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Chapter 5: Los ciento ochenta mil dólares

Ethan llegó a casa poco después de las seis.

Traía una computadora portátil, una carpeta gris y la expresión de alguien que había pasado demasiadas horas intentando convencerse de que estaba equivocado.

Nos sentamos en mi despacho, lejos del comedor donde Patricia y yo habíamos discutido.

Cerró la puerta antes de hablar.

—Papá, necesito que me prometas que no vas a sacar conclusiones precipitadas.

—Muéstrame los documentos.

Ethan abrió la computadora y giró la pantalla hacia mí.

En ella aparecía una serie de transferencias realizadas desde una cuenta vinculada a mi empresa de construcción. Todas estaban autorizadas bajo un código interno que yo utilizaba para aprobar determinados pagos.

El dinero había sido transferido a una compañía llamada V.H. Consulting.

La dirección comercial correspondía a una pequeña oficina virtual en Austin.

El nombre de la propietaria registrada era Vanessa Herrera.

Me quedé inmóvil.

—¿Desde cuándo existe esta empresa?

—Desde hace ocho meses.

—¿Ocho meses?

—Sí. Al principio pensé que era una empresa legítima que nos prestaba algún servicio. Pero revisé las facturas y no encontré contratos, entregas ni informes que justificaran los pagos.

Ethan señaló varias líneas en la pantalla.

—Aquí están las transferencias. Treinta mil dólares en enero. Cuarenta y cinco mil en marzo.

Otros pagos en mayo y junio. El total es de ciento ochenta mil.

Me froté la frente.

—¿Cómo se autorizaron?

—Con tus credenciales.

Aquello me preocupó más que el dinero.

Mis credenciales estaban protegidas y no se compartían con empleados externos. Patricia había tenido acceso a mi despacho en algunas ocasiones, pero nunca le había dado permiso para operar las cuentas de la empresa.

—¿Informaste al departamento de contabilidad?

—Todavía no. Quería hablar contigo primero.

Asentí lentamente.

—Hiciste bien. No quiero que acuses a nadie sin pruebas suficientes. Vamos a revisar los registros y después consultaremos con nuestro abogado.

Ethan cerró parcialmente la computadora.

—Papá, hay otra cosa.

Su tono me hizo levantar la mirada.

—¿Qué cosa?

—Encontré una carpeta de correo electrónico archivado. Hay mensajes entre mamá y una dirección asociada con esa empresa.

Sentí un frío repentino.

—¿Qué mensajes?

—No he leído todos. Pero uno menciona que el dinero debía utilizarse para asegurar el futuro de Vanessa antes de que se modificara el testamento.

Durante varios segundos, ninguno de los dos habló.

No sabía qué me dolía más: la posibilidad de que Patricia hubiera utilizado el dinero de mi empresa sin permiso o la sospecha de que la discusión sobre mi herencia hubiera sido parte de un plan más amplio.

—Enséñame ese mensaje —dije.

Ethan abrió el correo.

El remitente era Patricia.

El destinatario aparecía identificado como V.H. Consulting.

El asunto decía: «Plan de protección para Vanessa».

Leí el mensaje una vez.

Después volví a leerlo.

Patricia hablaba de crear una reserva económica independiente, de evitar que Vanessa dependiera de las decisiones futuras de Ethan y de asegurar que el dinero estuviera disponible antes de que yo formalizara mi testamento.

No había una confesión directa de fraude. Tampoco una explicación clara de los servicios supuestamente prestados por la empresa.

Pero la referencia a mi testamento era imposible de ignorar.

—¿Cuánto dinero recibió Vanessa personalmente? —pregunté.

—No lo sé. Solo puedo ver las transferencias a la empresa. Necesitaríamos registros adicionales para seguir el rastro.

Me levanté y caminé hasta la ventana.

Desde allí podía ver el jardín trasero, donde Vanessa solía sentarse con sus libros durante las tardes de verano. Recordé una ocasión en que me había abrazado después de aprobar un examen especialmente difícil.

«Gracias por creer en mí, Daniel», me había dicho.

Había sonado sincera.

Y quizá lo había sido.

El problema era que todavía no sabía qué parte de aquella historia pertenecía al cariño y qué parte a los intereses de su madre.

—No quiero que hables con Vanessa sobre esto todavía —le dije a Ethan—. Tampoco quiero que hagas cambios en los archivos. Vamos a conservar todo tal como está.

—¿Crees que mamá hizo algo ilegal?

—Creo que tenemos preguntas que merecen respuestas.

Ethan asintió, aunque su expresión seguía siendo sombría.

—Hay algo que necesito que entiendas, papá. No estoy haciendo esto porque tenga miedo de perder la herencia. Si decides dejarle dinero a Vanessa, es tu decisión. Lo que me preocupa es que alguien esté usando la empresa para conseguir algo que tú no has autorizado.

Aquellas palabras me conmovieron.

Mi hijo había pasado años trabajando para demostrar que merecía continuar con mi negocio. Sin embargo, no estaba defendiendo únicamente su futuro financiero. Estaba defendiendo mi derecho a tomar mis propias decisiones.

Le puse una mano en el hombro.

—Eso es precisamente lo que me preocupa a mí.

A la mañana siguiente, llamé a mi abogado, el señor Richard Coleman.

Le expliqué lo que habíamos encontrado y le pedí que revisara tanto las transferencias como los documentos sucesorios.

Su respuesta fue prudente.

—Daniel, no acuses a tu esposa ni a tu hijastra hasta que conozcamos todos los hechos. Una transferencia sospechosa no demuestra por sí sola quién la autorizó realmente ni qué ocurrió con el dinero.

—Lo entiendo.

—Mientras tanto, cambia tus credenciales, solicita una revisión independiente de las cuentas y conserva los registros originales. También quiero que revisemos los poderes y autorizaciones vinculados a tus bienes personales.

Acepté sus recomendaciones.

Pero antes de que pudiera colgar, Richard añadió algo que me dejó inquieto.

—Hay una cuestión más. ¿Tu esposa ha intentado que firmes algún documento recientemente?

Miré hacia la puerta del despacho.

—Ayer me presentó una modificación del testamento que beneficiaba a Vanessa.

Richard guardó silencio.

—¿Firmaste?

—No.

—Bien. Necesito que me envíes una copia. Y Daniel, no firmes ningún documento patrimonial hasta que lo hayamos revisado.

Cuando terminó la llamada, encontré a Patricia esperando en el pasillo.

Su mirada descendió hacia la carpeta gris que Ethan había dejado sobre el escritorio.

—¿Qué estás investigando? —preguntó.

No respondí inmediatamente.

—Transferencias de la empresa.

Su rostro perdió el color durante una fracción de segundo.

Fue tan rápido que otra persona quizá no lo habría notado.

Pero yo sí.

—¿Por qué? —preguntó ella.

—Hay pagos que no puedo identificar.

Patricia cruzó los brazos.

—¿Y ahora vas a interrogarme como si fuera una empleada deshonesta?

—No he dicho eso.

—Pero lo estás pensando.

La miré directamente.

—¿Sabes qué es V.H. Consulting?

Patricia no contestó.

Por primera vez desde que la conocía, parecía incapaz de encontrar una respuesta inmediata.

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Entonces miró hacia las escaleras y dijo algo que me hizo comprender que el problema era mucho más grande de lo que imaginaba.

—Daniel, antes de que sigas investigando, deberías preguntarle a Ethan por qué su nombre también aparece en esos documentos.

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