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Chapter 5: La herencia que podía destruirnos

El guardia apenas tuvo tiempo de sacar su arma antes de que la puerta se abriera de golpe.

—¡Al suelo! —gritó.

Ethan me empujó detrás de la cama mientras mi madre se cubría la cabeza con los brazos.

Dos hombres vestidos de negro irrumpieron en el apartamento. Uno llevaba una linterna; el otro, una pequeña caja metálica.

El guardia consiguió bloquear al primero contra la pared, pero el segundo corrió hacia el dormitorio.

—¡Los documentos! —gritó—. ¡Entréguenme los documentos!

Ethan se interpuso.

El hombre levantó el brazo para golpearlo, pero Ethan esquivó el ataque y lo empujó contra la cómoda. La caja metálica cayó al suelo.

Yo agarré el sobre de mi madre y retrocedí hacia la ventana.

El intruso me vio.

—¡Tú! ¡Dame eso!

Corrió hacia mí.

Sin pensarlo, le arrojé la lámpara de la mesita. El objeto se estrelló contra su hombro y me compró los segundos que necesitaba para alcanzar la puerta del baño.

Ethan consiguió sujetarlo por detrás.

—¡Emily, sal de aquí!

No tuve que escucharlo dos veces.

Ayudé a mi madre a levantarse y salimos al pasillo. Una vecina abrió la puerta de su apartamento, pero el guardia le gritó que se encerrara inmediatamente.

Unos segundos después, escuchamos un golpe seco dentro de nuestra casa.

Luego, silencio.

Mi madre temblaba contra mí.

—¿Estás herida?

—No, mamá. ¿Y tú?

Negó con la cabeza.

Ethan apareció en el pasillo con el labio partido y la respiración agitada.

—Los dos hombres escaparon. La policía está en camino.

—¿Se llevaron algo? —pregunté.

Ethan miró el sobre que sostenía.

—¿Tienes los documentos?

Asentí.

—Entonces todavía tenemos una oportunidad.

—¿Una oportunidad para qué? ¿Para que vuelvan a atacarnos?

Ethan bajó la voz.

—Para descubrir qué quieren ocultar.

No me gustaba la forma en que decía aquello, como si nuestra seguridad fuera un detalle secundario frente al misterio que estábamos intentando resolver.

—Primero vamos a llevar a mi madre al hospital —dije—. Después hablaremos de documentos, herencias y multimillonarios muertos que quizá estén vivos.

Ethan asintió.

—De acuerdo.

Dos horas más tarde, mi madre descansaba en una habitación privada del hospital. Los médicos confirmaron que la herida de su frente no era grave, aunque decidieron mantenerla en observación debido a su condición médica.

Yo permanecía junto a su cama cuando Ethan regresó con dos cafés y una carpeta gruesa.

—No sabía cómo te gustaba —dijo, ofreciéndome uno.

—Negro.

—A mí también.

Por primera vez en toda la noche, compartimos una sonrisa cansada.

Después colocó la carpeta sobre la mesa.

—He conseguido acceso a los registros corporativos antiguos de mi familia. Hay algo que debes ver.

Abrió una página con varios nombres y cantidades.

Durante los últimos veintisiete años, una sociedad llamada Northbridge Holdings había recibido pagos mensuales de varias empresas vinculadas a la familia Caldwell.

El total superaba los cuarenta millones de dólares.

—¿Qué es Northbridge Holdings? —pregunté.

—Una empresa creada tres meses antes del accidente de mi hermano. Oficialmente, se dedicaba a administrar propiedades. En realidad, parece que nunca tuvo empleados ni oficinas registradas.

—¿Quién es su propietario?

Ethan señaló la última página.

—Ese es el problema. El propietario legal figura como una persona fallecida.

Miré el nombre.

Thomas Caldwell.

Mi padre.

—Entonces, ¿ha estado recibiendo dinero durante veintisiete años?

—Alguien ha estado utilizando su identidad para moverlo. No significa necesariamente que él recibiera esos fondos.

—Pero alguien sabía que estaba vivo.

Ethan cerró la carpeta.

—Sí.

Mi madre abrió los ojos.

Había escuchado toda la conversación.

—Ese dinero no es lo que están buscando —susurró.

Me acerqué a su cama.

—¿Qué significa eso?

Mi madre me miró durante varios segundos antes de responder.

—Cuando Thomas descubrió que su padre estaba desviando dinero de la fundación, empezó a investigar las cuentas. Encontró transferencias destinadas a empresas que no existían. Después descubrió que parte del dinero pertenecía a un fondo creado para financiar tratamientos de niños con enfermedades graves.

Ethan se quedó inmóvil.

—Mi padre murió de un infarto tres años después del accidente de Thomas.

—No murió de un infarto —respondió mi madre—. Al menos, eso fue lo que Thomas descubrió antes de desaparecer.

Ethan se levantó lentamente.

—¿Está diciendo que alguien asesinó a mi padre?

—Estoy diciendo que Thomas encontró pruebas de que su muerte no fue natural.

Mi mente intentaba unir cada pieza.

Los fondos robados. Charlotte. Mi padre desaparecido.

La falsa identidad. Las amenazas.

—¿Y qué tiene que ver mi nacimiento con todo esto?

Mi madre extendió la mano hacia mí.

—Thomas descubrió que el dinero había sido utilizado para comprar algo. Algo que no aparecía en los balances de ninguna empresa.

—¿Qué cosa?

Ella respiró profundamente.

—Las acciones de control de Caldwell Industries.

Ethan dejó escapar una maldición.

Caldwell Industries era el imperio empresarial que había convertido a su familia en multimillonaria. Sus hoteles, edificios comerciales y empresas de inversión aparecían constantemente en las noticias económicas.

—Eso no tiene sentido —dijo Ethan—. Las acciones siempre pertenecieron a mi padre y, después de su muerte, pasaron a mi nombre y al de Vanessa.

—No todas —respondió mi madre—. Tu padre creó un fideicomiso secreto antes de morir. La mitad de las acciones de control quedaron reservadas para el primer hijo de Thomas.

Sentí que la habitación se quedaba sin aire.

—¿Para mí?

Mi madre asintió.

—Thomas era el hijo mayor. Cuando naciste, él se convirtió en el padre de la heredera de esas acciones.

Ethan volvió a abrir la carpeta y empezó a revisar las páginas con una urgencia que no había mostrado antes.

—Si eso es cierto, Emily podría tener derecho a una parte importante de la empresa.

—No una parte —dijo mi madre—. La participación de control.

El silencio fue absoluto.

—¿Cuánto vale? —pregunté.

Ethan levantó la vista.

—Con la valoración actual de Caldwell Industries, más de mil millones de dólares.

Me eché a reír.

No porque me pareciera gracioso, sino porque la cifra era tan absurda que mi mente no encontraba otra forma de reaccionar.

Yo debía tres mensualidades del automóvil. Había contado las monedas de mi bolso para comprar medicamentos. Aquella misma noche, una mujer había intentado obligarme a arrodillarme por un empleo que necesitaba desesperadamente.

Y ahora me decían que podía ser la heredera de una fortuna multimillonaria.

—No quiero ese dinero —dije.

Ethan me miró sorprendido.

—Emily, no entiendes las implicaciones.

—Entiendo perfectamente que alguien está dispuesto a matar por ello. No necesito mil millones de dólares para saber que eso no puede terminar bien.

Mi madre me apretó la mano.

—No se trata solo del dinero, cariño. Thomas quería que esas acciones financiaran el programa de rehabilitación infantil. Si alguien se apoderó de ellas ilegalmente, también robó el futuro de miles de niños.

Pensé en Charlotte, en el miedo de sus ojos y en la forma en que Vanessa había intentado humillarla.

Por primera vez, comprendí que la fundación podía haber sido construida sobre una mentira mucho más grande de lo que imaginábamos.

Ethan recibió un mensaje.

Lo leyó y se puso de pie.

—Charlotte ha encontrado el contrato original del fideicomiso. Está en la antigua residencia de mi padre.

—¿Y por qué no lo trae aquí? —pregunté.

—Porque la residencia fue cerrada después de la muerte de mi padre. Nadie ha entrado oficialmente desde entonces.

Mi madre se incorporó bruscamente.

—No vayas allí.

Ethan la miró.

—¿Por qué?

—Porque fue allí donde Thomas desapareció.

Mi madre empezó a llorar.

—Y si alguien quiere impedir que encuentres la verdad, esa es la primera casa que vigilará.

Ethan recibió otra notificación.

Esta vez, el mensaje incluía una fotografía de Charlotte sentada dentro de un automóvil.

Tenía las manos atadas.

Debajo, una frase:

*TRAE A LA HEREDERA A LA CASA ANTES DE MEDIANOCHE. VEN SOLO. SI AVISAS A LA POLICÍA, CHARLOTTE MORIRÁ.*

Ethan guardó el teléfono.

—Voy a buscarla.

Me levanté.

—No vas a ir solo.

—Emily, es demasiado peligroso.

—Charlotte arriesgó su vida para ayudarnos. No voy a quedarme sentada mientras otra persona decide quién merece ser salvado.

Mi madre me agarró de la muñeca.

—Si vas a esa casa, descubrirás quién destruyó nuestra familia.

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Me miró directamente a los ojos.

—Pero también descubrirás por qué tu padre te abandonó.

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