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Chapter 7: La mujer de la habitación 214

El nombre de mi padre seguía apareciendo en mi mente mientras Elena Brooks examinaba la declaración que habíamos recibido aquella noche.

No quería creer que Samuel Reed hubiera participado en algo que puso mi vida en peligro. Había pasado ocho años recordándolo como un hombre complicado, orgulloso y demasiado reservado, pero nunca como alguien capaz de organizar una agresión contra su propio hijo.

Sin embargo, tampoco podía seguir protegiéndolo solo porque estaba muerto.

A la mañana siguiente, Elena nos llamó para pedirnos que lleváramos el documento original a su despacho.

—Marcus, necesito que entiendas algo —dijo mientras colocaba las páginas sobre la mesa—. Esta copia parece corresponder a un documento de archivo, pero todavía debemos verificar su procedencia. No vamos a tratarla como una prueba definitiva hasta confirmar su autenticidad.

—¿Y si es auténtica?

—Entonces tendremos que averiguar quién presentó la declaración, por qué fue retirada y qué relación tenía con el acuerdo posterior.

Maya estaba sentada a mi lado, con las manos entrelazadas sobre las rodillas.

—¿Podemos saber quién era el familiar que aparece mencionado? —preguntó.

Elena señaló una sección parcialmente borrada.

—No con esta copia. Pero hay algo interesante. La declaración incluye una referencia a una segunda persona atendida en urgencias la misma noche del accidente de Marcus.

—¿La mujer de la fotografía? —pregunté.

—Es posible. No podemos afirmarlo todavía.

La abogada nos explicó que solicitaría los documentos disponibles por las vías correspondientes y que, mientras tanto, debíamos conservar todos los mensajes y evitar contactar directamente con Daniel.

Salimos del despacho con más preguntas que respuestas.

En el estacionamiento, Maya se volvió hacia mí.

—Papá, ¿crees que la mujer era mamá?

Recordé la fotografía del hospital. Vanessa aparecía con el vientre abultado y el rostro desencajado. La fecha era anterior al nacimiento de Maya, pero no indicaba que hubiera sido atendida aquella noche.

—Podría ser ella —respondí—. Pero también podría tratarse de otra persona.

—¿Y si fue mamá quien estaba contigo en el motel?

La pregunta despertó un recuerdo tan repentino que tuve que apoyarme en la camioneta.

Cortinas verdes.

Una lámpara amarillenta.

El sonido de la lluvia contra una ventana.

Y una mujer sentada al borde de una cama, sujetándome la mano.

—No te duermas, Marcus —decía la voz—. Por favor, mírame.

Intenté recordar su rostro.

Solo vi una pulsera de hospital y un anillo sencillo en su mano derecha.

Yo llevaba uno igual.

Mi anillo de compromiso.

Me quedé inmóvil.

—Papá, ¿qué pasa?

—Recuerdo algo.

Maya me sostuvo del brazo.

—¿Qué?

—La mujer llevaba mi anillo. O llevaba uno parecido.

—¿Mamá?

—No lo sé.

Respiré profundamente y esperé a que el recuerdo se asentara. No quería llenar los espacios vacíos con suposiciones.

Aquella tarde, Elena nos informó que había localizado una referencia al segundo ingreso hospitalario. La identidad de la paciente estaba protegida, pero el expediente indicaba que la mujer había sido trasladada a otro centro médico al día siguiente.

El nombre del centro aparecía en la referencia: una clínica de maternidad que cerró varios años después.

—¿Podemos solicitar esos registros? —pregunté.

—Podemos pedir información sobre el procedimiento de acceso. La clínica fue absorbida por otra institución, y cualquier dato médico de terceros requerirá una justificación legal adecuada.

Maya anotó el nombre.

—¿Cuánto tardará?

—No puedo darles una fecha exacta.

Colgamos y nos quedamos mirando la pantalla.

Entonces Maya recordó algo.

—Papá, cuando tenía quince años, mamá me llevó a visitar a una mujer llamada Teresa. Dijo que era una amiga suya de la universidad.

—¿Teresa qué?

—Teresa Salazar. Vivía cerca de Atlanta. Recuerdo que mamá estaba nerviosa durante todo el trayecto y que, cuando llegamos, me pidió que no le hiciera preguntas sobre el pasado.

Sentí que algo encajaba.

—¿Volviste a verla?

—No. Teresa me dio una pulsera de plata. Dijo que algún día entendería por qué era importante.

Maya buscó una fotografía en su teléfono.

Allí estaba la pulsera, delicada y antigua, con una pequeña placa grabada.

La inscripción decía: *T. S. — 214*.

La misma cifra del motel.

—¿Todavía la tienes? —pregunté.

—Sí. Está en mi joyero.

La fotografía no demostraba ninguna relación, pero la coincidencia era demasiado concreta para ignorarla.

Elena nos recomendó que no fuéramos a buscar a Teresa sin verificar primero su identidad y la relevancia de su posible relación con el caso. Sin embargo, al revisar los registros públicos disponibles, encontramos una dirección comercial vinculada a ella.

No era una dirección residencial. Era la de una pequeña organización que ofrecía apoyo a mujeres embarazadas.

La organización seguía funcionando.

Al día siguiente, llamamos para preguntar si Teresa Salazar trabajaba allí. Una recepcionista confirmó que una mujer con ese nombre había colaborado con la entidad durante años, aunque ya no acudía regularmente.

Le explicamos que necesitábamos hablar con ella sobre un asunto familiar delicado.

La recepcionista aceptó transmitirle nuestro mensaje.

No esperamos una respuesta inmediata.

Pero a las cuatro y doce de la tarde, mi teléfono vibró.

Era un mensaje de un número desconocido.

Soy Teresa. Si Marcus Reed está contigo, dile que todavía recuerdo la habitación 214.

Maya se quedó pálida.

Respondí que estábamos dispuestos a hablar con ella, acompañados por nuestra abogada.

La contestación llegó menos de un minuto después.

No quiero abogados. No porque tenga algo que ocultar, sino porque hay una parte de la historia que nunca quedó registrada. Necesito ver a Marcus primero.

Le mostré los mensajes a Elena.

Después de hablar con Teresa por teléfono y comprobar algunos datos básicos, la abogada aceptó organizar una reunión en un lugar público, con su presencia disponible si surgían cuestiones legales. Teresa estuvo de acuerdo con encontrarnos en una cafetería tranquila al día siguiente.

Aquella noche apenas dormí.

Mi memoria me ofrecía fragmentos que se desvanecían cuando intentaba sujetarlos. Cada vez que cerraba los ojos, veía la lámpara del motel y escuchaba aquella voz suplicándome que no me durmiera.

A las diez de la mañana siguiente, Maya y yo llegamos a la cafetería.

Teresa estaba sentada junto a una ventana.

Tenía el cabello gris recogido en un moño, un abrigo azul marino y las manos alrededor de una taza de té que parecía no haber probado. Al vernos, se levantó lentamente.

Me observó durante varios segundos.

Después comenzó a llorar.

—Marcus —susurró—. No sabía si algún día volvería a verte.

Me acerqué con cautela.

—¿Qué ocurrió en el motel?

Teresa miró a Maya.

—¿Esta es tu hija?

—Sí. Maya.

La mujer se cubrió la boca con una mano.

—Se parece muchísimo a ti.

Maya frunció el ceño.

—¿Usted me conocía antes de que naciera?

Teresa asintió.

—Conocía a tu madre. Y conocía a tu padre.

Me senté frente a ella.

—¿Quién estaba en la habitación 214?

Teresa cerró los ojos.

—Tú y yo.

—¿Por qué?

—Porque aquella noche descubriste algo que no debías haber descubierto.

—¿Qué cosa?

Teresa apretó la taza entre las manos.

—Que Daniel estaba utilizando tu nombre para encubrir una operación financiera ilegal. Habías encontrado documentos que demostraban que varias propiedades de su empresa estaban siendo utilizadas para mover dinero procedente de contratos fraudulentos.

Sentí que mi mente comenzaba a unir piezas.

Mi negocio.

Los contratos.

El cheque.

El acuerdo confidencial.

—¿Y el accidente?

Teresa tragó saliva.

—No puedo asegurar quién lo provocó. Solo sé que Daniel estaba desesperado por recuperar los documentos y que, después de la colisión, tu padre me pidió que te ayudara a salir del hospital sin que nadie supiera dónde estabas.

—¿Mi padre te pidió eso?

—Sí.

—¿Por qué?

Teresa bajó la mirada.

—Porque alguien había amenazado con hacerte daño si entregabas los documentos a las autoridades.

Maya se inclinó hacia delante.

—¿Y mi madre? ¿Qué tiene que ver con todo esto?

Teresa la miró con una tristeza profunda.

—Vanessa sabía que Marcus había descubierto el fraude. Pero lo que hizo después fue mucho peor que guardar silencio.

—¿Qué hizo? —pregunté.

Teresa abrió su bolso y sacó una fotografía antigua.

En ella aparecíamos Vanessa y yo, sentados en un restaurante. Ella tenía una mano sobre la mía y sonreía a la cámara.

En el reverso había una fecha: 13 de febrero de 2008.

Y debajo, una frase escrita con tinta azul:

La noche antes de que Marcus descubriera quién era realmente Daniel.

Teresa deslizó la fotografía hacia mí.

—Hay algo que Vanessa nunca te contó sobre aquella noche —dijo—. Y no tiene nada que ver con el ADN de Maya.

Antes de que pudiera preguntarle qué significaba, Teresa añadió:

—Daniel no solo quería destruir las pruebas del fraude. Quería asegurarse de que Marcus nunca pudiera declarar contra él.

Se me heló la sangre.

—¿Y mi padre?

Teresa me sostuvo la mirada.

—Tu padre tomó una decisión aquella noche. Una decisión que salvó tu vida, pero que también condenó a otra persona.

Maya se llevó una mano al pecho.

—¿A quién?

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Teresa empezó a llorar de nuevo.

—A la persona que estaba en el asiento del conductor cuando el automóvil se estrelló.

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