Chapter 6: La firma que podía destruirlos
Marcus permaneció mirando la pantalla de su teléfono, incapaz de apartar los ojos de aquella firma.
Era casi idéntica a la suya. La inclinación de la primera letra, la curva final y hasta la pequeña marca que dejaba cuando levantaba el bolígrafo parecían auténticas.
Pero él sabía que no lo eran.
—Esto es una falsificación —dijo.
Vanessa se dejó caer en la silla.
Jasmine se acercó para leer el documento por encima del hombro de su padre.
—¿Cuánto dinero es ese?
—Trescientos veinte mil dólares —respondió Marcus—. Y no salió de nuestra cuenta personal. Salió de Reed Logistics.
La empresa que había construido desde cero.
La empresa que daba empleo a más de cien personas y que había permitido que su familia viviera sin preocuparse por las facturas. Si alguien había utilizado sus cuentas para realizar transferencias no autorizadas, el problema ya no se limitaba a una discusión matrimonial.
Podía afectar a sus empleados, a sus socios y a su reputación.
—Tenemos que llamar a un abogado independiente —dijo Jasmine—. Alguien que no conozca a Robert ni a Daniel.
Marcus asintió.
—Tienes razón.
Vanessa levantó la cabeza.
—No puedes involucrar a desconocidos en esto. Si comienzas una investigación formal, los bancos congelarán las cuentas y la prensa terminará enterándose.
—¿Y qué propones? ¿Que sigamos fingiendo que no pasa nada?
—Podemos hablar con Daniel. Podemos llegar a un acuerdo.
Marcus la miró con incredulidad.
—¿Todavía quieres negociar con el hombre que pudo haber falsificado mi firma?
—No sabemos si lo hizo él.
—Entonces lo averiguaremos.
Vanessa se puso de pie y empezó a caminar de un lado a otro.
—¡No entiendes lo que estás arriesgando! Daniel tiene contactos en todas partes. Conoce a los inversionistas, a los directores del banco y a las personas que revisan los contratos. Si siente que lo estás acorralando, puede destruirnos antes de que consigamos demostrar nada.
—¿Cómo sabes tanto sobre lo que Daniel puede hacer? —preguntó Jasmine.
Vanessa se detuvo.
Su hija la observaba con una expresión distinta. Ya no había únicamente dolor en sus ojos. Había sospecha.
—Porque llevo seis meses intentando arreglarlo —respondió Vanessa.
—No. —Jasmine negó lentamente con la cabeza—. No me refiero a eso.
¿Cómo sabes que puede destruirnos? ¿Qué te ha contado?
Vanessa miró hacia la puerta.
Marcus siguió la dirección de sus ojos.
—¿Hay algo más que debamos saber?
Ella se pasó una mano por la frente.
—Daniel me dijo que tenía documentos que demostraban que tú habías aprobado algunas de las transferencias.
—¿Qué documentos?
—Copias de autorizaciones, correos electrónicos y actas de reuniones.
Marcus sintió una punzada de alarma.
—Yo nunca aprobé esas transferencias.
—Eso es lo que yo le dije.
—¿Y qué respondió?
Vanessa tragó saliva.
—Que, si tú negabas haberlas autorizado, él presentaría los documentos y dejaría que las autoridades decidieran quién estaba mintiendo.
Jasmine se apartó de su padre.
—Entonces mamá sabía que podían culparte.
Marcus volvió a mirar a Vanessa.
—¿Por eso me amenazaste con destruir nuestra familia si Jasmine hablaba? ¿Porque tenías miedo de que yo descubriera que alguien estaba preparando pruebas contra mí?
—¡Intentaba protegerte!
—No me protegiste. Me dejaste caminar hacia una trampa sin decirme que existía.
Vanessa comenzó a llorar, pero Marcus ya no podía distinguir cuánto de aquellas lágrimas provenía del arrepentimiento y cuánto del miedo a perder el control.
Se acercó a la ventana y llamó a su directora financiera, Patricia Collins.
Ella contestó después del tercer tono.
—Marcus, ¿todo está bien? —preguntó, sorprendida por la hora.
—Necesito que me respondas con absoluta sinceridad. ¿Has detectado transferencias irregulares en las cuentas de Reed Logistics?
Hubo una pausa.
—¿Te refieres a las operaciones relacionadas con Sterling Development?
Marcus cerró los ojos.
—Sí.
—Pensé que ya estabas al tanto.
—¿Al tanto de qué?
Patricia suspiró.
—Hace dos semanas envié un informe a Daniel. Encontramos varias transferencias que no coincidían con los contratos. Él me dijo que eran operaciones confidenciales aprobadas por ti y me pidió que no interrumpiera los pagos.
—¿Viste las autorizaciones?
—Sí. Había documentos con tu firma.
—Patricia, yo no firmé esos documentos.
Al otro lado de la línea reinó el silencio.
—Marcus, ¿estás seguro?
—Completamente.
—Entonces tenemos un problema mucho más grande de lo que pensaba.
Marcus apoyó una mano contra el cristal.
—Necesito copias de todos los documentos, registros de acceso y correos relacionados con esas transferencias. No modifiques nada y no contactes a Daniel sobre esta conversación.
—Entendido. Pero hay algo más.
—Dime.
—Ayer recibí una solicitud para eliminar varios archivos del servidor de contabilidad. La petición llegó utilizando tus credenciales.
Marcus sintió que la sangre se le helaba.
—¿Se eliminaron?
—No. El sistema bloqueó la solicitud porque requería una segunda autorización. Pero alguien intentó borrar el historial de las operaciones.
—¿Cuándo?
—A las nueve y diecisiete de la noche.
Marcus miró el reloj de su teléfono.
Vanessa había estado en casa a esa hora. Él también. Recordaba que habían cenado juntos y que ella había recibido varias llamadas mientras él revisaba unos documentos en su estudio.
—Envíame el registro completo —ordenó.
—Lo haré. Marcus, deberías hablar con un abogado antes de que alguien se dé cuenta de que has descubierto esto.
—Eso pienso hacer.
Colgó.
Durante unos segundos, nadie habló.
Jasmine fue la primera en romper el silencio.
—Papá, si alguien está intentando borrar los archivos, tenemos que actuar ahora.
Marcus asintió y comenzó a guardar copias de los documentos en una carpeta segura.
Vanessa observó sus movimientos.
—¿Qué vas a hacer conmigo?
La pregunta lo hizo detenerse.
A pesar de todo, seguía viendo a la mujer con la que había compartido casi tres décadas de vida. Recordaba sus primeras vacaciones, las noches en las que ambos se quedaron despiertos esperando noticias de Jasmine y las veces que Vanessa lo había acompañado cuando su negocio estuvo a punto de quebrar.
No podía borrar esos recuerdos.
Pero tampoco podía permitir que lo obligaran a cerrar los ojos.
—Voy a averiguar la verdad —respondió—. Y después decidiré qué significa para nuestro matrimonio.
Vanessa se limpió las lágrimas.
—Si Daniel descubre que estás investigando, podría venir aquí.
—Entonces será mejor que no encuentre a nadie dispuesto a mentir por él.
Jasmine tomó su teléfono y empezó a fotografiar cada página del sobre.
Mientras lo hacía, una hoja doblada cayó al suelo.
La recogió.
A diferencia de los demás documentos, aquella página no tenía membrete empresarial. Era una copia de un correo electrónico impreso, fechado seis meses atrás.
El remitente era Robert Hale.
El destinatario, Daniel Brooks.
Jasmine leyó las primeras líneas y sintió que el estómago se le encogía.
—Papá...
Marcus se acercó.
—¿Qué encontraste?
Ella le entregó la hoja.
El mensaje era breve, pero contenía una frase que cambió por completo el significado de todo lo que habían descubierto.
«Vanessa ya firmó los documentos de Jasmine. Cuando Marcus autorice la transferencia final, tendremos suficiente para cerrar la operación. Si se niega, utilizaremos las copias que preparamos para demostrar que él diseñó todo el esquema».
Marcus leyó la frase dos veces.
—¿Qué significa que yo autorice la transferencia final? —preguntó.
Vanessa se llevó ambas manos a la boca.
—Yo nunca vi ese correo.
Jasmine señaló la fecha.
—Fue enviado seis meses atrás. Dijiste que descubriste el problema hace seis meses. ¿No es así?
Vanessa asintió, temblando.
Marcus continuó leyendo.
Debajo del mensaje había una respuesta de Daniel.
«No te preocupes. Para cuando se dé cuenta, será demasiado tarde. Lo importante es que nadie sepa quién recibirá el último pago».
Marcus sintió que la habitación empezaba a girar a su alrededor.
Había estado buscando a la persona que recibió el dinero. Ahora comprendía que la transferencia final era mucho más importante que las anteriores.
Alguien había preparado una operación para que él pareciera el responsable.
Alguien había utilizado el nombre de su hija.
Y alguien había contado con que Vanessa mantuviera la boca cerrada.
—¿Dónde está la copia original de este correo? —preguntó Marcus.
Vanessa negó con la cabeza.
—No lo sé.
Jasmine revisó el sobre hasta encontrar una última hoja, pegada accidentalmente al reverso de una carpeta.
Era una lista de instrucciones para la transferencia final.
En la parte inferior aparecía una fecha: el día siguiente.
Y junto a ella, una cantidad que hizo que Marcus dejara de respirar por un instante.
Un millón doscientos mil dólares.
Pero lo más aterrador no era la cifra.
Era el nombre de la persona que debía recibir el dinero.
Jasmine levantó la vista hacia su padre.
—Papá, el beneficiario...
No pudo terminar.
Marcus tomó la hoja de sus manos.
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Y reconoció el nombre de alguien a quien jamás habría imaginado encontrar en el centro de aquella traición.
*Su propia hija, Jasmine Reed.*