Chapter 8: El nombre de mi madre en los documentos
Llamé a mi madre desde el estacionamiento del despacho de Thomas.
Contestó al segundo timbrazo.
—¿Todo está bien, mi niña?
Intenté hablar, pero la voz no me salió.
—Elena, ¿qué pasó?
Le envié la fotografía del documento.
Durante casi un minuto, no escuché nada.
Después, mi madre susurró:
—¿De dónde sacaste eso?
Me apoyé contra la puerta del automóvil.
—Lo encontré en los documentos de la propiedad. Mamá, ¿alguna vez firmaste algo relacionado con un fideicomiso o una empresa llamada Morales Legacy Trust?
—No.
Su respuesta fue inmediata.
—¿Conoces a alguien llamado Marcus Bell?
—No.
—¿Le diste alguna vez a Daniel una copia de tu identificación?
El silencio que siguió me hizo cerrar los ojos.
—Hace dos años —respondió finalmente—. Me dijo que necesitaba verificar algunos documentos para agregarte como beneficiaria de una cuenta familiar. Yo estaba en el hospital después de mi operación y él se ofreció a ayudarme con el papeleo.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué documentos firmaste?
—No lo recuerdo con exactitud. Me llevó una carpeta y me señaló dónde tenía que firmar. Dijo que eran formularios del seguro.
Me llevé una mano a la boca.
Daniel no había empezado conmigo.
Había comenzado con mi madre.
Y había esperado hasta que todos confiáramos en él para convertir esa confianza en una puerta abierta.
—Mamá, necesito que busques cualquier documento que tengas de aquella época. No firmes nada más y no le contestes si te llama.
—¿Daniel hizo algo ilegal?
No quería asustarla, pero tampoco podía mentirle.
—Creo que utilizó nuestros datos sin autorización.
Escuché su respiración temblorosa.
—Elena, ¿qué está pasando?
—Todavía no lo sé todo. Pero voy a averiguarlo.
Después de colgar, regresé al despacho.
Thomas había recibido una copia más clara del documento. La firma electrónica de mi madre estaba acompañada por una declaración que afirmaba que ella había aportado capital al fideicomiso.
No era cierto.
Mi madre había trabajado treinta y dos años como auxiliar de enfermería. Había ahorrado para jubilarse modestamente, pagado su casa y ayudado a financiar mis estudios cuando yo era joven.
Nunca había tenido cientos de miles de dólares disponibles para invertir en propiedades.
—Esto podría ser un intento de hacer parecer legítimo el origen de los fondos —dijo Thomas—. Pero necesitamos establecer quién creó el fideicomiso, quién lo controla y qué documentos se utilizaron para abrirlo.
—¿Puede estar relacionado con la deuda de Patricia?
—Es posible. Todavía no podemos afirmarlo como un hecho.
Le pedí que contactara a las instituciones correspondientes y que incluyera la información de mi madre en el expediente de suplantación de identidad.
Después llamé a Marisol.
Nos reunimos esa misma tarde en una cafetería pequeña, lejos de los lugares donde Daniel solía llevar a su familia.
Marisol llegó con una memoria USB y una carpeta llena de notas.
—Encontré el fideicomiso hace tres meses —me explicó—. No entendía por qué aparecía tu apellido en una estructura que, supuestamente, estaba vinculada a inversiones de la familia Harrison.
—¿Por qué no me llamaste entonces?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Lo intenté. Daniel me amenazó con denunciarme por robar información de la empresa. Después descubrí que alguien había accedido a mi correo electrónico. Tenía miedo de que también estuvieran utilizando mis datos.
—¿Y qué hay en la memoria?
—Copias de los correos que encontré antes de renunciar. No pude conservar todos los documentos, pero sí los suficientes para mostrar cómo se movía el dinero.
Conectamos la memoria a la computadora de Thomas.
Había mensajes entre Daniel, Patricia y un contador externo. En ellos hablaban de la propiedad, las líneas de crédito y una serie de transferencias destinadas a cubrir obligaciones personales.
Pero el documento más importante era un archivo titulado Plan de recuperación familiar.
La primera página describía una estrategia para consolidar varias deudas bajo una estructura inmobiliaria.
La segunda incluía el nombre de Patricia.
La tercera mencionaba a Daniel.
Y la cuarta tenía mi nombre.
No aparecía como una víctima potencial.
Aparecía como la persona responsable de garantizar el préstamo.
—Esto es imposible —susurré.
Thomas amplió el archivo.
La supuesta autorización incluía una copia de mi firma y una declaración según la cual yo aceptaba responder por todas las obligaciones contraídas por la sociedad.
—¿Reconoces esta firma? —preguntó.
—Se parece a la mía, pero no es mi firma manuscrita.
—La comparación visual por sí sola no basta para demostrar falsificación. Necesitaremos el expediente original y posiblemente un análisis especializado.
Asentí.
Quería respuestas, no suposiciones.
Marisol abrió otro correo.
—Hay algo que no les había contado.
Thomas la miró.
—¿Qué cosa?
—El contador que preparó estos documentos renunció hace dos meses. Antes de irse, le envió un mensaje a Daniel diciendo que no estaba dispuesto a seguir participando en operaciones que pudieran perjudicar a personas ajenas a la empresa.
—¿Tenemos su nombre? —pregunté.
Marisol asintió.
—Se llama Andrew Collins. Trabajó con Daniel durante casi cuatro años.
Thomas anotó el nombre.
—Intentaremos localizarlo por los medios adecuados.
En ese momento, mi teléfono comenzó a sonar.
Era Patricia.
Miré la pantalla durante varios segundos antes de contestar.
—Elena, por fin —dijo con voz agitada—. Necesito que vengas a mi casa.
—¿Para qué?
—Hay un problema con la propiedad y Daniel está fuera de control.
—¿Qué problema?
—No puedo explicarlo por teléfono. Por favor, ven. Soy su madre.
Casi me reí.
Durante años, aquella frase había servido para justificar cualquier cosa que hiciera Daniel.
Su madre necesitaba dinero.
Su madre necesitaba compañía.
Su madre estaba enferma.
Su madre había tenido un día difícil.
Y ahora, cuando la verdad comenzaba a salir a la luz, esperaba que yo volviera a ser la mujer que resolvía los problemas sin hacer preguntas.
—No voy a ir sola a ninguna parte —respondí—. Si tienes información, puedes hablar con mi abogado.
—¡No entiendes lo que está pasando! —gritó—. Si esa transferencia no se realiza mañana, perderemos todo.
—¿Todo qué?
Patricia se quedó callada.
—¿Cuánto dinero debes, Patricia?
Su respiración se volvió irregular.
—Eso no importa ahora.
—Para mí sí importa. Porque parece que utilizaste mi nombre y el de mi madre para cubrir tus deudas.
—¡Yo no falsifiqué ninguna firma!
La respuesta llegó demasiado rápido.
—No te pregunté si falsificaste una firma. Te pregunté si utilizaste nuestros datos.
Patricia empezó a llorar.
—Daniel me dijo que tú estabas de acuerdo.
—¿Y le creíste?
—Es mi hijo.
Cerré los ojos.
—Yo era su esposa.
Ninguna de las dos habló durante varios segundos.
Finalmente, Patricia susurró:
—Elena, hay algo que debes saber sobre tu madre.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Qué cosa?
—Ella no fue la primera persona cuyo nombre utilizamos.
Me quedé helada.
—¿Qué significa eso?
Patricia soltó un sollozo.
—Antes de conocerte, Daniel ya había utilizado la identidad de otra mujer para conseguir un préstamo. Yo lo ayudé a resolverlo. Pensé que había aprendido la lección.
Thomas, sentado frente a mí, levantó la mirada.
—¿Quién era esa mujer? —pregunté.
Patricia tardó en responder.
—Su primera esposa.
Sentí que la cafetería desaparecía a mi alrededor.
Daniel nunca me había dicho que había estado casado.
Me había contado que tuvo una relación seria antes de conocerme, pero que nunca llegó a comprometerse con nadie.
—Daniel nunca estuvo casado antes de mí —dije.
—Eso fue lo que él te dijo.
Patricia respiró profundamente.
—Pero sí estuvo casado. Y esa mujer perdió su casa después de que él utilizara sus datos para conseguir dinero.
Miré a Thomas.
Él ya estaba tomando notas.
—¿Cómo se llama? —pregunté.
Patricia cerró los ojos.
—Rebecca Collins.
La misma mujer que había aparecido en una vieja fotografía que encontré años atrás en el escritorio de Daniel.
En aquella ocasión, él me había dicho que era una prima lejana.
Y yo le había creído.
—¿Dónde está ahora? —pregunté.
Patricia susurró una respuesta que cambió el rumbo de todo.
—Murió hace cuatro años.
La llamada terminó minutos después.
No sabía si Patricia había colgado o si se había quedado sin batería.
Solo sabía que mi esposo tenía un pasado del que nunca me había hablado y que otra mujer había sufrido las consecuencias de confiar en él.
Thomas cerró la computadora.
—Necesitamos localizar los registros de ese matrimonio y comprobar la historia. No podemos asumir que Patricia está diciendo toda la verdad.
Tenía razón.
Pero cuando Marisol abrió uno de los correos antiguos y leyó la fecha de nacimiento de Rebecca, sentí que la sangre se me helaba.
Rebecca Collins no era una desconocida.
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Era la hermana mayor de Andrew Collins, el contador que había renunciado a la empresa de Daniel.
Y, según un mensaje que acabábamos de encontrar, Andrew llevaba meses buscando a alguien que pudiera demostrar que la muerte de su hermana no había sido un accidente.