me pidió que, si algún día una de sus nietas llegaba a Westbridge, no permitiera que las circunstancias familiares determinaran hasta dónde podía llegar.

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Dijo algo sobre mi madre?

—No. Pero insistió en que los fondos educativos debían proteger la independencia de los beneficiarios.

Salí de su oficina con más preguntas que respuestas.

Apenas había llegado al estacionamiento cuando recibí una llamada de Rachel.

—Maya, he encontrado algo importante en los registros públicos del fideicomiso.

Me detuve junto a mi automóvil.

—¿Qué cosa?

—La entidad administradora original no se llamaba Whitmore Financial Services. Ese nombre apareció años después, cuando se modificó la gestión de los activos.

—¿Quién autorizó el cambio?

—El documento preliminar identifica a una persona que actuó como representante familiar. Pero todavía no tengo una copia certificada.

—¿Quién es?

Rachel hizo una pausa.

—Denise Johnson.

Cerré los ojos.

—¿Y la decana?

—Por ahora, no tengo pruebas de que haya recibido dinero ni de que tuviera control personal sobre la cuenta. El documento que encontraste podría referirse a una función de supervisión. Necesitamos verificarlo.

—¿Cuánto falta por descubrir?

—No lo sé. Pero hay una solicitud de transferencia que nunca llegó a completarse. Si conseguimos el expediente original, quizá podamos identificar quién intentó cambiar el beneficiario.

Miré el cielo gris sobre el estacionamiento.

—¿Y si mi madre intentó transferir mi herencia?

—Entonces los registros deberían mostrarlo.

Antes de que pudiera contestar, apareció una notificación en mi teléfono.

Era un mensaje de Daniel.

«Maya, mamá acaba de confesar que el fideicomiso tenía más dinero del que nos dijo. Papá encontró el estado de cuenta original. Ven a casa de Patricia si puedes. Hay algo que tienes que ver».

Debajo había adjuntado una fotografía.

Era un estado de cuenta de varios años atrás.

El saldo inicial superaba los cien mil dólares.

El saldo final era de apenas doce mil.

Y en la columna de movimientos aparecía una transferencia de ochenta y siete mil dólares.

El destinatario era una empresa que no reconocía.

Pero la fecha de la transferencia me dejó sin aliento.

Había ocurrido tres días antes de que mi abuelo falleciera.

Y junto al movimiento aparecía una anotación manuscrita:

*«Operación autorizada personalmente por Samuel Johnson».*

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Mi abuelo estaba demasiado enfermo para salir de su habitación durante aquella semana.

Entonces, ¿quién había autorizado la transferencia en su nombre?

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