Chapter 4: El hombre que afirmó ser el verdadero padre de Ethan
—Él tiene derecho a saber quién es su verdadero padre.
La voz masculina atravesó el pasillo como un disparo.
Ethan se quedó mirando la puerta abierta. Emma se aferró a mi brazo, mientras Elena cerraba la caja azul con manos temblorosas.
Yo tenía setenta y cinco años. Había enterrado a mi esposa, despedido amigos y sobrevivido a suficientes desgracias para saber que algunas verdades llegan demasiado tarde.
Pero nunca imaginé que alguien pudiera entrar en mi casa y decirle a mi hijo que yo no era su padre.
—¿Quién demonios eres? —preguntó Ethan.
El hombre apareció bajo la luz del porche.
Era alto, de cabello plateado y mandíbula cuadrada. Llevaba un abrigo oscuro empapado por la lluvia. Tendría unos sesenta y tantos años, aunque sus ojos transmitían una dureza que no correspondía a su edad.
Sophia estaba detrás de él, respirando agitadamente.
—Ethan, por favor, escúchalo —dijo ella—. No sabes lo que está pasando.
Mi hijo soltó una risa incrédula.
—¿Ahora quieres que escuche? ¿Después de verte fingir que mi padre te agredió?
—No sabía que la cámara estaba grabando.
—¡Eso no cambia lo que hiciste!
El desconocido levantó una mano.
—Mi nombre es Daniel Collins. Y creo que soy el único hombre en esta casa que puede explicar por qué tu madre pasó cuarenta años buscando a un hijo desaparecido.
Ethan lo miró con desprecio.
—¿Tú eres el hombre de Arizona?
Daniel asintió lentamente.
—Patricia era mi esposa.
Elena se llevó una mano a la boca.
—¿Patricia Collins? ¿La mujer que crió al otro bebé?
—Sí.
—¿Y dónde está ahora?
Daniel bajó la mirada.
—Murió hace tres años.
Por primera vez desde que había entrado, su voz perdió la dureza.
—Antes de morir, me confesó que había recibido a un bebé que no era suyo por nacimiento. Me entregó una carpeta con documentos que había guardado durante décadas.
Ethan se acercó.
—¿Quieres decir que soy ese bebé?
—No lo sé con absoluta certeza. Por eso vine.
—¿Y cómo encontraste esta casa?
Daniel miró a Sophia.
Ella se apresuró a responder.
—Yo lo contacté porque encontré los documentos de Margaret. Pensé que debía conocer la verdad.
—¿Y los ocho mil dólares que desaparecieron de mi habitación? —pregunté.
Sophia palideció.
—Richard, no mezcles las cosas.
—Entonces explícame por qué el hombre que acabas de traer a mi casa apareció justo cuando estábamos descubriendo una posible herencia.
Daniel se volvió hacia ella.
—¿Qué dinero?
Sophia apretó los labios.
—No importa.
—Sí importa —intervino Emma—. Mi padre perdió ocho mil dólares y tú fingiste que te había atacado para hacer que Ethan se pusiera en su contra.
Daniel la miró, sorprendido.
—¿Hiciste eso?
—¡No fue así! —protestó Sophia—. Richard llevaba meses escondiéndome información.
—¿Qué información? —preguntó Ethan.
Ella no respondió.
Daniel sacó una carpeta de cuero de su abrigo y la colocó sobre la mesa.
—No he venido por dinero. He venido porque encontré una carta dirigida a Richard y una copia del registro original del hospital. Hay algo en esos documentos que nadie ha visto todavía.
Me acerqué a la carpeta.
En la primera hoja aparecía la fecha del nacimiento de Ethan. Debajo había tres líneas, cada una con un código hospitalario diferente.
Tres expedientes.
Tres bebés.
Sentí que el corazón me golpeaba las costillas.
—Margaret tenía razón —susurró Elena—. No fue un error aislado.
Daniel abrió la segunda hoja.
—Patricia recibió un niño después de que le dijeran que su propio bebé había muerto durante el parto. Mi esposa estaba devastada. Había perdido un embarazo meses antes y los médicos le dijeron que probablemente nunca podría tener hijos.
—¿Entonces alguien le entregó un bebé ajeno? —preguntó Emma.
—Eso parece. Patricia creyó que todo se había hecho legalmente. Años después descubrió una discrepancia en los documentos, pero para entonces el niño era su mundo entero.
Ethan tragó saliva.
—¿Y qué pasó con el tercer bebé?
Daniel me miró.
—Eso es lo que no he podido averiguar.
Sophia comenzó a llorar otra vez.
Esta vez, sin embargo, nadie se acercó a consolarla.
—Yo solo quería ayudar a Ethan a conocer sus raíces —dijo.
—Entonces, ¿por qué me mentiste? —preguntó mi hijo.
—Porque sabía que tu padre nunca me dejaría acercarme a estos documentos.
—¡Los documentos son de mi madre! —exclamó Emma—. ¡Y papá jamás te impidió verlos!
Sophia apretó los puños.
—Ustedes no entienden. Hay cosas que Richard nunca les ha contado.
Me volví hacia ella.
—Si sabes algo, dilo.
Por primera vez, su expresión dejó entrever algo parecido al miedo.
—Tu esposa no solo dejó dinero, Richard. Dejó una cláusula. Si el hijo separado de la familia aparecía y se demostraba su identidad, la mayor parte de la herencia pasaría a él. Pero si ese hijo había muerto sin descendencia, el dinero quedaría para Ethan.
Ethan frunció el ceño.
—¿Y eso qué tiene que ver contigo?
Sophia bajó los ojos.
—Nuestra empresa está endeudada. Mucho más de lo que te he dicho.
Mi hijo se quedó inmóvil.
Durante años, Ethan había trabajado en una pequeña empresa de construcción que había fundado con un socio. Siempre me decía que las cosas iban bien. Nunca me pidió dinero directamente, aunque en los últimos meses había recibido varias llamadas que interrumpían nuestras conversaciones.
—¿Cuánto debes? —preguntó él.
—No lo sé exactamente.
—Sophia.
Ella se limpió las lágrimas.
—Doscientos setenta mil dólares.
Emma soltó un grito ahogado.
—¡¿Qué?!
Ethan retrocedió como si ella acabara de golpearlo.
—Me dijiste que habíamos pagado el préstamo.
—Intenté solucionarlo.
—¿Con qué dinero?
Sophia no contestó.
Daniel recogió la carpeta.
—Eso explica por qué me contactó. Me preguntó si existía alguna posibilidad de que Ethan recibiera una herencia.
—¡No tenía intención de robar nada! —gritó Sophia—. ¡Solo quería salvar nuestro matrimonio!
Ethan la miró con una tristeza que me dolió más que su ira anterior.
—¿Y por eso acusaste a mi padre de agredirte?
—Estaba desesperada.
—¿Y por eso desaparecieron ocho mil dólares?
Sophia comenzó a temblar.
No dijo que sí.
Tampoco dijo que no.
Daniel abrió otra hoja y la extendió frente a ella.
—Sophia, antes de que sigas hablando, deberías ver esto.
Era una copia de un correo electrónico enviado desde su dirección a una clínica privada de San Antonio. En el mensaje, alguien solicitaba información sobre una prueba de parentesco y preguntaba si era posible modificar los resultados antes de entregarlos a los interesados.
Ethan leyó el correo dos veces.
—¿Qué significa esto?
Daniel respondió sin apartar la mirada de Sophia.
—Significa que alguien intentó fabricar una prueba de ADN antes de que yo llegara aquí.
Sophia retrocedió hasta chocar con la pared.
—Yo no escribí eso.
—La dirección es tuya —dijo Ethan.
—¡Pudieron haberla usado sin mi permiso!
Elena cerró los ojos.
—Dios mío…
Daniel guardó el documento.
—No he venido a acusar a nadie. Pero hay otra cosa que deben saber.
Se volvió hacia Ethan.
—Patricia me dejó una muestra de ADN de su hijo. Si tú aceptas hacerte una prueba, podremos saber si existe parentesco.
Ethan miró a Daniel, después a mí.
Yo deseaba decirle que no necesitaba ninguna prueba para seguir siendo mi hijo. Pero comprendí que esa decisión le pertenecía.
—Hazla —dije—. Si llevamos cuarenta años viviendo entre mentiras, mereces conocer la verdad.
Ethan asintió.
Daniel guardó sus documentos y se preparó para marcharse.
Antes de cruzar la puerta, se detuvo.
—Richard, hay algo que no te he contado. La carta que Patricia dejó antes de morir tenía una instrucción muy clara. Me pidió que, si encontraba a Ethan, le preguntara una sola cosa.
—¿Qué cosa? —preguntó mi hijo.
Daniel lo miró fijamente.
—Si recuerda a una niña llamada Lily.
Ethan perdió el color del rostro.
Emma le apretó el brazo.
—¿Quién es Lily?
Mi hijo no contestó.
Se quedó mirando la lluvia, como si acabara de ver una escena enterrada en lo más profundo de su memoria.
Finalmente, susurró:
—No puede ser.
—¿Qué ocurre, hijo? —pregunté.
Ethan se volvió hacia mí.
—Papá, cuando tenía ocho años, mamá me llevó a un hospital. Me dijo que iba a conocer a una niña que había nacido el mismo día que yo.
Daniel dejó de respirar por un instante.
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Ethan continuó:
—La niña se llamaba Lily. Y antes de irnos, mamá me hizo prometer que jamás le contaría a nadie lo que había visto en aquella habitación.