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Chapter 4: El secreto que Edward se llevó a la tumba

Elena Robles no apartó la mirada de la fotografía que Claire había enviado.

—Margaret, necesito que me respondas algo con toda sinceridad —dijo—. ¿Tu esposo alguna vez habló contigo sobre dejar la administración de sus bienes en manos de otra persona?

Negué lentamente con la cabeza.

—Edward confiaba en mí. Cuando enfermó, revisamos nuestros documentos juntos. Nunca me dijo que hubiera firmado algo que pudiera poner mi casa en manos de alguien más.

Thomas Bennett examinó otra vez la imagen.

—La fotografía muestra una referencia a un anexo, pero no tenemos el documento completo. Podría tratarse de una cláusula condicionada a circunstancias específicas. También podría ser una copia incompleta o un documento que haya sido modificado. Necesitamos verificarlo.

Daniel permanecía junto a la ventana, mirando su teléfono.

—Claire dice que encontró esto entre los papeles de su padre —murmuró.

Me volví hacia él.

—¿Tu padre? ¿Qué tiene que ver tu padre con los documentos de Edward?

Daniel levantó la cabeza.

—No, mamá. Me refiero a mi suegro. El papá de Claire.

Sentí que algo no encajaba.

—¿Y por qué tu suegro tendría documentos de nuestra casa?

Daniel no respondió.

Elena extendió la mano.

—¿Puedes preguntarle dónde encontró el original?

Mi hijo escribió un mensaje. Esperamos casi cinco minutos antes de recibir una respuesta.

Mi papá me entregó una caja de documentos cuando vendió su oficina. Había papeles que podían estar relacionados con la familia de Daniel. No quiero discutir esto por mensajes.

Leí las palabras dos veces.

El padre de Claire, Richard Collins, había sido un empresario inmobiliario durante décadas. Lo había conocido en la boda de mi hijo y en un par de reuniones familiares. Siempre había sido amable conmigo, aunque hablaba de dinero con una seguridad que a veces me resultaba incómoda.

Una vez, mientras cenábamos, me había preguntado cuánto valía nuestra casa.

Edward había contestado antes que yo.

—Vale mucho para nosotros, Richard. Eso es lo importante.

Richard se había reído.

—Todo tiene un precio, Edward.

Mi esposo no volvió a hablarle durante el resto de la cena.

En aquel momento pensé que simplemente no le había gustado el comentario.

Ahora aquella conversación regresaba a mi memoria con una claridad inquietante.

—Quiero hablar con Richard —dije.

Elena negó con la cabeza.

—Primero debemos conseguir el documento completo y verificar su procedencia. No conviene alertar a nadie sin saber exactamente qué tenemos delante.

—¿Y si están intentando aprovecharse de mí?

—Entonces tendremos que reunir pruebas. Pero no vamos a adelantarnos a los hechos.

Me costó aceptar su consejo.

Durante cuatro años había conservado la imagen de Edward como la de un hombre honesto, trabajador y transparente. La posibilidad de que hubiera firmado algo sin decírmelo me hacía sentir que estaba perdiendo otra parte de él.

Cuando los abogados se marcharon, subí al dormitorio y abrí el armario donde guardaba sus pertenencias.

Todavía conservaba sus camisas en una caja, junto con una gorra de los Spurs, un reloj que dejó de funcionar durante su última hospitalización y una pequeña libreta de cuero.

La libreta contenía números de teléfono, fechas de citas médicas y anotaciones sobre reparaciones de la casa.

La hojeé hasta encontrar una página escrita pocos meses antes de su muerte.

Había tres palabras subrayadas.

*Hablar con Richard.*

Debajo aparecía una fecha.

Era de apenas dos semanas antes de que Edward fuera hospitalizado por última vez.

Me senté en la cama.

¿Por qué mi esposo habría necesitado hablar con el padre de Claire?

Busqué el número de Richard en mi teléfono, pero no lo llamé. En su lugar, fotografié la página y se la envié a Elena.

La respuesta de mi abogada llegó casi inmediatamente.

Guarda la libreta en un lugar seguro. No hagas anotaciones sobre el original ni arranques ninguna página.

Guardé la libreta en el cajón de mi mesita.

Entonces recordé algo más.

Unos meses antes de morir, Edward había recibido varias llamadas que interrumpían nuestras cenas. Siempre salía al porche para contestarlas. Cuando le preguntaba quién era, respondía que se trataba de asuntos pendientes.

Yo estaba demasiado ocupada cuidándolo para insistir.

Después de su muerte, había encontrado una factura de almacenamiento entre sus papeles, pero la dirección estaba incompleta. Supuse que se trataba de un servicio que había cancelado años atrás y guardé el recibo sin darle importancia.

Me levanté y comencé a buscar entre las cajas del armario.

Encontré recibos médicos, documentos del seguro y tarjetas de condolencias.

Finalmente, detrás de una carpeta azul, apareció el recibo.

La empresa se llamaba Lone Star Storage.

El documento indicaba que Edward había alquilado una unidad pequeña durante seis meses. El último pago se había realizado apenas unos días antes de morir.

¿Por qué mi esposo habría alquilado un espacio de almacenamiento sin decírmelo?

Llamé a Elena.

—Encontré un recibo de una unidad de almacenamiento. Creo que podría estar relacionado con los documentos.

—No vayas sola —respondió—. Voy a comprobar qué información podemos obtener legalmente. Si la unidad sigue existiendo y tienes derecho a acceder a ella, organizaremos una visita.

Aquella noche, Daniel se sentó conmigo en el comedor.

Parecía haber envejecido diez años en un solo día.

—Mamá, hay algo que necesito decirte.

Dejé mi taza sobre la mesa.

—Te escucho.

—Hace unos meses, Claire me preguntó si alguna vez habíamos hablado de vender la casa.

Sentí que se me endurecían los dedos.

—¿Y qué le contestaste?

—Le dije que no. Después me preguntó si tú estarías dispuesta a mudarte a una comunidad para personas mayores si algún día necesitaras ayuda.

Lo miré en silencio.

—¿Y qué le dijiste?

Daniel tragó saliva.

—Le dije que probablemente no querrías hacerlo, pero que podríamos hablar contigo si llegaba el momento.

—¿Llegaba el momento de qué, Daniel? ¿De que yo dejara de ser útil?

—No, mamá. Yo no lo pensé así.

—Pero ella sí pudo haberlo pensado.

Daniel se cubrió la cara.

—No quería hacerte daño.

Me acerqué a la ventana. En el jardín, el rosal de Edward se movía bajo el viento.

—Hijo, el problema no es que te hayas preocupado por mí. El problema es que permitiste que tu esposa tomara decisiones sobre mi vida sin preguntarme qué quería yo.

Daniel se levantó y se acercó a mí.

—Voy a arreglarlo.

—No puedes prometerme eso todavía.

—¿Por qué?

Me volví hacia él.

—Porque aún no sabemos qué hizo Claire. Y porque arreglarlo no significa simplemente pedirle que se disculpe. Significa que tendrás que decidir qué clase de esposo quieres ser y qué clase de hijo estás dispuesto a seguir siendo.

Daniel bajó la cabeza.

Antes de acostarse, me dejó un beso en la frente.

Fue el primer gesto cariñoso que recibí de él en semanas.

Sin embargo, no consiguió devolverme la tranquilidad.

A la mañana siguiente, Elena me llamó con noticias sobre la empresa de almacenamiento.

La unidad había sido cerrada después de la muerte de Edward. Los registros indicaban que una persona autorizada había retirado varias cajas.

—¿Quién? —pregunté.

Elena hizo una pausa.

—El nombre que aparece en el registro es Richard Collins.

Me aferré al teléfono.

El padre de Claire había retirado las pertenencias de mi esposo pocos días después de su muerte.

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Y si la caja que Claire había encontrado provenía de aquel almacén, había una pregunta que ya no podía ignorar.

¿Qué sabía Richard sobre mi casa?

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