Chapter 9: La primera esposa de Daniel
A la mañana siguiente, Thomas consiguió localizar a Andrew Collins a través de un abogado que había trabajado con él.
Andrew aceptó reunirse con nosotros, pero puso una condición.
Quería que yo escuchara toda la historia antes de decidir si presentaría una denuncia formal.
Nos encontramos en una sala privada de un edificio de oficinas en el centro de Nashville. Andrew llegó con una carpeta de documentos y una fotografía enmarcada que sostuvo entre las manos durante varios segundos antes de colocarla sobre la mesa.
En la imagen aparecía una mujer de cabello castaño, ojos oscuros y una sonrisa amplia.
La reconocí inmediatamente.
Era la mujer de la fotografía que Daniel había guardado en su escritorio.
—Mi hermana se llamaba Rebecca —dijo Andrew—. Tenía treinta y cuatro años cuando murió.
No supe qué responder.
Andrew no parecía interesado en mi compasión. Parecía un hombre que llevaba demasiado tiempo esperando que alguien le creyera.
—Rebecca estuvo casada con Daniel durante cuatro años —continuó—. Se divorciaron después de una disputa financiera. Ella descubrió que él había solicitado préstamos utilizando documentos que ella no recordaba haber firmado.
Thomas se inclinó hacia adelante.
—¿Presentó una denuncia?
—Intentó hacerlo. Pero Daniel afirmó que ella había autorizado las operaciones y que todo formaba parte de una inversión conjunta.
Andrew abrió su carpeta.
—Mi hermana no tenía conocimientos financieros. Confiaba en él. Cuando descubrió la deuda, ya había varias cuentas vinculadas a su nombre.
Sentí una presión dolorosa en el pecho.
—¿Qué pasó después del divorcio?
Andrew miró la fotografía.
—Rebecca se mudó a otra ciudad. Consiguió trabajo, alquiló un apartamento y comenzó a reconstruir su vida. Pensaba que había dejado atrás a Daniel.
Hizo una pausa.
—Después recibió una notificación bancaria relacionada con un préstamo que nunca había solicitado. Su abogado estaba preparando una respuesta cuando murió en un accidente automovilístico.
La habitación quedó en silencio.
—¿Cree que Daniel tuvo algo que ver con su muerte? —pregunté.
Andrew me miró directamente.
—No tengo pruebas de eso. Y no voy a acusarlo de algo tan grave basándome en una sospecha. Lo que sí sé es que, después de su muerte, aparecieron movimientos financieros que nunca conseguimos explicar.
Thomas asintió.
—Entonces nos concentraremos en los documentos verificables.
Andrew sacó un sobre.
Dentro había copias de una antigua demanda civil, correspondencia bancaria y una declaración firmada por Rebecca antes de su muerte.
La declaración describía cómo Daniel había insistido en administrar sus cuentas, cómo le había pedido que firmara documentos sin explicarlos y cómo había utilizado una supuesta inversión inmobiliaria para justificar transferencias de dinero.
Cada página parecía repetir mi propia historia.
El mismo lenguaje.
Las mismas promesas.
La misma insistencia en que una esposa debía confiar en su marido.
—¿Por qué no me contactó antes? —pregunté.
Andrew bajó la mirada.
—Porque no sabía quién era usted hasta que encontré su nombre en los registros de Harrison Property Group. Cuando vi que había una mujer con el mismo apellido vinculada a las mismas operaciones, empecé a investigar.
—¿Y qué encontró?
—Que Daniel había repetido el patrón.
Deslizó una hoja hacia Thomas.
—Hace varios meses, alguien intentó transferir una parte de los fondos relacionados con la propiedad a una cuenta que había pertenecido a Rebecca.
Mi abogado examinó el documento.
—¿Quién inició la transferencia?
—La solicitud estaba vinculada a una empresa que Daniel había utilizado durante su matrimonio con mi hermana.
Me incliné para leer el nombre.
Blue Ridge Holdings.
Otra vez.
—¿Y por qué no se completó? —pregunté.
Andrew señaló una nota al margen.
—Porque la cuenta había sido congelada después de la muerte de Rebecca. El banco pidió documentación adicional y la operación quedó pendiente.
Thomas tomó fotografías de las páginas y anotó las referencias de los expedientes.
—Necesitamos solicitar los registros oficiales —dijo—. Esto puede demostrar un patrón de conducta, pero cada operación debe investigarse por separado.
Andrew asintió.
Después se volvió hacia mí.
—Hay algo que debería saber sobre Rebecca. Antes de morir, me dejó una carta.
Sacó una hoja doblada.
—Nunca la envié porque no sabía cómo encontrar a Daniel. Pero ahora creo que usted necesita leerla.
La carta estaba dirigida a una mujer cuyo nombre no aparecía en el encabezado.
Rebecca había escrito que temía que Daniel volviera a utilizar su identidad para conseguir dinero. También había mencionado a una persona que, según ella, conocía los detalles de las operaciones y había ayudado a organizar los documentos.
El nombre aparecía en la última línea.
Patricia Harrison.
Sentí que el estómago se me encogía.
La madre de Daniel no solo había participado en la operación que me estaba afectando.
Según la carta, también había ayudado a su hijo durante su primer matrimonio.
—¿Tiene pruebas de que Patricia sabía lo que estaba haciendo? —preguntó Thomas.
Andrew negó con la cabeza.
—Tengo esta carta y algunos mensajes antiguos. No puedo demostrarlo todo. Pero creo que ella sabe mucho más de lo que ha contado.
Thomas guardó los documentos.
—Nos ocuparemos de verificarlo.
Al salir de la reunión, mi teléfono vibró.
Era un mensaje de Daniel.
Necesito verte. Por favor. No quiero que esto termine así.
No respondí.
Un minuto después llegó otro.
Mi madre está dispuesta a contártelo todo. Pero tienes que venir sola.
Le mostré los mensajes a Thomas.
—No vaya —dijo inmediatamente—. Si necesita comunicarse con usted, que lo haga por medio de su abogado.
Pero entonces llegó una tercera notificación.
Era una fotografía de nuestra casa.
En la entrada había dos cajas de cartón y una maleta.
Debajo, Daniel había escrito:
Si quieres recuperar tus cosas, ven antes de que sea demasiado tarde.
Sentí que la rabia me subía por el cuello.
Nuestra casa estaba a mi nombre desde antes del matrimonio. Daniel vivía allí conmigo, pero eso no le daba derecho a amenazarme ni a utilizar mis pertenencias como instrumento de presión.
Thomas llamó a su oficina y pidió que documentaran el mensaje.
Después me recomendó que no regresara sola a la vivienda hasta que pudiéramos establecer una forma segura de recuperar mis objetos personales.
Acepté.
Sin embargo, antes de que termináramos la conversación, recibí una llamada de Robert.
—Elena, estoy en casa de Patricia —dijo—. Ha ocurrido algo.
Su voz sonaba agitada.
—¿Qué pasó?
—Daniel vino esta mañana. Discutieron por la transferencia de la propiedad. Después se fue llevándose una carpeta de documentos.
—¿Qué documentos?
Robert guardó silencio.
—Los originales de la empresa y los papeles del fideicomiso.
Me levanté de la silla.
—¿Por qué no lo detuvo?
—Lo intenté. Pero me dijo que tenía derecho a llevárselos.
—¿Y Patricia?
—Está aquí. No quiere hablar conmigo.
Escuché una puerta cerrándose al otro lado de la llamada.
Robert bajó la voz.
—Hay algo más. Encontré un sobre escondido detrás de un cajón del escritorio de Daniel. Creo que contiene documentos de Rebecca.
Mi corazón se aceleró.
—¿Qué documentos?
—No lo he abierto. Tiene tu nombre escrito en el exterior.
Thomas me hizo una señal para que activara el altavoz.
—Señor Harrison —dijo—, no manipule el sobre. Guárdelo en un lugar seguro y documente cómo lo encontró. Organizaremos la entrega de manera adecuada.
Robert aceptó.
Pero antes de colgar, añadió:
—Elena, hay una razón por la que Daniel está desesperado por recuperar esos papeles.
—¿Cuál?
—Porque anoche Patricia me confesó que la propiedad no era el único activo que intentaron poner a tu nombre.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué más hay?
Robert tardó en responder.
—Una póliza de seguro, una cuenta de inversión y una participación en una empresa que yo ni siquiera sabía que existía.
Thomas se quedó inmóvil.
—¿Quién figura como beneficiario de esos activos? —preguntó.
Robert respiró profundamente.
—Según Patricia, Daniel organizó todo para que, si Elena intentaba abandonar el matrimonio, pareciera que ella era la responsable de las deudas.
Miré a mi abogado.
Por primera vez, comprendí que no estábamos investigando una sola operación fraudulenta.
Estábamos reconstruyendo un sistema entero de mentiras.
Y todavía faltaba descubrir quién había diseñado la última parte.
Esa noche, Thomas recibió una copia digital del sobre que Robert había encontrado. El documento principal era una declaración preparada para presentarse ante un tribunal, con una lista de obligaciones financieras atribuidas a mi nombre.
Al final había una firma.
La mía.
Pero la fecha era imposible.
El documento estaba fechado dos semanas después de la muerte de Rebecca.
Y en el espacio reservado para los testigos aparecía el nombre de una persona que, según los registros oficiales, llevaba tres años muerta.
Thomas levantó la mirada.
—Elena, alguien no solo está falsificando firmas. También está utilizando documentos que podrían haber sido preparados antes de su fecha oficial.
Yo miré la pantalla.
Debajo de la declaración había una última página, parcialmente oculta por un sello.
Thomas amplió la imagen.
Era una autorización para transferir todos los activos de Harrison Property Group a una sociedad nueva.
La autorización estaba firmada por mí y por Daniel.
Pero el representante legal de la sociedad receptora no era Patricia.
Tampoco era Marcus Bell.
Era Andrew Collins.
El hermano de la primera esposa de Daniel.
Y, en el margen inferior, alguien había escrito a mano una frase que hizo que Andrew, al verla durante una videollamada, se llevara las manos a la cabeza.
Si Elena descubre la verdad, todo el dinero debe desaparecer antes de que pueda reclamarlo.
Andrew negó con la cabeza, horrorizado.
—Yo nunca firmé eso.
Thomas cerró el archivo y me miró.
—Entonces tenemos una pregunta que debemos responder antes de que se ejecute la transferencia.
—¿Cuál?
Mi abogado señaló el nombre de Andrew.
—¿Quién está utilizando su identidad para terminar lo que Daniel comenzó con Rebecca?
Y justo entonces, mi teléfono recibió una notificación del banco.
La transferencia de la propiedad había sido adelantada.
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Ya no estaba programada para la mañana siguiente.
Se ejecutaría en menos de una hora.