Chapter 7: La hija que iban a convertir en culpable
Marcus volvió a leer el nombre de Jasmine.
Jasmine Reed.
Debajo aparecía el número de una cuenta bancaria, una fecha de ejecución prevista para la mañana siguiente y una referencia que mencionaba el contrato de inversión de Sterling Development.
—Esto no puede ser real —murmuró Marcus.
Jasmine le arrebató la hoja, la examinó y negó con la cabeza.
—Esa no es mi cuenta bancaria.
—¿Estás segura? —preguntó Vanessa.
La joven levantó los ojos, indignada.
—¡Claro que estoy segura! Nunca he tenido una cuenta con ese número.
Marcus se acercó al tocador y extendió todos los documentos sobre la superficie de madera. Había transferencias, contratos, autorizaciones y copias de firmas. Ahora empezaba a ver una estructura detrás del caos: alguien había utilizado el nombre de Jasmine para justificar movimientos financieros y preparar una operación que todavía no se había completado.
—Necesitamos averiguar quién abrió esa cuenta —dijo—. Y, sobre todo, quién tiene acceso a ella.
Vanessa se abrazó a sí misma.
—Robert podría haberla abierto utilizando los documentos que yo le entregué.
Marcus levantó la cabeza.
—¿Qué documentos le entregaste?
Vanessa tragó saliva.
—Una copia del pasaporte de Jasmine, su número de identificación fiscal y algunos formularios que supuestamente eran necesarios para incorporarla al programa de la fundación.
Jasmine se quedó mirándola.
—¿Le entregaste mi pasaporte?
—Me dijo que era un requisito administrativo.
—¡Tenías mi información personal sin mi permiso!
—¡Intentaba conseguirte un puesto dentro de la fundación!
—No utilices mi futuro como excusa para lo que hiciste.
Marcus levantó una mano.
—Las dos tienen razón en algo. Vanessa, tomaste decisiones que no tenías derecho a tomar. Jasmine, vamos a concentrarnos en detener esta transferencia antes de que alguien utilice tu nombre para cometer otro delito.
Sacó su teléfono y llamó a Patricia Collins.
La directora financiera contestó inmediatamente.
—Marcus, acabo de revisar el registro de la solicitud para eliminar los archivos. Tengo información nueva.
—Yo también. Necesito que compruebes una cuenta bancaria vinculada a Jasmine Reed. Hay una transferencia programada para mañana por un millón doscientos mil dólares.
Patricia guardó silencio.
—¿Un millón doscientos mil?
—Sí. Sterling Development aparece en los documentos, pero la cuenta beneficiaria está registrada a nombre de Jasmine. Ella asegura que no le pertenece.
—Dame unos minutos. Voy a revisar los registros disponibles.
Marcus esperó, mirando a su hija. Jasmine había dejado de llorar. Tenía la mandíbula apretada y las manos temblorosas, pero ya no parecía una joven intentando defenderse de una acusación familiar.
Parecía alguien que acababa de comprender que su identidad podía ser utilizada para destruirle la vida.
Patricia regresó a la llamada.
—Marcus, encontré una referencia a esa cuenta en el sistema de pagos. No puedo confirmar todos los datos del titular desde aquí, pero la solicitud se generó mediante el perfil administrativo de tu empresa.
—¿Quién la generó?
—Las credenciales corresponden a Daniel Brooks.
Vanessa soltó un suspiro tembloroso.
—Dios mío...
Marcus no apartó el teléfono de su oído.
—¿La transferencia ya está autorizada?
—Está programada, pero todavía no se ha liquidado. Hay una segunda aprobación pendiente.
—¿A nombre de quién?
Patricia hizo una pausa.
—Del presidente de la empresa.
Marcus sintió un frío profundo en el estómago.
—¿De mí?
—Sí. El sistema exige tu autorización para una operación de esa cantidad.
—Yo no he aprobado nada.
—Entonces alguien debe de estar intentando obtenerla por otro medio. Voy a bloquear la solicitud de manera preventiva y contactar al departamento de cumplimiento.
—Hazlo. Conserva cada registro y no elimines absolutamente nada.
—Entendido.
Cuando terminó la llamada, Marcus dejó escapar el aire lentamente.
Habían encontrado la transferencia antes de que se ejecutara. Sin embargo, todavía no sabían por qué Daniel quería que el dinero apareciera en una cuenta vinculada a Jasmine.
—Quizá quieren que parezca que tú recibiste el dinero y después se lo entregaste a ella —dijo Vanessa.
Marcus la miró.
—¿Por qué dices eso?
—Porque Daniel me explicó que, si alguien investigaba las primeras transferencias, los documentos mostrarían que yo había actuado bajo tus instrucciones. Pero también me dijo que necesitábamos una operación final para cerrar las cuentas.
Jasmine se puso pálida.
—¿Y qué iba a pasar conmigo?
Vanessa comenzó a llorar otra vez.
—No lo sé.
—¡Sí lo sabes! —gritó Jasmine—. Sabías que estaban utilizando mi nombre.
Sabías que los documentos eran falsos. ¿Nunca preguntaste por qué necesitaban transferir un millón doscientos mil dólares a una cuenta que supuestamente era mía?
Vanessa bajó la mirada.
—Me dijeron que el dinero estaría protegido. Que, después de cerrar la operación, podrían devolverlo a la empresa y corregir los documentos.
—Eso no responde mi pregunta.
Vanessa apretó los labios.
—No quería saber más de lo necesario.
Marcus sintió una decepción que ninguna cifra podía medir.
—Preferiste no hacer preguntas porque las respuestas podían obligarte a asumir las consecuencias.
Vanessa no lo negó.
En ese momento, el teléfono de Jasmine vibró.
Un mensaje de un número desconocido apareció en la pantalla.
«Deja de buscar documentos. Si tu padre sigue investigando, mañana todos sabrán que tú recibiste el dinero».
Jasmine sintió que se le entumecían los dedos.
—Papá...
Marcus tomó el teléfono y leyó el mensaje.
—No respondas.
Otro mensaje llegó inmediatamente.
«Tenemos las firmas. Tenemos la cuenta. Tenemos pruebas suficientes para demostrar que participaste».
Jasmine se apartó de su padre.
—¿Y si tienen algo más? ¿Y si alguien utilizó mis documentos para abrir esa cuenta y también creó correos electrónicos a mi nombre?
—Entonces tendremos que demostrar que no fuiste tú.
—¿Y si no me creen?
Marcus guardó el teléfono sobre la mesa.
—Yo te creo.
Jasmine lo miró con lágrimas nuevas en los ojos.
—¿Ahora sí?
La pregunta lo golpeó directamente en el pecho.
Marcus recordó la cena, las acusaciones de Vanessa y todas las veces que había defendido a su esposa antes de escuchar a su hija. Recordó cómo había confundido la obediencia con el respeto y el silencio con la inocencia.
—Debí creerte desde el principio —dijo—. No puedo cambiar lo que hice esta noche, pero no voy a volver a dejarte sola frente a esto.
Jasmine apartó la mirada, incapaz de responder.
Vanessa observó a ambos y comprendió que había perdido algo que quizá nunca podría recuperar: la confianza de su hija y el respeto de su esposo.
Pero antes de que pudiera decir una palabra, el teléfono de Marcus comenzó a sonar.
Era Daniel Brooks.
Marcus contestó y activó el altavoz.
—Daniel.
—Marcus, por fin. Llevo toda la noche intentando localizarte. Patricia me dijo que estás haciendo preguntas sobre algunas transferencias.
Marcus intercambió una mirada con Vanessa.
—Tengo preguntas sobre un millón doscientos mil dólares que alguien pretende transferir mañana utilizando el nombre de mi hija.
Al otro lado de la línea hubo un silencio breve.
—Entiendo tu preocupación —respondió Daniel—, pero esa operación forma parte de una estrategia que aprobaste hace meses.
—Yo no aprobé nada.
—Tengo el documento con tu firma.
—Entonces tienes un documento falsificado.
Daniel dejó escapar un suspiro.
—Marcus, escúchame. Si empiezas a acusar a personas sin conocer todos los hechos, puedes poner en peligro tu empresa y a tu familia.
—Mi familia ya está en peligro.
—Precisamente por eso te estoy llamando. Mañana por la mañana necesito que vengas a la oficina. Hay algo que debes ver personalmente antes de tomar una decisión.
—Puedes enviármelo ahora.
—No. Es demasiado delicado.
Marcus apretó el teléfono.
—¿Qué hay en ese documento, Daniel?
La respuesta llegó después de una pausa inquietante.
—La autorización original de la transferencia final. Y hay una firma que no pertenece ni a Vanessa ni a Jasmine.
Marcus se quedó inmóvil.
—¿De quién es?
Daniel bajó la voz.
—De alguien que lleva años viviendo bajo tu techo.
La llamada terminó.
Marcus levantó lentamente la mirada hacia su esposa y su hija.
En la pantalla apareció una última notificación de Daniel.
*«Si quieres saber la verdad, pregúntale a Vanessa quién firmó el primer contrato».*
Vanessa se llevó una mano al pecho.
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Porque sabía perfectamente qué nombre aparecería cuando encontraran aquel documento.
Y también sabía que, una vez revelado, nada volvería a ser igual.