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Chapter 6: El secreto que Ethan había ocultado

Durante unos segundos, pensé que había escuchado mal.

—¿Qué acabas de decir?

Patricia levantó la barbilla, recuperando parte de la seguridad que había perdido.

—Tu hijo sabe más de lo que te está contando.

—¿De qué documentos hablas?

—Pregúntaselo a él. Si de verdad confías tanto en Ethan, no deberías tener miedo de escuchar su versión.

No me dio tiempo a responder.

Se alejó por el pasillo y entró en nuestra habitación, cerrando la puerta detrás de ella.

Me quedé inmóvil, tratando de ordenar las piezas.

Hasta ese momento, había considerado a Ethan la persona que me había ayudado a descubrir las transferencias sospechosas. Pero Patricia acababa de introducir una duda que no podía ignorar.

¿Y si mi hijo había encontrado aquellos registros porque ya sabía que existían?

¿Y si había participado en alguna decisión que todavía no me había contado?

No quería creerlo.

Pero tampoco podía permitirme ignorar una posibilidad solo porque resultaba dolorosa.

Lo llamé.

—Necesito que regreses a casa.

—¿Pasó algo, papá?

—Sí. Tu madrastra dice que tu nombre aparece en los documentos relacionados con las transferencias.

El silencio al otro lado de la línea fue demasiado largo.

—¿Ethan?

—Voy para allá —respondió finalmente.

Llegó cuarenta minutos después.

Entró al despacho sin quitarse la chaqueta y dejó las llaves sobre el escritorio.

—¿Qué te dijo exactamente?

Se lo expliqué.

Ethan se sentó lentamente.

Durante un instante, pareció debatirse entre hablar o guardar silencio.

Finalmente abrió la computadora y buscó un archivo que no me había mostrado la noche anterior.

—Hay algo que debí contarte desde el principio —dijo.

Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza.

—Entonces empieza por ahí.

Ethan respiró hondo.

—Hace cinco meses, Patricia me pidió que revisara unos documentos relacionados con la empresa. Dijo que necesitaba ayuda para entender cómo funcionaban los fondos de inversión y que quería prepararse para el futuro.

—¿Y tú aceptaste?

—Sí. Pensé que quería organizar sus finanzas personales. Me enseñó una propuesta para crear una empresa de consultoría a nombre de Vanessa y me pidió que revisara las cifras.

Me quedé mirando a mi hijo.

—¿Sabías que esa empresa había recibido dinero de mi negocio?

—No. En aquel momento, los documentos que vi eran proyecciones financieras. No había transferencias ni facturas pagadas.

—¿Por qué no me lo contaste?

Ethan bajó la mirada.

—Porque Patricia me pidió que no lo hiciera.

La respuesta me dolió.

—¿Y aceptaste guardar ese secreto?

—Acepté no hablar de una propuesta financiera privada. No sabía que se estaba utilizando para mover dinero de la empresa. Si lo hubiera sabido, te lo habría contado.

Me levanté y caminé alrededor del escritorio.

—Ethan, no puedes decidir qué información relacionada con mi empresa debo conocer y cuál debo ignorar.

—Lo sé.

—No, creo que todavía no lo entiendes. No se trata únicamente del dinero. Se trata de que alguien puede utilizar la confianza de esta familia para hacer cosas a mis espaldas.

Ethan apretó las manos.

—Tienes razón. Debí decírtelo cuando Patricia me pidió que revisara los documentos.

Su respuesta no borró mi decepción, pero al menos no intentó justificarla.

Señaló la pantalla.

—Aquí está el archivo que encontré esta mañana. Es una propuesta de distribución de fondos. Patricia aparece como la persona que coordina el proyecto.

Vanessa figura como propietaria de la empresa. Y mi nombre aparece en una sección que dice «asesor financiero».

Leí el documento cuidadosamente.

—¿Firmaste esto?

—No. Nunca lo firmé. Patricia me pidió que revisara los números, pero jamás acepté convertirme en asesor de la empresa.

—¿Por qué aparece tu nombre?

—No lo sé.

La posibilidad de que alguien hubiera utilizado su identidad sin autorización me preocupó tanto como las transferencias.

Tomé fotografías de las páginas y se las envié a Richard Coleman. Después le pedí a Ethan que preparara una cronología de todo lo que recordaba, incluyendo los mensajes y los archivos que había recibido.

No quería acusar a nadie sin pruebas.

Pero tampoco iba a permitir que la familia se convirtiera en una excusa para evitar una investigación.

Esa tarde, Patricia me encontró en el despacho.

Esta vez no llevaba documentos.

Se sentó frente a mí y se quedó observando sus propias manos.

—Ethan te lo contó, ¿verdad?

—Me contó que le pediste revisar una propuesta financiera.

Ella asintió.

—Quería asegurar el futuro de Vanessa.

—¿Por qué necesitabas utilizar el nombre de mi empresa?

—No lo utilicé. Vanessa creó una pequeña compañía para ofrecer servicios de organización administrativa. La idea era que pudiera ganar su propio dinero.

—Entonces, ¿por qué hay transferencias de mi empresa hacia esa compañía?

Patricia levantó la mirada.

—Porque había gastos que debían cubrirse.

—¿Qué gastos?

—Desarrollo del negocio, asesoría, preparación de documentos...

—¿Dónde están los contratos que justifican esos pagos?

No respondió.

—¿Quién autorizó las transferencias, Patricia?

Ella se llevó una mano al rostro.

—No quería que esto terminara así.

—Entonces dime qué ocurrió.

Por primera vez, vi lágrimas en sus ojos.

Pero no supe si estaba contemplando arrepentimiento o miedo.

—Cuando nos casamos, me dijiste que Vanessa siempre tendría un lugar en tu vida —susurró—. Yo te creí. Pensé que, con el tiempo, dejarías de verla como la hija de otra persona.

—Nunca he dejado de ayudarla.

—Pero nunca la pusiste al mismo nivel que Ethan.

—Porque son dos personas diferentes, con circunstancias diferentes. Eso no significa que uno valga más que el otro.

Patricia negó con la cabeza.

—No lo entiendes. Vanessa siempre ha sentido que tiene que demostrar que merece estar aquí. Cada vez que Ethan habla de la empresa o de las propiedades, ella siente que su futuro depende de lo que tú decidas.

—Eso no te da derecho a utilizar mi dinero sin explicármelo.

—Yo quería evitar que se quedara sin nada.

La miré en silencio.

Entonces pronuncié la pregunta que llevaba horas atormentándome.

—¿Vanessa sabe que la empresa recibió ciento ochenta mil dólares?

Patricia cerró los ojos.

Su silencio fue suficiente para inquietarme.

—Contéstame.

—Vanessa sabe que creamos una empresa. Sabe que recibió fondos para empezar a trabajar. Pero no sabe todos los detalles de las transferencias.

—¿Y sabe que tú estás intentando cambiar mi testamento?

Patricia no respondió.

En ese momento, escuchamos pasos en el pasillo.

Vanessa apareció en la puerta del despacho. Tenía los ojos enrojecidos y llevaba el teléfono apretado entre las manos.

—Mamá —dijo con voz temblorosa—, necesito que me expliques algo.

Patricia se puso de pie.

—Cariño, ahora no es el momento.

—Sí, mamá. Ahora es el momento.

Vanessa miró hacia mí y después volvió los ojos hacia su madre.

—Acabo de recibir un correo del banco. Me están pidiendo documentos para verificar el origen de ciento ochenta mil dólares que entraron en mi empresa.

El rostro de Patricia quedó completamente inmóvil.

Vanessa tragó saliva.

—Y hay algo más. El banco dice que, si no puedo justificar esos fondos, podrían congelar la cuenta.

Después abrió el correo en su teléfono y lo dejó sobre mi escritorio.

Leí el primer párrafo.

Luego llegué a la sección donde se mencionaba el documento utilizado para autorizar una de las transferencias.

La firma que aparecía al final no era la mía.

Era la de Ethan.

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Y mi hijo, que estaba de pie junto a la ventana, palideció al verla.

—Papá —susurró—, yo nunca firmé eso.

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