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Chapter 4: El nombre que jamás imaginé encontrar

El apellido impreso en aquel documento era Johnson.

Pero no pertenecía a mi madre.

Pertenecía a mi hermano mayor, Daniel Johnson, el hombre que me había enseñado a andar en bicicleta, que me había acompañado a comprar mi primera computadora usada y que, cuando yo tenía quince años, me había prometido que jamás permitiría que nadie me hiciera sentir pequeña.

Daniel tenía veintinueve años y vivía a veinte minutos de la casa de nuestros padres. Trabajaba como vendedor de automóviles y siempre parecía estar luchando por alcanzar algo que nunca terminaba de conseguir.

Durante mi primer año en Westbridge, me había prestado doscientos dólares para comprar libros. Cuando intenté devolvérselos, se rio y me dijo que se los pagara cuando fuera una científica famosa.

Nunca imaginé que su nombre aparecería en una investigación financiera relacionada con mi educación.

—¿Mi hermano recibió dinero de mi beca? —pregunté.

La decana Evelyn Carter juntó las manos sobre su escritorio.

—Eso es lo que indica el registro preliminar. No podemos afirmar todavía que Daniel recibiera directamente los fondos, pero aparece como beneficiario de una transferencia vinculada a la cuenta autorizada por tu madre.

Sentí que algo se rompía dentro de mí.

—¿Cuánto?

Evelyn deslizó una hoja hacia mí.

La cantidad era de dieciocho mil cuatrocientos dólares.

Leí la cifra una vez.

Luego otra.

—Eso es más de lo que gasté en mis primeros dos años de universidad.

—Lo sé.

—¿Y mi madre escribió que yo había aceptado utilizar mi beca para pagar una deuda familiar?

—Sí.

Me levanté de la silla y caminé hasta la ventana.

Afuera, los estudiantes cruzaban el patio de Westbridge cargando mochilas, riéndose y discutiendo sobre exámenes. La vida continuaba como si la mía no acabara de convertirse en una pesadilla.

—¿Puedo hablar con Daniel?

—Puedes hacerlo. Pero te aconsejo que no lo acuses antes de conocer toda la información. Hay una diferencia entre aparecer como beneficiario y haber autorizado una transferencia.

Tenía razón.

Y aun así, me costaba respirar.

Saqué el teléfono y marqué su número.

Daniel contestó al tercer tono.

—¡La graduada estrella! —exclamó—. ¿Qué pasó, hermanita? ¿Ya estás planeando conquistar el mundo?

Cerré los ojos.

Durante un instante, escuché al hermano que recordaba. El que me llevaba helado cuando estaba triste. El que me había regalado una calculadora científica para mi cumpleaños, aunque él mismo estuviera atrasado con el alquiler.

—Necesito preguntarte algo.

Su tono cambió.

—¿Qué pasa?

—¿Recibiste dinero de mi beca universitaria?

Hubo un silencio.

No fue largo.

Pero tampoco fue el silencio de alguien que no entiende una pregunta.

—¿Qué clase de pregunta es esa, Maya?

—Una pregunta muy sencilla.

—No sé de qué estás hablando.

Miré la hoja sobre el escritorio.

—La universidad está investigando unas transferencias. Aparece una cantidad de dieciocho mil cuatrocientos dólares vinculada a tu nombre.

Escuché un ruido, como si hubiera cerrado una puerta.

—¿Quién te dijo eso?

—La decana.

—¿La decana está investigando las cuentas de nuestra familia?

—Está investigando documentos relacionados con mi financiación. Y necesito saber si recibiste ese dinero.

Daniel respiró profundamente.

—Maya, escucha. No hagas una tormenta de algo que probablemente sea un error administrativo.

—Entonces dime que nunca recibiste ese dinero.

Silencio.

—Daniel.

—No puedo hablar de esto por teléfono.

Sentí que el corazón me golpeaba las costillas.

—¿Por qué?

—Porque no sabes toda la historia.

—Entonces cuéntamela.

—No aquí. No ahora.

—¡Daniel, ese dinero estaba relacionado con mi educación!

Su voz se endureció.

—¡Y tú no sabes lo que estaba pasando en casa!

Me quedé inmóvil.

—¿Qué significa eso?

—Significa que mamá estaba intentando mantener a todos a flote. Tú estabas en la universidad, papá trabajaba hasta quedar destrozado y yo tenía problemas que nadie quería ver.

—¿Qué problemas?

—No puedo explicártelo por teléfono.

—¿Utilizaste mi dinero?

—¡No era tan sencillo!

La llamada se cortó.

Me quedé mirando la pantalla.

No había dicho que no.

La decana se acercó despacio.

—Maya, lo siento.

Negué con la cabeza, incapaz de hablar.

Mi hermano había recibido dinero vinculado a mis estudios. Mi madre había firmado documentos en mi nombre. Y alguien había escrito que yo conocía una deuda familiar de la que jamás había oído hablar.

¿Cuántas mentiras podían caber dentro de una sola familia?

Evelyn me permitió quedarme en su oficina hasta que pude recuperar la compostura. Después me entregó copias de los documentos que tenía autorización para compartir y me acompañó hasta la recepción.

Antes de despedirnos, me hizo una última recomendación.

—No renuncies a tu plaza de investigación por presión familiar. La oferta sigue vigente, y nadie puede obligarte a rechazarla.

—No pienso hacerlo.

Era la primera vez que pronunciaba esas palabras sin sentir culpa.

Al salir del edificio, llamé a mi padre.

Contestó inmediatamente.

—¿Hija? ¿Cómo te fue?

—Necesito que me digas la verdad sobre Daniel.

Escuché su respiración al otro lado.

—¿Qué pasó?

—Su nombre aparece como beneficiario de una transferencia de dieciocho mil cuatrocientos dólares.

Mi padre no respondió.

—Papá, ¿lo sabías?

—No.

—¿Estás seguro?

—Maya, te juro por mi vida que no sabía nada de eso.

Quise creerle.

—Daniel tampoco me lo ha explicado.

—Voy a hablar con él.

—No. Esta vez quiero hablar yo con él.

Mi padre guardó silencio unos segundos.

—Está bien. Pero prométeme que no irás sola si crees que puede haber problemas.

—Solo quiero respuestas.

—A veces, hija, las respuestas duelen más que las preguntas.

Aquella tarde, fui directamente a la casa de Daniel.

Su automóvil estaba estacionado frente al garaje. Desde la ventana pude verlo caminando de un lado a otro de la sala, con el teléfono pegado a la oreja.

Cuando llamó a la puerta, tardó varios segundos en abrir.

—No deberías haber venido —dijo.

—Y tú deberías haberme contestado.

Me dejó pasar.

La casa olía a café recalentado y detergente. Había facturas sobre la mesa, una caja de herramientas abierta y una fotografía de nuestra familia durante unas vacaciones en la playa.

Me acerqué a la fotografía.

Daniel tenía dieciséis años. Yo tenía nueve y estaba sentada sobre sus hombros, riéndome con los brazos levantados.

—¿Te acuerdas de ese día? —pregunté.

Él miró la fotografía.

—Claro que sí.

—Me dijiste que siempre cuidarías de mí.

Daniel bajó la cabeza.

—Lo sé.

—Entonces dime por qué tu nombre está en los documentos de mi beca.

Se sentó frente a mí y se frotó la cara con ambas manos.

—Hace tres años, estaba metido en un problema serio.

—¿Qué problema?

—Debía dinero. Mucho dinero.

—¿A quién?

—A unas personas con las que no debí haber hecho negocios.

Sentí un escalofrío.

—¿Y mamá utilizó mi beca para pagarte?

—Yo no sabía que el dinero venía de tu beca.

—¿Cómo puedes no saberlo?

Daniel me miró a los ojos.

—Porque mamá me dijo que era dinero de una cuenta familiar. Me aseguró que tú habías aceptado ayudarme.

—¡Yo nunca acepté eso!

—¡Lo sé ahora!

Su respuesta me dejó sin palabras.

Daniel se levantó y fue hasta un cajón. Sacó una carpeta arrugada, la abrió y comenzó a buscar entre varios recibos.

—Cuando recibí el dinero, mamá me pidió que no te lo contara. Dijo que estabas bajo mucha presión con los estudios y que no necesitabas preocuparte por los problemas de la familia.

—¿Y tú le hiciste caso?

—Sí.

—¿Durante tres años?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Sí.

Me aparté de él.

No podía soportar que llorara. No todavía.

—¿Qué hiciste con el dinero?

—Pagué una deuda. Y después descubrí que había otras.

—¿Cuáles?

Daniel sacó un sobre de la carpeta.

Dentro había un recibo bancario y una copia de un acuerdo de pago.

La primera página mostraba una cantidad de veinticuatro mil dólares.

La segunda tenía una firma que reconocí inmediatamente.

Mi madre había firmado como garante.

Pero al pie del documento aparecía una nota manuscrita que no estaba dirigida a Daniel.

Estaba dirigida a alguien llamado Robert Whitmore.

El mismo apellido de la fundación que financiaba mi futuro.

Levanté la vista.

—Daniel, ¿quién es Robert Whitmore?

Mi hermano palideció.

Después cerró la puerta de la sala con llave.

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—Maya, hay algo sobre nuestra madre que nunca te he contado.

Y cuando abrió la carpeta por última vez, comprendí que los dieciocho mil cuatrocientos dólares podían ser apenas una pequeña parte de lo que realmente había ocurrido.

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