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Chapter 6: El certificado de defunción imposible

David leyó el informe tres veces.

La agente Bennett había recibido una copia digital del expediente original de Richard Vance, junto con los documentos que el equipo investigador había localizado en un archivo privado relacionado con la empresa familiar.

El certificado de defunción llevaba la firma del doctor Samuel Pierce.

Según los registros médicos, Pierce había muerto dos años antes del supuesto infarto de Richard.

—Esto no puede ser real —murmuró David.

—Estamos verificando la autenticidad del documento —respondió Bennett—. Pero la firma coincide con otros certificados que se atribuyen al mismo médico después de su muerte.

—¿Cuántos?

La agente vaciló.

—Al menos cuatro.

David sintió que se le revolvía el estómago.

—¿Y quiénes son las otras personas?

—Todavía no tenemos todos los nombres. Dos de los expedientes están relacionados con propiedades de Arizona. El tercero pertenece a una persona cuya identidad está protegida por una orden judicial antigua.

David volvió a mirar el documento.

Su padre había muerto seis años atrás. Durante todo ese tiempo, David había aceptado la versión oficial porque no había tenido motivos para cuestionarla.

Ahora, cada recuerdo parecía sospechoso.

La llamada que Elena había recibido poco antes de anunciar la muerte.

El hecho de que su hermana hubiera insistido en encargarse del funeral.

La rapidez con la que se habían vendido algunas propiedades.

Y aquella caja negra que alguien quería recuperar antes de medianoche.

—Tenemos que encontrarla —dijo.

—Ya hemos solicitado la orden para abrirla.

—No podemos esperar.

—No voy a permitir que entre en una situación peligrosa por su cuenta.

David la miró con desesperación.

—Mi hija está siendo vigilada. Mi hijo acaba de salir de una habitación donde lo mantuvieron cautivo durante catorce meses. Y alguien falsificó la muerte de mi padre. ¿Cuánto más quiere que espere?

La agente no apartó la mirada.

—Quiero que siga vivo para poder proteger a sus hijos.

Aquellas palabras hicieron que David se callara.

Bennett tenía razón.

Si actuaba impulsivamente, podía poner en peligro a Maya y Leo.

Aceptó esperar mientras los investigadores preparaban el procedimiento para examinar la caja.

Pero había una cosa que no podía dejar de pensar.

Si su padre había sido asesinado, ¿por qué alguien había esperado seis años para utilizar la desaparición de Leo como parte de un plan?

La respuesta llegó desde una habitación del hospital.

Sarah había solicitado hablar con él.

La agente Bennett le advirtió que no tenía obligación de aceptar. David, sin embargo, necesitaba escuchar lo que su esposa sabía.

La encontró sentada en una sala de entrevistas, con las manos esposadas sobre la mesa. Había perdido el aspecto impecable que siempre cuidaba con tanto esmero. Tenía el cabello recogido de cualquier manera y los ojos hinchados.

Cuando David entró, Sarah se puso de pie.

—Gracias por venir.

Él permaneció junto a la puerta.

—Habla.

Sarah bajó la mirada.

—No espero que me perdones.

—Bien.

Ella tragó saliva.

—La primera vez que vi al hombre del anillo fue tres semanas antes de que Leo desapareciera.

David sintió que algo se tensaba dentro de él.

—¿Dónde?

—En la antigua casa de tu padre. Elena me pidió que la acompañara porque tenía que recoger unos documentos. Cuando llegamos, el hombre estaba en el despacho de Richard.

—¿Quién era?

—Nunca me dijo su nombre verdadero. Elena lo llamaba Michael.

David recordó al policía Daniel Brooks y el anillo que llevaba. El nombre parecía perseguirlo a través de cada pieza del misterio.

—¿Qué hacía allí?

Sarah se frotó las manos.

—Discutía con Elena por una caja. Tu padre había descubierto que alguien llevaba años sacando dinero de las cuentas familiares. Había reunido pruebas y quería entregárselas a un abogado.

—¿Qué cuentas?

—Las de la fundación familiar. Elena era responsable de administrarlas. Había transferencias que no podía justificar.

David cerró los ojos.

La fundación había financiado becas escolares y programas para niños de familias con pocos recursos. Su padre la había creado después de la muerte de su hermano.

Si el dinero había sido desviado, no se trataba solamente de una disputa entre hermanos.

Había personas que dependían de aquella ayuda.

—¿Mi padre descubrió que Elena estaba robando?

Sarah asintió.

—Pero no quería denunciarla inmediatamente. Le dio una oportunidad para devolver el dinero. Elena dijo que necesitaba tiempo. Michael insistió en que la única solución era hacer desaparecer los documentos.

David se inclinó sobre la mesa.

—¿Y qué ocurrió después?

Sarah empezó a llorar.

—Dos días más tarde, tu padre murió.

David sintió una rabia tan intensa que tuvo que apartarse.

—¿Viste a Elena hacerle algo?

—No. Pero cuando llegué a la casa después de su muerte, ella tenía la caja negra. Me dijo que todo había terminado.

—¿Por qué no me lo contaste?

Sarah levantó la cabeza.

—Porque Elena me enseñó fotografías de Maya saliendo de la escuela. Fotografías de ti entrando al trabajo. Sabía dónde vivíamos, qué horarios teníamos y quién cuidaba a los niños. Me dijo que, si hablaba, alguien iba a lastimarlos.

—¿Y por eso secuestraste a nuestro hijo?

Sarah cerró los ojos.

—Al principio, solo tenía que llevarlo a un lugar seguro. Elena me dijo que había descubierto un plan para llevárselo y que necesitaba esconderlo temporalmente. Me prometió que lo recuperaríamos en unos días.

David la miró con incredulidad.

—¿Y aceptaste?

—Pensé que estaba protegiéndolo.

—¿Cuándo supiste la verdad?

Sarah tardó tanto en responder que David comprendió que aquella era la pregunta que más temía.

—La primera noche.

El silencio cayó entre ellos.

—¿Qué pasó esa noche?

Sarah se llevó las manos al rostro.

—Cuando llegué a la casa de Elena, Leo estaba encerrado en una habitación debajo del piso. Había una cerradura por fuera. Él gritaba y pedía volver contigo. Yo intenté sacarlo, pero Michael me dijo que si abría la puerta, tú morirías.

David sintió náuseas.

—¿Y te marchaste?

—Me quedé con él durante horas. Le llevé comida, una manta y agua. Le dije que era temporal. Después Elena me ordenó que me fuera.

—¿Y volviste a casa para fingir que no sabías nada?

Sarah asintió, incapaz de mirarlo.

David sintió que algo dentro de él se apagaba.

—Durante catorce meses te abracé mientras llorabas por nuestro hijo.

—Lo sé.

—Me escuchaste suplicar que regresara.

—Lo sé.

—Y cada vez que te pregunté si estaba vivo, me mentiste.

Sarah empezó a sollozar.

—Sí.

David se apartó de la mesa.

No había ninguna explicación que pudiera borrar lo que había hecho. Incluso si las amenazas eran reales, Sarah había elegido mantener a su hijo encerrado y permitir que su marido creyera que había desaparecido.

Pero antes de salir, recordó la frase que Leo había repetido.

Ella no fue la primera persona que me encerró aquí.

David se volvió.

—¿Quién construyó la habitación debajo de la casa de Elena?

Sarah levantó la cabeza de golpe.

—No fue Elena.

—¿Quién, entonces?

—Michael. Pero no fue el único lugar donde mantuvieron a Leo.

David se acercó lentamente.

—¿Qué significa eso?

Sarah miró hacia la cámara de seguridad situada en una esquina del techo.

Después bajó la voz.

—Antes de traerlo a Sedona, lo mantuvieron en una casa al norte de Flagstaff. Allí había otros niños.

David sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—¿Otros niños?

—Nunca los vi. Solo escuchaba sus voces durante la noche. Michael decía que eran hijos de personas que habían descubierto algo que no debían saber.

David se quedó sin palabras.

Sarah deslizó una pequeña hoja de papel sobre la mesa.

—Anoté la dirección antes de que destruyeran la casa. No se la di a Elena porque sabía que la usaría para borrar cualquier rastro.

David tomó el papel.

Había una dirección rural, un número de carretera y una fecha escrita debajo.

La fecha correspondía a la semana en que su padre había muerto.

—¿Por qué me das esto ahora?

Sarah lo miró con los ojos llenos de lágrimas.

—Porque anoche recibí una llamada.

—¿De quién?

—De Michael.

David apretó el papel.

—Creía que ese hombre estaba muerto.

—Eso es lo que Elena me dijo. Pero anoche escuché su voz. Me dijo que Leo había hablado y que tú ibas a encontrar la caja negra.

David sintió que el mundo se estrechaba a su alrededor.

—¿Qué más dijo?

Sarah empezó a temblar.

—Dijo que si abrías la caja, descubrirías que Richard no era el único miembro de la familia que habían enterrado vivo.

David retrocedió.

—¿Qué significa eso?

Sarah negó con la cabeza.

—No lo sé. Pero después me dijo algo que no he podido olvidar.

—¿Qué?

Ella lo miró directamente a los ojos.

—Me dijo que tu padre sigue esperando que alguien lo encuentre.

La puerta de la sala se abrió antes de que David pudiera responder.

La agente Bennett entró con un teléfono en la mano.

—Señor Vance, acabamos de recibir noticias del equipo que está examinando la propiedad de su familia.

David se volvió.

—¿Encontraron la caja?

—Sí. Y hay algo dentro que necesita ver.

La agente le mostró una fotografía.

Era una imagen antigua de Richard Vance sentado detrás de su escritorio, tomada aparentemente pocos días antes de su muerte.

A su lado estaba Elena, mucho más joven.

Y detrás de ellos, parcialmente oculto por una cortina, había un niño de unos ocho años.

David sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

El niño tenía sus mismos ojos.

Su misma sonrisa.

Y una pequeña cicatriz sobre la ceja izquierda.

La misma cicatriz que David tenía desde la infancia.

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Al dorso de la fotografía, alguien había escrito una frase.

*«El primer hijo de Richard Vance nunca murió».*

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